sábado, 5 de diciembre de 2009

Bodyguard Kiba


(Bodigaado Kiba) Japón, 1993. 93m. C.
D.: Takashi Miike
I.: Hisao Maki, Masaru Matsuda, Daisuke Nagakura, Ren Oosugi.


Es bien sabido que el hoy afamado Takashi Miike comenzó su carrera dentro del mercado del vídeo, facturando producciones de bajo presupuesto centradas generalmente en el género de acción/policíaco en su vertiente yakuza. Bodyguard Kiba, la quinta película de su filmografía y basada en un manga de Ikki Kajiwara y Ken Nakagusukues, un buen ejemplo de las cualidades por las cuales Miike ha llegado a convertirse en el director reconocido y respetado que es hoy en día.

Si algo ha caracterizado al director nipón es su capacidad para moverse entre distintos géneros, respetando las características intrínsecas de cada uno, pero, a la vez, intentando llevarlos al límite. Así, este Bodyguard Kiba se nos presenta como una amalgama de subgéneros dentro del marco del cine de acción: una película de yakuzas (con el protagonista, Junpei, intentando robar a su antiguo clan una importante suma de dinero con la que empezar una nueva vida con su novia) cruzada con el cine de artes marciales (Kiba, el guardaespaldas contratado por el anterior para protegerle, y que tendrá que hacer frente a los desafios de diferentes escuelas de artes marciales) a través de una estructura que combina la road movie (el viaje desde Tokio a Okinawa) con la buddy movie (la relación entre el guardaespaldas y su cliente).

Miike ofrece lo que se espera de este tipo de productos: violencia y erotismo. Y lo hace con un estilo seco y directo, pero siempre atento a los detalles. La violencia es usada tanto como acto de dominación como de defensa, incluso como medio de reafirmación de un honor derribado bajo los puños de un destino inevitable. El sexo tiene la sensualidad del deseo concentrado, de la espera que por fin termina; pero también puede ser un arma para el engaño y la humillación.

Bodyguard Kiba acontece en los suburbios del crimen. La organización yakuza que persigue al protagonista malvive en un destartalado bloque de apartamentos: es una pálida sombra del ideario mafioso (memorable en su patetismo el plano del jefe yakuza afeitándose en el tejado con una maquinilla eléctrica) y Junpei sólo pretende convertir sus sueños en realidad a través de otro, aceptando así su propio fracaso. Reflejo de la propia situación de Takashi Miike, quien, a través del cine de consumo rápido y directo para la pequeña pantalla doméstica, a la sombra de las grandes salas de cine, pretendía, como Junpei, escalar hacia la cima del cine de género.