domingo, 23 de septiembre de 2012

Spy Game. Juego de espías

(Spy Game)
Alemania/USA/Japón/Francia, 2001. 126m. C.
D.: Tony Scott P.: Marc Abraham & Douglas Wick G.: Michael Frost Beckner & David Arata, basado en una idea de Michael Frost Beckner I.: Robert Redford, Brad Pitt, Catherine McCormack, Stephen Dillane

De una de las paredes del despacho del veterano agente de la CIA Nathan Muir cuelga un cuadro que resume con una imagen tanto la personalidad de su dueño como las intenciones de la película en general. Se trata de una bandera americana con el contorno marcado como si estuviera quemada por los bordes. Muir es un patriota que ama a su país (posiblemente, intuimos que entró en la agencia para servir a su patria) pero, tras años de todo tipo de trabajos de espionaje de alto secreto a lo largo del globo, ha llegado a la conclusión de que los engranajes que lo mueven están podridos. Es un detalle significativo dentro de una película donde lo que se dice acaba teniendo más importancia que lo que se ve y que deja entrever una mayor implicación de su director, el británico Tony Scott, en lo que está contando. De esta manera, nada en Spy Game. Juego de espías es fruto de la casualidad.

Sin ir más lejos, la presencia de Robert Redford resulta harto significativa: su imagen de actor de vocación fuertemente demócrata, así como su reconocidas inclinaciones ecológicas, dotan a su personaje, de un plumazo, de una postura "anticuada" en un entorno en el que la omnipresente alta tecnología sirve de reflejo de los grupos dirigentes que hacen de la tecnocracia el motor con el que distribuir las piezas que conforman el juego del poder que rige al mundo. Las marcadas arrugas que recorren el rostro de Muir contrastan, además, con la juventud de la mayoría de sus "compañeros" en la CIA. Unas arrugas que no son sólo síntoma de la vejez, sino testimonio del duro currículum como agente de campo, situado en el centro de los conflictos, un detalle que le humaniza, al igual que su ropa informal, lejos de los impolutos trajes y corbatas de agentes que nunca han salido del despacho.

 Spy Game. Juego de espías nos sitúa en el último día como miembro de la CIA de Muir, presto a una deseada y necesaria jubilación lejos de ese mundo que a fuerza de conocer ha acabado despreciando -en su mesa se encuentran informes de unas paradisíacas islas donde tiene pensado construir su refugio lejos del mundanal ruido-. Una apacible jornada de trabajo que se trastoca en el momento en el que recibe la información de que uno de sus pupilos, el espía Tom Bishop, ha sido capturado durante el transcurso de una misión y encerrado en una sórdida prisión china, donde será ejecutado en un plazo de 24 horas. A partir de esta premisa, la estructura de Spy Game. Juego de espías se divide en dos partes: por un lado, una carrera contrarreloj con Muir intentando encontrar la manera de salvar a Tom, misión harto complicada desde el momento en el que se da cuenta de que la CIA, temerosos de dañar las relaciones político-económicas establecidas con China, no tienen intención de ayudar al agente apresado; por otro, a través de una narración del propio Muir se nos relatan diferentes misiones emprendidas por él y Tom a lo largo de los años, desde su primer encuentro durante la guerra del Vietnam hasta la última vez que se vieron.

La primera parte no sólo es la más interesante, sino que revela el pulso de Tony Scott a la hora de construir un relato en el que las tensiones entre los personajes que lo habitan configuran una atmósfera marcadamente claustrofóbica. En ese sentido, Spy Game. Juego de espías recuerda a Marea roja, sustituyendo el angosto submarino por la no menos asfixiante oficina donde Muir se reúne con sus superiores. El director de El ansia utiliza con tino el formato scope para rodear al protagonista ya sea de las cabezas y rostros, muchas veces difuminados, de sus "contrincantes" o de objetos colocados a su alrededor, dando la malsana sensación de estar siempre rodeado. Aunque podemos detectar los conocidos tics visuales de su realizador -la cámara girando alrededor de los personajes que hablan, travellings a través de los pasillos de las oficinas colindantes, la utilización de diferentes texturas visuales, aprovechando que la reunión está siendo grabada en vídeo, la abundancia de insertos y planos de detalle- éstos están utilizados de manera más comedida, como si Scott fuera consciente de que, en este caso, la palabra tiene más importancia que los excesos visuales.

Será en la recreación de la narración de Muir donde Tony Scott dé rienda suelta a su sentido del espectáculo, aprovechando que casi todas las acciones se desarrollan en medio de conflictos bélicos. Y, aún así, por esta vez, y al igual que ocurría en otro de las más interesantes y humanos títulos del director inglés, Revenge (Venganza), la acción está puesta al servicio de los protagonistas, destacando antes que su componente espectacular el impacto que causa sobre éstos. Un ejemplo de lo dicho lo tenemos en la escena  más frenética del film, aquella en la que, en medio de un territorio tan hostil como es Beirut, Tom conduce a toda velocidad por unas calles llenas de ruinas y escombros llevando consigo el arma clave de cara a eliminar a un jeque relacionado con el tráfico de armas. Si bien Scott se aplica de cara a resaltar los elementos más explosivos (literalmente) de la escena, su fuerza surge tanto de la desesperación de Tom por llegar a tiempo mientras recorre un auténtico circuito lleno de obstáculos como las dudas de Muir, quien duda si es conveniente poner en marcha un plan secundario (y que pondría en peligro la vida de la población civil) por si su compañero falla en la misión. Son estos detalles los que ponen en primer plano el drama humano de Spy Game. Juego de espías, donde se utilizan elementos extraídos de la buddy movie (Muir, veterano, enseñando a su compañero novato, Tom) pero rehuyendo los lugares comunes del género gracias al contexto político y dramático en el que se desarrolla la acción, con dos seres humanos condenados a arrastrar el peso de sus actos en un juego en el que los sentimientos personales, los ideales o los cargos de conciencia pueden costarles la vida. De ahí que, a pesar de que Scott se ve obligado a incluir una relación sentimental heterosexual -la que establece Tom con Elizabeth Hadley, colaboradora de una ONG que lleva ayuda humanitaria a Beirut-, la auténtica historia de amor, con sus encuentros y desencuentros, es la que se establece entre Muir y Tom.

Incluso algunas ideas de puesta en escena que suponen la marca de fábrica de su autor -movimientos de cámara acelerado, bloques compuestos por una batería de planos muy cortos, aderezados por la banda sonora electrónica compuesta por Harry Gregson-Williams (y que, a nivel personal, sumado al género del espionaje me recordó inevitablemente a la saga de Metal Gear Solid)- están justificas al formar parte de los recuerdos de Muir, unos recuerdos que, teniendo en cuenta su situación, posiblemente sean una parte fragmentada e interesada de la verdad. Puede que a los seguidores más radicales de Tony Scott Spy Game. Juego de espías les suponga una propuesta demasiado calmada -tanto a nivel argumental como visual-, pero demuestra que su director puede amoldarse al material que tiene entre manos sin perder por ello sus señas de identidad. Y, por si hubiera todavía alguna duda, ahí tenemos el final de la película para demostrarlo, en el cual se establece dos acciones paralelas, dejando la teóricamente más espectacular en segundo plano y centrándose en los pasos de un hombre fiel a sus principios, a sus ideales, alejándose de un espacio -tanto físico como ideológico, de pensamiento y de movimiento- en el que conceptos como ética o moral sólo pueden dar lugar a victoria pírricas.