domingo, 20 de diciembre de 2009

Halloween II

(Halloween II) USA, 2009. 119m. C.
D.: Rob Zombie
I.: Sheri Moon Zombie, Scout Taylor-Compton, Brad Dourif, Malcolm McDowell

La intención de Rob Zombie (uno de los más interesantes directores de cine de terror del momento) de realizar un remake de La noche de Halloween despertaba no pocas dudas. ¿Sería compatible su universo redneck, bizarre, puro gótico americano con los ambientes urbanos, fríos y estilizados de John Carpenter? El resultado, Halloween. El origen, resultó ser tan irregular como sugestivo: Zombie presentaba el mal encarnado por Michael Myers como un producto de su propio mundo para soltarlo después en el de Carpenter. La secuela de este remake presenta una estructura inversa: la primera media hora parece un remake de Sanguinario, la continuación del film de John Carpenter que Rick Rosenthal dirigió en 1981 (y cuyo título original era Halloween II). Al igual que aquella, la acción parte del mismo punto en que finalizó la anterior película y sigue los pasos de Myers en su intento de acabar con Laurie, provocando una masacre en el hospital en que ha sido ingresada. Pero todo resultará ser una pesadilla (¿un toque de atención de Zombie hacia las secuelas derivativas?).

Mas allá de los motivos económicos por los cuales Rob Zombie ha acometido este Halloween II, a tenor de los resultados, da la impresión que esta es una película que tenía la necesidad de hacer. Como si ese principio fuese una convención hacia el gran público que se quiere quitar de en medio enseguida (cumpliendo así con lo que se espera de una secuela de este tipo), el director de Los renegados del diablo se centra en un aspecto que no suele tenerse muy en cuenta en las películas de terror: las consecuencias, tanto físicas como psicológicas, que los protagonistas arrastran tras sobrevivir a una experiencia traumática. Las cicatrices que recorren el rostro de Laurie y Annie son más reveladoras que cualquier flashback y son un indicio somático del tormento que hay en su interior. Todos los supervivientes de la masacre original se escudan bajo un apariencia construida como un fuerte que les mantenga a salvo, cuerdos: Laurie ha cambiado su apariencia a un estilo grunge y su habitación está llena de símbolos, imágenes y mensajes producto del lado más oscuro de la cultura popular; Sam Loomis exorciza todos sus fantasmas escribiendo un libro sobre el caso Myers e intenta mitigar su dolor a través de la banalización del horror a través del mundo de los negocios.

Por primera vez, nos adentramos en el interior de la mente de Michael Myers. Si en Halloween. El origen, Rob Zombie intentaba explicar los cimientos de la locura a través del entorno que rodeaba a Myers, ahora nos sumerge en su psique para mostrarnos una razón psicoanalítica de su comportamiento(y que es lo más discutible del film, a pesar de aportar algunas imágenes fascinantes). Consciente de que las explicaciones son incompatibles con la mitología, el Michael Myers de Rob Zombie ya no es la figura abstracta original, la máscara sin rostro que escondía el mal en estado puro, sino una fuerza de la naturaleza. La imponente presencia de Myers, ataviado como un vagabundo, con su grasiento pelo largo y su extensa y sucia barba revela su poder físico, real. Así, sus asesinatos serán de una extrema crueldad y Zombie los muestra sin ahorrar ningún tipo de detalle. Para el director de La casa de los 1.000 cadáveres, la muerte no es elegante ni tiene valor estético: es sucia, es violenta y duele. Las víctimas de Myers no son meros peones sin sentimientos que han nacido para servir de carnaza. Son cuerpos que se mueven, que sudan, que sufren. La piel se rasga y los huesos se quiebran. Halloween II es un pesadillesco compendio de la inestabilidad de la mente y de la fragilidad de los cuerpos cuando la naturaleza pone todo su empeño en la creación de una fuerza destructora.