miércoles, 30 de diciembre de 2009

La cuestión humana


(La question humaine) Francia, 2007. 143m. C.
D.: Nicolas Klotz
I.: Mathieu Amalric, Michael Lonsdale, Edith Scob, Lou Castel

William S. Burroughs decía que el lenguaje es un virus. En La cuestión humana, basada en la novela de Elisabeth Perceval, el lenguaje, las palabras, ha perdido todo su valor expresivo para convertirse en una sucesión de símbolos codificados, un código que esconde en la asepsia de su enunciado la degradación más absoluta. La escena en la que Simon, psicólogo encargado de la sección de recursos humanos de una planta petroquímica alemana afianzada en Francia, comienza a leer un informe con las bases bajo las cuales se decide el despido de los empleados de la empresa para la que trabaja para, en un corte directo, enlazar con los sistemas que utilizaban los nazis para gasear al pueblo judío resulta escalofriante. No sólo por el significado en sí, sino porque ahora, con esa información, ya no podemos mirar al mundo igual: las reiterativas imágenes de las chimeneas de la fábrica expulsando el humo adquieren el terrorífico valor subliminal que enlaza directamente con los hornos crematorios de los campos de concentración.

La cuestión humana es un thriller gélido, al igual que su protagonista es una persona de presencia firme, gesto calculado y expresiones frías. Durante los primeros minutos en los que se nos presenta a Simon en el edificio en el que trabaja y su no-relación con los trabajadores (en el baño o en los ascensores Simon no dirige la palabra a sus compañeros y, si lo hace, es para intercambiar palabras banales) se nos describe un universo de autómatas, en el que todos van vestidos de la misma manera y actuan con los mismos movimientos mecánicos. No hay lugar para los sentimientos, para los expresiones de afecto o para la pasión en una sociedad en la que el capitalismo más feroz ha convertido a las personas en arribistas en potencia que temen que su corazón descubra las debilidades del ser humano.

Es por ello que, en clara consonancia con el estado anímico de su protagonista, La cuestión humana es un film gélido. La puesta en escena de Nicolas Klotz no da concesiones al sentimentalismo: los planos fijos, la escasez de movimientos de cámara, la distancia que abandona a los personajes en escenarios vacíos componen una atmósfera acuática, como si los personajes se movieran en una pecera, de manera lenta, flotando. Pero esta frialdad también parece equiparar el lenguaje cinematográfico con el antiséptico lenguaje corporativo que maneja su protagonista. De esta manera, al final del film, a la vez que el protagonista asimila que sus actos en realidad no hacen más que continuar con el proceso de limpieza del Tercer Reich, el cine se queda sin imágenes posibles. Un plano sostenido en negro acompañará el definitivo descenso de Simon en los infiernos de la consciencia. No hay imagen posible que pueda ilustrar la capacidad del ser humano para la destrucción de su semejante y su capacidad para camuflarlo bajo herméticos informes enviados por burofax.