lunes, 19 de abril de 2010

Pesadilla en Elm Street 5


(A Nightmare on Elm Street: The Dream Child) USA, 1989. 89m. C.

D.: Stephen Hopkins

I.: Robert Englund, Lisa Wilcox, Erika Anderson, Michael Ashton

De entrada, esta quinta entrega de las sangrientras desventuras de Freddy Krueger confirma la estructura de serie (que no serial) que ha adoptado la saga. Al no incluir su número de posición en la saga en los títulos de créditos da la impresión que estamos ante un capítulo ("The Dream Child") de una serie-madre ("A Nightmare on Elm Street"). Pero hay un detalle más que refuerza esta idea: visto el contenido de esta entrega, el aficionado bien podría pensar que los productores de la saga han tomado el desarrollo de una serie de TV: si, por poner un ejemplo sin salirnos del género fantástico, los seguidores de la serie Expediente X diferenciaban los episodios en los que Mulder Y Scully investigaban casos autoconclusivos de los que desarrollaban la mitología de la serie, en la saga iniciada por Wes Craven se han destinado los capítulos impares al desarrollo de la leyenda del personaje principal para dejar los pares en aventuras casi autoconclusivas. Así, si en Pesadilla en Elm Street 3 nos enterábamos del origen de Freddy, el comienzo de la película que nos ocupa escenifica ese origen.

Pesadilla en Elm Street 5
es producto de una contradicción: por un lado, mantener y desarrollar el espectáculo pirotécnico de la anterior entrega, manteniendo el carisma de su personaje-estandarte; pero, por otro, un intento de recuperar la atmósfera terrorífica del comienzo de la saga, apartando al protagonista de una camino cuyo destino inevitable era la auto-parodia. Esta contradicción se convierte en paradoja desde el momento en que es la presencia de Krueger, es decir, la amenaza del Mal, la (supuesta) personificación del terror la que aparta al film de su loable propósito.

De esta manera, la primera media hora es posiblemente de lo mejor visto en la saga, gracias, especialmente, a la labor de su director, Stephen Hopkins, capaz de imponer su estilo visual y llevando al film a un terreno más gótico y oscuro, alejándolo del formato MTV del film de Harlin. Durante este primer tercio del film, Hopkins nos muestra a sus personajes rehaciendo su vida tras haber vencido al demonio de los sueños (el padre de Alice ha dejado la bebida; ésta y Dan están saliendo juntos y preparan un viaje a Europa; los nuevos amigos de los protagonistas); el conocimiento por parte del espectador de la resurrección de Krueger da un tono fatalista a estas escenas, condenando de antemano la felicidad de los protagonistas. Este oscuro destino es mostrado en algunos excelentes detalles como el momento en el que Alice se encuentra sola en el parque y las sombras de los árboles se alargan amenazadoramente hasta que las tinieblas la engullen por completo, siendo transportada al interior de un manicomio que parece el Arkham Asylum de las páginas de Batman. Hopkins construye las escenas de pesadilla con violentos movimientos de cámara y agresivos encuadres, con las sombras inundando los escenarios, y potenciando el surrealismo intrínseco del mundo de los sueños (la excelente primera pesadilla, con Alice quedando encerrada en la ducha, la cual se va inundando rápidamente; la protagonista convirtiéndose en Amanda Krueger o la visita al vientre de ésta, donde su hijo es alimentado por Freddy a través del cordón umbilical con las almas de los adolescentes que aniquila) y que culmina en un final expresionista que transforma el decorado en una concatenación de escenarios de gravedades divergentes deudor de la obra de M.C.Escher .

Pero, como indicábamos, la aparición de Freddy rompe esta ambientación oscura y sus performances-asesinatos resultan tan espectaculares como aparatosas, convirtiendose en un despliegue de epatantes efectos especiales y chistes (la impresionante transformación de Dan en un émulo del motorista fantasmas o la escena superheróica entre Freddy y una de sus víctimas, aficionada a los comics), resultando las escenas que se desarrollan en la realidad más interesantes y oscuras, pues, al contrario que en la entrega anterior, los personajes no se conforman con ser carne fresca para Krueger sino que están dispuesto a encontrar la manera de derrotarlo antes de caer en sus garra (y, si es posible, esta vez para siempre). Además, no se abandona el discurso generacional marca de la casa, ampliado al estar la protagonista embarazada, teniendo que enfrentarse a los adultos, quienes la ven incapacitada para cuidar a su hijo.

Finalmente, Pesadilla en Elm Street 5 resulta un film irregular, pues, por mucho que intente olvidarlo, no deja de ser la quinta entrega de una saga que, a estas alturas, ha entrado en un cierto agotamiento argumental y en un estancamiento estructural. Eso sí, las intenciones de esta entrega (y el esfuerzo del director por llevarlas a buen puerto) bien merecen, cuanto menos, un respeto.