martes, 13 de abril de 2010

Terminator


(The Terminator) USA, 1984. 108m. C.
D.: James Cameron
I.: Arnold Schwarzenegger, Michael Biehn, Linda Hamilton, Paul Winfield

El ver ahora Terminator requiere un esfuerzo especial por parte del espectador. Con tres secuelas en su haber, diverso merchandising que va de muñecos a series de cómics, pasando por vídeo-juegos, la figura del Terminator, y el esquema argumental que lo rodea, se ha convertido en un icono popular, aniquilando el factor sorpresa de todo aquél que se acerque al clásico que a James Cameron le gustaría que fuese su opera prima (en realidad, su segundo trabajo tras la infame Piraña II. Los vampiros del mar). Y es que, sobre todo en su primera mitad, Terminator juega constantemente con las expectativas del espectador, a través de una astuta dosificación de la información.

La aparición, rodeados de una tormenta eléctrica, de dos hombres desnudos, salidos de la nada, que parecen compartir un mismo estado de confusión, automáticamente los emparenta. Desde el momento en que uno de ellos comienza a asesinar brutalmente a una serie de mujeres, el espectador llegará a la conclusión de que son una pareja cuya misión será terminar con la vida de Sarah Connor. Así, todo este tercio de metraje, Cameron utiliza una ambientación de cine de suspense con elementos de terror, con una indefensa mujer acosada por un psycho en un peligroso ambiente urbano, transformándose ésta en el único asidero emocional del espectador. No será hasta la confrontación de los tres en una discoteca que llegarán las explicaciones: uno de ellos, el asesino, es una máquina, un cyborg llegado de un apocalíptico futuro para matar a Sarah Connor, futura madre del líder de la humanidad post-hecatómbica en su guerra contra las máquinas. El otro hombre, de nombre Kyle Reese, llega de ese mismo futuro para protegerla. Aunque es en ese momento cuando el espectador recibe la información, Cameron ya nos ha dado pistas desde el principio del film a través de la puesta en escena: el Terminator siempre es fotografiado con implacables planos: contrapicados, frontales directos, travellings sin concesiones o tomas generales que potencian su envergadura, su poderío y brutalidad; en cambio, las acciones de Reese son rodadas con planos rápidos y cortos y acelerados movimientos de cámara, subrayando su torpeza, su desorientación, su humanidad.


A partir del instante en que Cameron define a cada uno de los contendientes, se concentrará en desposeer a los protagonistas de sus máscaras, profundizando en sus auténticas identidades: el Terminator irá poco a poco despojándose de su apariencia de humanidad (en el enfrentamiento en la discoteca, se quemará sus cejas en una explosión, adquiriendo un aspecto más escalofriante y, casi, alienígena; tras el primer combate, en un sórdido hotel, se arrancará su ojo destrozado), mientras Reese se vuelve más humano, sacando a flote sus sentimientos, su miedo o su capacidad de amar, auténtica demostración de calidez vital en contraste con la frialdad de la máquina. Es como si Cameron pretendiera desnudar a la máquina, mostrando el hierro y el metal que se esconde bajo la piel y la sangre, para despertar nuestro sentimiento de repulsa hacia ella y, por tanto, simpatizar más con la causa de Reese y Sarah.


Terminator
es un film profundamente pesimista: resulta irónico que la madre del salvador de la humanidad, que adiestró y entrenó a su hijo para la supervivencia, sea una indefensa y atemorizada joven que no consigue ni siquiera ordenar o controlar su propia vida (en todos los aspectos: ahí está su torpeza en el trabajo o el plantón que le da su novio un viernes por la noche) y que quiere escapar de las responsabilidades que el destino ha dispuesto para ella. Por otro lado, el futuro no está tan lejos: la ciudad de Los Angeles que nos muestra Terminator es una urbe hostil, sucia y permanentemente nocturna: un desolado paisaje en el cual un Terminator puede inflirtarse con naturalidad, y en el que sus brutales crímenes se mezclan con la violencia cotidiana.

El final del film consigue integrar en un solo plano ese tono pesimista con un destello de optimismo, esperanza: las negras, inmensas nubes de una tormenta se expanden desde el horizonte, cubriendolo todo, ahogando la luz, mientras una decidida Sarah Connor se dirige hacia ellas, sabedora que lleva en su interior la única posibilidad para la supervivencia del Hombre.