
D.: Roman Polanski
I.: Ewan McGregor, Jon Bernthal, Kim Cattrall, Pierce Brosnan

Pero que nadie se engañe, a pesar de estas referencias, El escritor es un film cien por cien polanskiano. Al igual que los atribulados protagonistas de La semilla del diablo, El quimérico inquilino, Chinatown o La novena puerta, el escritor, significativamente anónimo, es un pobre ser superado por los acontecimientos, en medio de una conspiración de la que sólo intuye las sombras, y por eso resulta tan turbadora: un desconocido que nos saluda en la barra de un bar puede ser un conspirador; un coche abandonado en medio del tráfico, la huella de un crimen. El espacio en el que se mueve el protagonista vuelve a ser de vital importancia, como es habitual en el cine del director de Repulsión, tanto a nivel físico (la frialdad de la habitación donde el protagonista revisa el manuscrito de su predecesor afín a la perspectivas de un trabajo insípido y aburrido, contrastado con la lugubrez y la iluminación rojiza de la habitación donde se esconde de sus perseguidores) como mental (la cena con la mujer de Lang, la incesante lluvia que golpea las ventanas como representación tanto de la tensión sexual del momento, como de las sospechas del protagonista).
Hay una imagen muy significativa que concentra el sentido del film: un barrendero intenta recoger las hojas que cubren el suelo, siendo éstas esparcidas por el viento una y otra vez. Una imagen que rima con el plano que cierra la película: la imposibilidad de un ser solitario de luchar contra los elementos, sea el viento o la intrincada telaraña del poder político. O lo que es lo mismo, la maldición de ser un fantasma: no importa lo que sepas, eres invisible y a nadie le importa.

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