jueves, 8 de abril de 2010

El escritor

(The Ghost Writer) Francia/Alemania/UK, 2010. 128m. C.
D.: Roman Polanski
I.: Ewan McGregor, Jon Bernthal, Kim Cattrall, Pierce Brosnan

En Mao II el escritor norteamericano Don Delillo asociaba la figura del escritor con la del terrorista. En palabras del protagonista Bill Gray, el objetivo del escritor es perturbar, remover a la sociedad. Sacudirla de su estado de letargo en la sociedad del bienestar y enfrentarla directamente con sus miedos, con lo mas hondo de su temor: la muerte. El escritor no se basa en ninguna obra del autor de Ruido de fondo, sí, en cambio, en la novela de Robert Harris, pero en el momento en el que Adam Lang, el ex-primer ministro interpretado por Pierce Brosnan, para quien el personaje incorporado por Ewan McGregor oficia de "negro" para escribir sus memorias, es acusado de crímenes de la humanidad por los actos realizados en su lucha contra el terrorismo, el espectador no puede evitar un escalofrío. Escalofrío que se acrecienta cuando el escritor descubra encriptado entre las palabras de una anodina biografía la clave de un misterio con el cual regir todo un país. El lenguaje, soporífero y banalmente codificado, como medio para exponer aquello que está oculto y, a la vez, a la vista de quien sepa mirar.

Pero que nadie se engañe, a pesar de estas referencias, El escritor es un film cien por cien polanskiano. Al igual que los atribulados protagonistas de La semilla del diablo, El quimérico inquilino, Chinatown o La novena puerta, el escritor, significativamente anónimo, es un pobre ser superado por los acontecimientos, en medio de una conspiración de la que sólo intuye las sombras, y por eso resulta tan turbadora: un desconocido que nos saluda en la barra de un bar puede ser un conspirador; un coche abandonado en medio del tráfico, la huella de un crimen. El espacio en el que se mueve el protagonista vuelve a ser de vital importancia, como es habitual en el cine del director de Repulsión, tanto a nivel físico (la frialdad de la habitación donde el protagonista revisa el manuscrito de su predecesor afín a la perspectivas de un trabajo insípido y aburrido, contrastado con la lugubrez y la iluminación rojiza de la habitación donde se esconde de sus perseguidores) como mental (la cena con la mujer de Lang, la incesante lluvia que golpea las ventanas como representación tanto de la tensión sexual del momento, como de las sospechas del protagonista).

Hay una imagen muy significativa que concentra el sentido del film: un barrendero intenta recoger las hojas que cubren el suelo, siendo éstas esparcidas por el viento una y otra vez. Una imagen que rima con el plano que cierra la película: la imposibilidad de un ser solitario de luchar contra los elementos, sea el viento o la intrincada telaraña del poder político. O lo que es lo mismo, la maldición de ser un fantasma: no importa lo que sepas, eres invisible y a nadie le importa.