martes, 6 de abril de 2010

Depredador 2

(Predator 2) USA, 1990. 108m. C.
D.: Stephen Hopkins
I.: Danny Glover, Garey Busey, Rubén Blades, Bill Paxton

Depredador 2 parte de una buena idea y que, además, se materializa en el mejor plano de la película, precisamente el que la abre: acompañando a la pantalla en negro, se escuchan una serie de sonidos que asociamos automáticamente a la naturaleza, sensación potenciada además por el ritmo de percusión tribal de la banda sonora. A continuación, un picado en movimiento nos muestra una serie de árboles que dan paso al cemento. Sobre una panorámica de la ciudad de Los Angeles, aparece sobreimpreso el título. De la jungla natural del primer film, pasamos a la jungla urbana.

Un territorio que, por otro lado, no tiene nada que envidiar a la selva centroamericana de la película de McTiernan: la presentación de personajes se sitúa en pleno enfrentamiento en las calles entre una banda jamaicana armada hasta los dientes y la policía. Depredador 2 nos muestra un terreno aparentemente civilizado (la gran ciudad en contraste con la selva) pero que resulta más hostil, más agresivo que aquella: "Esto es una guerra", dirá Mike (Danny Glover) a uno de sus superiores. El intenso calor subraya el ambiente asfixiante que resulta en un estupendo caldo de cultivo para un depredador de cacería: un entorno en el que la violencia es omnipresente (cuando Mike va a visitar una tumba en el cementerio vemos a un niño jugando con su arma de juguete). Un lugar en el que todos van armados (la escena del metro), por tanto, lleno de trofeos.

Pero Depredador 2 no saca partido de este excelente escenario ni de ideas tan atractivas como que los brutales asesinatos de la criatura alienígena se confundan con las masacres de las bandas que aterrorizan la ciudad. Stephen Hopkins realiza un trabajo aplicado pero carente de la fuerza del original, manteniendose a la sombra de éste, lo que da lugar a una constante sensación de déjà vu en el espectador (a lo que contribuye el trabajo del compositor Alan Silvestri, impecable en el primer film, pero que aquí se limita a un corta y pega de los mismos temas con escasas variaciones). La desaparición del factor sorpresa se intenta compensar con la búsqueda de una mayor espectacularidad: más depredadores, más gadgets (el disco, la lanza, la red, etc.), más escenarios (el interior de la nave espacial); pero lo que se consigue es despojar a la criatura de todo su poderío, convirtiendola en un enemigo vulgar lo cual, incoherencias aparte (el depredador mantiene la visión infrarroja incluso cuando le han quitado el casco), transforma el enfrentamiento final entre Glover y el cazador alienígena en una persecución insípida y soporífera (la pelea en el interior de la nave, entre el humo y los travellings recuerda, y no para bien, al Russell Mulcahy de Los inmortales). Ante todo esto, la frase final de Mike parece más una amenaza que una promesa.