
USA, 1969. 101m. C.
D.: Francis Ford Coppola P.: Ronald Colby & Bart Patton G.: Francis Ford Coppola I.: James Caan, Shirley Knight, Robert Duvall, Tom Aldredge

El silencio es el compañero inseparable de Natalie durante la primera parte del film. Muestra de las ansias de libertad y de independencia de una esposa asfixiada por las exigencias de su marido y cuya personalidad individual se ve amenazada por la futura ampliación de su entorno familiar al conocer que está embarazada. El director respeta el deseo de su protagonista, de ahí que esas escenas carezcan de cualquier acompañamiento sonoro. El largo plano con Natalie sentada en la cama de una habitación de motel busca el servir de balón de oxígeno emocional, de momento de reposo. Cuando Natalie se pone en contacto con su marido por teléfono para explicarle los motivos por los que se ha marchado de casa, el diseñador de sonido Walter Murch filtra su voz como si la escucháramos a través del auricular a pesar de que la estamos viendo en pantalla. Ese contraste confirma que para Natalie su condición de esposa aliena su identidad de mujer (de hecho, se referirá a sí misma en tercera persona cuando habla con su marido).
Llueve sobre mi corazón se acoge al formato de road movie para construir el viaje iniciático de su protagonista, quien a medida que se aleja físicamente de su familia se acerca psicológicamente a su condición de persona, de identidad individual. Si en esos primeros minutos su aislamiento busca reencontrarse consigo misma, el destino acabará obligándole a enfrentarse a sus responsabilidades en el momento en el que recoge a un autoestopista llamado Killer, antiguo jugador de fútbol americano en la universidad. Como ella misma reconocerá más tarde, decide recogerle porque tiene ganas de hacer el amor. Así, esa misma noche intenta seducirle en el motel en el que han parado. Pero en esa escena de cortejo Coppola no muestra a los dos personajes directamente, sino que enfoca sus reflejos en un espejo, demostrando que las cosas no son lo que parece. Además, en todo momento, Killer y Natalie están separados por diversos objetos, aunque compartan el encuadre: el espacio entre los asientos del coche; el marco de la ventana; la ventanilla del coche o la sección que divide un espejo.
Natalie descubre que, tras un tremendo golpe recibido en un partido, Killer ha sufrido un retraso que lo ha convertido en un niño encerrado permanentemente en el cuerpo de un hombre. De esta manera, la figura de Killer se torna una metáfora de las inseguridades de la protagonista, pues en ella ve a su marido (el físico adulto y atractivo de Killer) y a su futuro hijo (su mentalidad infantil), enfrentándose a su condición de esposa y madre. Natalie no se ve capaz de abandonar a Killer, consciente de que no sabe cuidarse por sí mismo, así que se ve obligada a llevarle con ella. Las diferentes paradas que realizan se asemejan a pequeños fragmentos que reproducen los momentos clave de su futuro como madre: cuando llegan a la casa de una exnovia de Killer es como si acompañara a su hijo a su primeta cita; Natalie intenta infructuosamente buscarle un trabajo; en una de esas ocasiones, llegan a un destartalada granja llena de animales que se asemeja a una visita al zoo.
Esta escena resultará esencial, pues Natalie conocerá a un policía del que se encaprichará. Cuando éste la lleva a su caravana, Natali se encontrará con que tiene una hija. Si hasta el momento, su instinto materno a la hora de cuidar a Killer se ha impuesto, la presencia encuerada y autoritaria de Gordon le devuelve a su condición de esposa sumisa. Sus miedos se dividen, adquieren forma física e, inevitablemente, acaban enfrentándose. El sexo y la muerte, la violencia y el afecto son los ingredientes que forman el final del viaje de Natalie quien, finalmente, consigue desembarazarse de todo aquello que la afligía, sólo para encontrarse así misma tirada en el suelo, rodeada de la oscuridad, llorando y sola.

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