domingo, 26 de junio de 2011

Insidious

(Insidious)
USA, 2010. 103m. C.
D.: James Wan P.: Jason Blum, Oren Peli & Steven Schneider G.: Leigh Whannell I.: Patrick Wilson, Rose Byrne, Lin Shaye, Barbara Hershey

El prólogo con el que se abre Insidious posiblemente sea una de las cartas de presentación más contundentes, fascinantes y escalofriantes que ha dado el cine de terror en mucho tiempo. Tanto, como una declaración de principios por parte de sus autores (el director James Wan y el guionista Leigh Whannell, célebres por haber inaugurado la hoy denostada pero en su día muy laureada saga Saw) tanto en lo que respecta a la película en particular como a su mirada sobre el género en general.

De entrada, la brutal aparición del título del film, acompañado por la violenta e inmisericorde banda sonora compuesta por Joseph Bishara (claramente inspirada en las agresivas sonoridades de El resplandor) nos prepara para un viaje por un túnel del terror en el que no hay lugar para desvíos sentimentales o psicológicos. Insidious apuesta por el género en su modalidad más pura: un ejercicio audiovisual cuyo objetivo prioritario (y único) consiste en asustar al espectador, haciendo uso para ello de todo tipo de efectos (y efectismos) y echando mano de un extenso arsenal de trucos (desde los más clásicos a los más vigentes). Es este acercamiento honesto (y no poco ingenuo) el que permite que Insidious se convierta en un recopilatorio de guiños y homenajes a los títulos más señeros del cine de terror sin por ello perder su propia personalidad: desde Poltergeist. Fenómenos extraños (siendo un remake inconfeso de esta: el niño raptado por los espíritus; el grupo de parapsicólogos que aportan una nota de humor; el viaje de uno de los padres al Más Allá para rescatar a su hijo) a Terror en Amytiville (la casa encantanda; el asesinato de una familia entera por parte de uno de ellos), pasando por El exorcista (la escena del desván) o las producciones más recientes del horror oriental (las apariciones fantasmales; los espasmódicos movimientos de las criaturas).

La primera imagen del film, que precede a la aparición del título, consiste en un suave movimiento de cámara que, sin cortes, empalma lo cotidiano con lo sobrenatural; lo sereno con lo horroroso. La participación como productor de Oren Peli resulta significativa del estilo que adopta Insidious en su primera mitad: el director de la popular Paranormal Activity, un falso documental que ofrecía una perspectiva ordinaria de un suceso paranormal, contagia los primeros minutos de la película de James Wan de ese acercamiento naturalista, diario, buscando el escalofrío de lo sugerido antes que el impacto de lo explícito: el plano desde la habitación de uno de los hijos de la familia Lambert que recoge el pasillo y la habitación de su hermano, en el que éste yace en coma; los sonidos entrecortados que surgen del intercomunicador infantil; la alarma que salta sola y la puerta abierta.

De esta idea y atmósfera surge una de las insinuaciones más sugestivas de la película: la comunión constante entre nuestra realidad (llamémosla Más Acá) y el mundo de los espíritus (el Más Allá): no dos universos separados por una frontera invisible, sino dos dimensiones que se solapan y se retroalimentan apuntando la inquietante posibilidad de que las enfermedades humanas inexplicables (como le ocurre al hijo de los Lambert, que un día cae en coma sin motivo aparente) sean consecuencia del contacto de los Muertos, de los espectros.

Un ajuste de cuentas con uno de los lugares comunes más recurrentes del subgénero de las casas encantadas (la permanencia de los protagonistas en el foco del terror) sirve para romper con el tono instaurado hasta ese momento y pasa a introducir a Insidious en un terreno antitético, como si la película, al igual que su protagonista, pasara al otro lado del espejo. Es entonces cuando el ya varias veces señalado inicio adquiere una nueva naturaleza: esa combinación entre el elegante escalofrío y el sobresalto atronador resumía la propia estructura del film. El cambio del punto de vista confirma esta idea: si la primera parte estaba protagonizada por la mujer, Rose, más permisiva a la influencia de lo misterioso, la segunda pasa el testigo al marido, Josh, más proclive a la acción.

El clímax de Insidious sustituye lo intangible por los físico, lo ambiguo por lo concreto en su vertiente más surrealista y extravagante. Aquí es donde Insidious se destapa como un intento de concentrar esas dos miradas hacia el género. La visualización del Más Allá como un escenario barroco y casi carnavalesco (con ese demonio a modo de sobrenatural fantasma de la ópera en clave bizarre y kitsch) sube al espectador a un tren de la bruja sin frenos en el que se combina lo antológico (la sesión de espiritismo) con lo risible (la familia de fantasmas que moran en el salón de la antigua casa); lo inquitante (el repaso a las fotos de Josh cuando era pequeño) y lo sugerente (el plano fijo que muestra a Rose buscando a su marido) con lo impactante (los muertos vivientes que invaden la casa) en un tour de force lleno de sobresaltos en el que todo vale. El descarado final abierto no puede ser más coherente: Insidious es un espectáculo del horror absurdo y delirante, a la vez que una experiencia sumamente penetrante y de notable intensidad

2 comentarios:

olahf dijo...

Buena reseña, yo como te dije en la sesión de espiritismo vi un claro paralelismo con sandman, me daba la sensación de que el niño no estaba en el mas allá sino que estaba en "el sueño" la médium no era tal sino una bruja de las que salen en sandman, la mascara no era otra cosa que el yelmo de morfeo para poder interactuar con "el sueño" y el padre y el niño eran acosados por pesadillas en vez de muertos.

Int dijo...

Un punto de vista interesante. De esta manera, podríamos considerar a toda la película como una adaptación libre de "Casa de muñecas", el segundo arco de "The Sandman".

Como curiosidad, indicar que la sesión a la que asistimos el señor Olahf y un servidor se vió interrumpido por un espectador que se desmayó y tuvieron que sacarle de la sala. Una de esas cosas de las que siempre uno lee pero no se acaba de creer que pasen.