domingo, 13 de noviembre de 2011

Two Lovers

(Two Lovers)
USA, 2008. 110m. C.
D.: James Gray P.: Donna Gigliotti, James Gray & Anthony Katagas G.: James Gray & Richard Menello I.: Joaquin Phoenix, Gwyneth Paltrow, Samantha Ivers, Isabella Rossellini

Los primeros minutos de Two Lovers son empleados por su director, James Gray, no sólo para presentarnos al protagonista de la película, sino también para plantear el tono del relato. Lo que sobre el papel podría limitarse a ser un nuevo repaso a las convenciones del melodrama romántico, el comenzar el film con el intento de suicidio de dicho protagonista nos revela que los asuntos del corazón conllevan, de manera implícita, el desgarro del alma. Los movimientos en cámara lenta de Leonard mientras camina por el puente de madera; la ropa que llevaba en la mano cae lánguidamente al suelo cuando éste la suelta; el cielo gris que inunda en sombras la ciudad mientras observa los acontecimientos desde las alturas; El regular y penetrante acompañamiento sonoro que parece ejemplificar los latidos del corazón de Leonard. A partir de esta escena, una perenne atmósfera de tristeza acompañará los movimientos del protagonista, extendiéndose a las formas de un entorno urbano gris, de marcada frialdad casi inhumana (los planos de Leonard perdido entre la multitud) que encierra en un bloque de hielo los ardientes impulsos románticos de una persona para quien el amor posiblemente sea la única tabla de salvación para salir de una vida marcada por lo anodino, por lo insustancial.

Una vez de vuelta en casa, nos enteramos que Leonard lleva cuatro meses viviendo con sus padres tras ser internado en un hospital psiquiátrico tras haber intentado anteriormente acabar con su vida, donde se le ha diagnosticado un trastorno afectivo bipolar. La bipolaridad que sufre Leonard se transformará en metáfora cuando se le presente en su vida dos opciones vitales en forma de dos mujeres diferentes y de espíritu antitético: Sandra, morena, la hija de un socio del negocio de su padre y que le es presentada en una cena familiar y Michelle, rubia, una vecina que vive en el apartamento de enfrente. La primera representa la posibilidad de un futuro estable y anclado en las tradiciones, además de una estabilidad laboral y emocional (afianzando el negocio compartido por ambas familias, la de Leonard y la de Sandra); por su parte, Michelle representa el riesgo y la incertidumbre, la aventura y la desesperación de un amor tan intenso como frágil, a punto de romperse en cualquier instante.

Two Lovers se estructura en una serie de reflejos especulares entre los cuales Leonard se moverá, confuso, entre sus deseos y sus obligaciones; entre lo que quiere realmente y lo que sería mejor para él, que no siempre es lo mismo. La manera en la que se relaciona con las dos mujeres resulta un ejemplo de dicha encrucijada existencial: Leonard sale por la noche con Michelle y sus amigas a bailar en una popular discoteca, pero acabará volviendo solo a casa, tras la interferencia del amante de Michelle; en cambio, en casa recibe la visita sorpresa de Sandra, con quien se acostará por primera vez. El ambiente alegre, festivo y familiar del bar mitzvah del hermano pequeño de Sandra contrastado con el aséptico hospital en el que ha sido ingresada Michell.

El patio interior que separa la ventana de Leonard y la de Michelle supone un espacio insalvable a través del cual se pueden comunicar pero que, a la vez, impide que estén juntos, colocándo a cada uno en su mundo. El escenario en el que Leonard se declarará a cada mujer supone un esclarecedor aviso de su futuro: mientras que besa a Sandra delante de la pared repleta de retratos de su familia, integrándola en la tradición de su árbol genealógico, Leonard confiesa sus sentimientos hacia Michelle en la azotea del edificio en el que ambos viven: un lugar desolado y castigado por el frío viento, el cual se lleva las palabras de Leonard, demostrando así lo inútil de su esfuerzo.

Aficionado a la fotografía, Leonard muestra algunos de sus trabajos a Sandra la noche en que se conocen: son imágenes en blanco y negro que ilustran lugares vacíos de vida: el mundo que Leonard ve a través de su cámara y que sintetiza su deriva anímica. Los rectangulares encuadres en scope se cierran sobre las imágenes de Two Lovers, empapando a las éstas de un tono melancólico que convierte la calidez del hogar y la frialdad de las calles en términos relativos cuyo sentido se pierde en una vida marcada por el anhelo, por esas motas afligidas que se nos quedan pegada a los dedos después de rozar lo único que da sentido a nuestra vida antes de que lo perdamos para siempre. Pero ni siquiera el nihilismo sirve de vía de escape para Leonard: el devastador, patético y descorazonador final de Two Lovers demuestra que, en ocasiones, el happy end no es más que la prisión en la que encierra su desesperación el amante abandonado.