viernes, 4 de noviembre de 2011

Jungla de cristal. La venganza

(Die Hard. With a Vengeance)
USA, 1995. 131m. C.
D.: John McTiernan P.: John McTiernan & Michael Tadross G.: Jonathan Hensleigh I.: Bruce Willis, Jeremy Irons, Samuel L. Jackson, Graham Greene

1. Entre los cinco años que separan La jungla 2. Alerta roja y el estreno de esta Jungla de cristal. La venganza se estrenó otro vehículo de acción para mayor protagonismo de Bruce Willis, El último boy scout. En la película escrita por Shane Black y dirigida por Tony Scott, Willis encarnaba a un detective privado caído en desgracia, con un matrimonio a la deriva y un futuro ahogado en un océano de alcohol que encontraba el camino de redención aliándose con un jugador de fútbol americano afroamericano y destapando un enrevesado caso de corrupción política y asesinatos por encargo, consiguiendo al final de su ultraviolenta aventura no sólo salir del agujero, sino incluso recuperar a su mujer.

La primera vez que vemos a John McClane en los primeros minutos de su tercera desventura cinematográfica, lo primero que pensamos es que nos hemos perdido muchas cosas desde la última vez que le vimos: si en la película dirigida por Renny Harlin McClane parecía haber encontrado definitivamente la estabilidad sentimental que pendía de un hilo al inicio de Jungla de cristal, aquí el hilo ya se ha roto definitivamente: un McClane resacoso, vestido con su sempiterna camiseta, suspendido del cuerpo de policía y que ha sido abandonado por su mujer. ¿Qué ha ocurrido desde La jungla 2. Alerta roja? Posiblemente, El último boy scout.

Como bien se sabe, originalmente el guión escrito por Jonathan Hensleigh no estaba concebido para ser protagonizado por John McClane, perfilándose como una buddy movie al uso a la que hubo que efectuar una serie de cambios para adaptarla al universo del irónico policía neoyorquino. Si tenemos en cuenta que la segunda entrega adaptaba una novela, 58 minutes de Walter Wager, que no tenía nada que ver con el libro original de Roderick Thorp en el que se basaba la primera entrega (si bien su protagonista, Frank Malone, sí que sirvió de inspiración original para John McClane), podemos llegar a la conclusión de que McClane más que un personaje es un arquetipo: el héroe de acción solitario capaz de enfrentarse a cualquier adversidad, incluso en contra de su voluntad, inasequible al desaliento. Así, La jungla de cristal, como saga, supone la quintaesencia del cine de acción comercial, siendo lógico, por tanto, que cada entrega se empape de los estilemas propios del momento, aunque sea mediante un proceso de retroalimentación a través de los "otros McClanes" encarnados por Bruce Willis.

2. Siguiendo una lógica exponencial, Jungla de cristal. La venganza tiene que ser, necesariamente, un film más grande y, por ende, más espectacular que los anteriores: si en la primera entrega la acción se concentraba en el interior de los 40 pisos que conformaban el lujoso Nakatomi Plaza y su continuación ampliaba el radio de acción a un aeropuerto, en esta ocasión McClane tendrá que moverse a lo largo y ancho de la ciudad de Nueva York, convertida en un gigantesco tablero de juego en el que él y su compañero Zeus se convertirán en un par de fichas movidas por el capricho de un terrorista con vocación de demiurgo. Es en ese retrato de una ciudad que discurre diariamente con la tensa tranquilidad de quien es consciente de que el horror se puede desatar en cualquier momento, pero prefiere no pensar en ello, donde Jungla de cristal. La venganza consigue sus mayores logros.

Los primeros minutos, en este sentido, posiblemente sea lo mejor de la película: al contagioso ritmo del "Summer in the City", de The Lovin' Sponnful, una serie de planos nos acerca a las calles de una ciudad castigada por el calor, por cuyas vías transitan miles de personas que se mueven armoniosamente como glóbulos rojos en una corriente sanguínea cuya misión es mantener con vida el cuerpo que habitan. Una tremenda explosión detiene ese movimiento, desatando una hemorragia de pánico y desconcierto. Estrenada seis años antes de los atentados del 11 de septiembre de 2001, Jungla de cristal. La venganza se nos aparece hoy como una película premonitoria en la cual todo aquello que conforma nuestro mundo -un barrio, el metro, el colegio al que llevamos a nuestros hijos- puede desaparecer en cualquier momento, llevándose consigo todo sentido de nuestra existencia.

3. Jungla de cristal. La venganza recupera al director de la primera entrega, John McTiernan. Una decisión coherente no sólo por el contrastado talento del director de la estupenda Depredador para el cine de acción, sino que, en varios motivos, el film que nos ocupa se acerca más a aquel título fundacional que su segunda parte: la trama tiende un puente con los sucesos de Jungla de cristal, dando así a la saga una cierta coherencia argumental; de nuevo, tenemos un pretexto político para enmascarar un gran robo; si en aquella se utilizaba el Himno de la alegría de Beethoven como leitmotiv musical del villano, aquí se usa el tema tradicional When Johnny Comes Marching Home. Una juego de espejos que hacen de la serie Jungla de cristal en algo así como el día de la marmota en clave de acción de John McClane.

McTiernan vuelve a hacer gala de su elegante sentido del encuadre (potenciado por el uso del formato scope), especialmente notable en el pasaje del robo al Banco de la Reserva Federal, así como su capacidad para mantener un ritmo trepidante sin necesidad de caer en el abuso del montaje corto: el frenético viaje en taxi a través del parque es una ejemplar muestra de planificación rápida sin que el espectador pierda nunca el punto de vista de la acción. Un trabajo de puesta en escena que sirve para situar a Jungla de cristal. La venganza por encima de La jungla 2. Alerta roja -que adolecía de un trabajo de Renny Harlin que basculaba entre lo convencional y lo torpe- pero que no sirve para salvar del todo una película aquejada de una estructura excesivamente episódica y reiterativa, a medio camino entre la escena del maletín y los teléfonos de Harry el sucio y la progresión por niveles de un videojuego.

Una estructura que, guste o no, resulta toda una declaración de principios: en el fondo, todo es un juego. A pesar de que el físico de McClane vuelve a ser machacado, uno nunca tiene la impresión de que los protagonistas, o su entorno, estén realmente en peligro. Quizás porque ni ellos mismos lo creen así, más preocupados en tener preparada la adecuda réplica cómica para cerrar cada escena. Rescatemos un momento sumamente revelador: una explosión hace descarrilar los vagones del metro, produciendo un auténtico caos de humo, chispas y paredes derruidas. De entre tan dantesco espectáculo surge un John McClane que no puede parar de reir. A estas alturas, McClane parece haber descubierto su condición de arquetipo que, como tal, no puede morir. Nada es verdad. Todo es, en suma, puro cachondeo.


2 comentarios:

Yota dijo...

Mi favorita de la saga, por esa inclusión de mentor mezcla de sidekick que supone el forzado personaje de Samuel L. Jackson, además de retomar una conexión con la mítica primera película a través de un pariente del villano original, para mi toda una alegría despues de lo poco que me gustó la segunda entrega.

Int dijo...

Sin haber visto la cuatro, también considero la segunda la más floja, aunque no le falten defensores.

Como anécdota decir que el verano que se estrenó me pilló de vacaciones en Barcelona y fue una de mis primeras experiencias con el sonido Dolby Digital multicanal que aún no había llegado al cine de mi pueblo. Otra peli que vi allí fue el "Juez Dredd" de Stallone y aún recuerdo el impacto que me causó el sonido de una nave pasando sobre mi cabeza.