jueves, 15 de septiembre de 2011

Angel

(Angel)
USA, 1984. 94m. C.
D.: Robert Vincent O'Neill P.: Donald P. Borchers & Roy Watts G.: Robert Vincent O'Neill & Joseph Michael Cala I.: Cliff Gorman, Susan Tyrell, Dick Shawn, Rory Calhoun

La primera vez que vemos a Molly Stewart, saliendo de su casa y dirigiéndose hacia el instituto, ésta parece la representación más pura de la inocencia: la ropa que lleva parece un recatado uniforme escolar -sólo hay que compararla con sus compañeras, vestidas de manera mucho más informal- y las coletas que adornan su pelo parecen síntomas de una adolescente anclada en la infancia. Incluso cuando un estudiante le invita a salir, rechaza la cita, aludiendo a que su madre no le deja salir con chicos. Pero minutos antes, siguiendo a Molly por la calle, se nos muestra un plano detalle en movimiento que muestra a los pies de la joven caminando por el Paseo de la Fama, advirtiendonos de que hay algo de representación en esa actitud: la vida diurna de Molly es una elaborada ficción que contrasta con su actividad nocturna.

No ha de extrañarnos que el director Robert Vincent O'Neill dedique tanto metraje a la hora de retratar a las compañías que frecuenta su protagonista y su relación con ellas. Y no lo es porque representan a esa jungla urbana que, en comparación con esas mismas calles de día, supuran energía y movimiento. Un entorno en el que Molly, trabajando de prostituta bajo el nombre de Angel, se siente viva y protegida por sus amigos, un grupo que fuera de ese contexto no dudaríamos en llamar perdedores o desclasados, pero que en su medio natural se transforman en iconos, en fragmentos de la historia oculta de la ciudad.

Es en este sentido donde
Angel hace gala hoy de unas virtudes de las que, posiblemente, careciera en su día: el servir de testimonio de un escenario cinematográfico ya extinguido y cuya estética y espíritu definía a un tipo de cine que, igualmente, ha desaparecido: la noche iluminada por los paneles de neón, las marquesinas de las salas para adultos, los carteles anunciando los espectáculos de strip-tease, los artistas callejeros -el antiguo especialista vestido de cowboy que vende fotos suyas firmadas y cuenta anécdotas del hollywood clásico; un acróbata del yo-yo vestido de Charlot-, que configuraban un microcosmos del que nacía todo tipo de historias.

La esquizofrénica existencia de Molly/Angel se ve reflejada en su propio hogar, demostrando que esa separación no responde únicamente a una manera de ganarse la vida, apuntando a motivos más dramáticos y personales. El recibidor y la habitación de Molly lucen un clima agradable y ordenado, destacando los tonos pastel de las paredes, contrastando con la desnuda y oscura habitación reservada para su madre, evidenciando de este modo que las actividades nocturnas de Molly (y, con ellas, el nacimiento de la personalidad de Angel) tienen su origen en un trauma nacido en el centro de su (rota) unidad familiar.

Pero la separación entre las dos vidas de Molly no es tan marcada como ella supone y una serie de detalles nos demuestran como lo elementos que componen su trabajo en la noche se hacen presente en un escenario tan antitético como es el instituto en el que estudia la protagonista: por ejemplo, resulta chocante que la mayoría de desnudos, y los más explícitos, que se ven en Angel no vienen dados por el oficio como prostituta de Molly, sino que serán protagonizados por sus compañeras de estudios mientras se duchan en los vestuarios del gimnasio; igualmente, mientras que Molly domina a placer a los clientes de su peligroso trabajo, serán precisamente unos estudiantes quienes la acosarán e intentarán forzarla para conseguir sus favores sexuales.

Con un contenido y unas formas heredadas del género psycho-thriller de la época (con gotas de slasher e, incluso, del subgénero rape & revenge), con un psicópata dedicado a eliminar a jóvenes prostitutas de las más cruentas maneras, Angel sorprende por tomarse a sí misma en serio -la necesidad de Molly de su imagen pública para no ser arrastrada por el agujero negro de su vida nocturna-, lo cual, combinado con los psicotrónicos ingredientes que la forman (la extravagante relación entre el amigo travesti de Molly y su casera lesbiana; el asesino haciéndose pasar por un Hare Krishna para pasar desapercibido) da como resultado un extraño híbrido entre melodrama bizarre y thriller morboso tan torpe y derivativo en ocasiones como idiosincrásico y exótico en otras.