martes, 20 de septiembre de 2011

Nekromantik

(Nekromantik)
Alemania, 1987. 75m. C.
D.: Jörg Buttgereit P.: Manfred O. Jelinski G.: Jörg Buttgereit & Franz Rodenkirchen I.: Daktari Lorenz, Beatrice M., Harald Lundt, Suza Kohlstedt

Posiblemente, el hecho de que hoy en día la figura de Jörg Buttgereit esté olvidada (y que, además, su carrera cinematográfica prácticamente haya sido relegada al terreno del documental) venga dado por haber sido incluido, en el momento de mayor popularidad, en lo que se dió en llamar como ultragore alemán. Dicho movimiento (?), desarrollado entre finales de los 80 y principios de los 90, consistió en una serie de subproductos de corte amateur realizados por un grupo de jóvenes aficionados al terror que se juntaban con sus amigos para pergeñar un catálogo de salvajadas gore a cada cual más exagerada, rebuscada y cafre. Mucho entusiasmo, inexistentes medios y talento en números negativos eran las señas de identidad de unas películas que, a pesar de su ínfima calidad, dieron a conocer nombres como Andreas Schnaas (Violent Shit, Zombie 90. Extreme Pestilence) u Olaf Ittenbach (Black Past, The Burning Moon), de gran reconocimiento entre los aficionados menos exigentes del género.

Al contrario que los nombres señalados, Jörg Buttgereit no utiliza el subgénero como una exhibición de atrocidades, sino que hace uso de sus posibilidades alegóricas: Nekromantik supone así una muestra de película splatterpunk, en la cual los elementos habituales del cine gore -los atroces asesinatos, la profusión de hemoglobina, las gráficas mutilaciones- tienen como objetivo tanto incomodar al espectador como transmitirle un mensaje, una idea. De ahí que, en las antípodas de los títulos dirigidos por Schnaas o Ittenbach, el despliegue de sangre y tripas no pueda ser recibido con alborozo y risas cómplices por parte del aficionado más extremo al ser acompañadas de un discurso filosófico sumamente perturbador.

Lo que Buttgereit nos propone en su ópera prima es una especie de manifiesto necrófilo que no se detiene en lo físico -prácticas sexuales con cadáveres-, sino que elabora un ensayo existencialista acerca de la convivencia del ser humano con el concepto -y el hecho- de la muerte. Así, las gráficas escenas en las cuales la pareja protagonista realiza un ménage à trois con un cadáver en descomposición conseguido por Robert a través de su trabajo en una compañía de limpieza especializada en cadáveres se ven complementadas por una serie de secuencias oníricas y fugas mentales que demuestran que las intenciones de su director van más allá de ofrecer un espectáculo morboso: la colección de miembros amputados que Robert y Betty guardan conservados en formol -entre los que se cuenta incluso un feto- o la imagen de esta última bañándose en sangre supone un retrato de una pareja que ha convertido su obsesión patológica por la muerte en una forma de vida, dotando al conjunto de un curioso -y algo naïf- romanticismo macabro -Betty leyéndole al cadáver en la cama-.

De esta manera, lo más escalofriante de Nekromantik no proviene tanto de sus imágenes más gráficas, sino de la atmósfera profundamente nihilista que las rodean. Una atmósfera potenciada por la radiografía de una comunidad en la que la muerte y la violencia suponen elementos cotidianos, parte fundamental del día a día de sus ciudadanos: la descuidada manera con la cual la empresa de limpieza ejecuta su trabajo, carente de respeto por los cuerpos muertos; un indivíduo, mientras juega con su arma, mata por accidente a su vecino y oculta el cadáver sin que parezca preocupado en ningún momento por las consecuencias; Robert llevando ese cadáver a su casa sin que despierte las sospechas de nadie del trabajo por su desaparición; los cines que sólo proyectan toscas películas repletas de sexo y violencia.

La escasez de medios subraya el ambiente degradado y opresivo en el que transcurre los hechos: la fotografía granulosa propia de las cámaras de 16mm. da relieve a unos escenarios marcadamente sórdidos, en los cuales la suciedad se pega a los movimientos de los personajes, como si fuera una segunda piel -el paralelismo entre el filete que prepara Robert y el corazón humano que guarda en un tarro; el contraste entre la imagen de los protagonistas comiendo y la descomposición del cadáver colgado en la pared, dejando marcada la pared con sus fluídos corporales-.

Buttgereit se acerca a los códigos del cine de terror -tanto en su estructura como en sus elementos principales- para darle a Nekromantik un envoltorio genérico que, a la vez, subvierta esos mismos códigos. Si líneas arriba comentábamos la particularidad de las escenas gore, el acercamiento del director de El rey de la muerte al cine pornográfico también supone un desafío para el espectador: la mirada esteticista con la que Buttgereit recrea las secuencias de sexo con el cadáver -en combinación con la delicada melodía a piano- busca trascender la convencionalidad de este tipo de escenas a la vez que su excepcionalidad bizarre. Los últimos minutos del film, en los que sexo, gore y parafilias se combinan en una performance de catarsis erotico-sangrienta, suponen una declaración de principios de un director tan dispuesto a derribar tabúes como a expresar su personal (y escalofriante) visión de la existencia.