lunes, 17 de enero de 2011

Christine

(Christine)
USA, 1983. 110m. C.
D.: John Carpenter P.: Richard Kobritz G.: Bill Phillips, basado en la novela de Stephen King I.: Keith Gordon, John Stockwell, Alexandra Paul, Harry Dean Stanton F.: 2.35:1

En la primera mitad de los años 80 ser el director de una película basada en una obra de Stephen King suponía todo un barómetro de popularidad dentro del género a la vez que reflejo de la personalidad de los propios autores en su acercamiento a un material ajeno y tan codificado como es la literatura del creador de Apocalipsis. De esta manera, desde el estreno de la fundacional Carrie, veíamos como las diferentes propuestas lograban separar el grano de la paja (la mencionada película de Brian De Palma), traicionaban la esencia del original (El resplandor, de Kubrick) o lo llevaban a terreno propio sin notables fisuras de fidelidad (La zona muerta cronenbergiana). Que la adaptación dirigida por John Carpenter se estrenara en el mismo año en el que se publicó por primera vez la novela en que se basa es síntoma de la, a esas alturas, estrecha relación entre el cine y la obra de King. Es quizás esta la razón por la cual Christine supone la excepción que confirma la regla y aunque en sus imágenes se detecta el cuidado habitual que el director de Están vivos pone a la hora de construir sus planos, en esta ocasión John Carpenter oficia más de aplicado ilustrador que de comprometido narrador.

Con Christine Stephen King utilizaba su pasión por la cultura popular americana de los años 50 como motor de la historia a través de la radicalización de sus iconos juveniles: el rock'n'roll y la figura fetichista del automóvil. Una idea que Christine retoma y desarrolla de manera obvia en su primer tercio: Arnie Cunningham es presentado como el típico nerd de universidad, gafas de pasta gruesa y bolígrafos en el bolsillo de la camisa incluídos, que es ignorado por las chicas y recibe la excesiva atención de los matones. La compañía de su mejor (y único) amigo, Dennis, apuesto deportista de gran popularidad, no hace sino subrayar su condición de patito feo. Ante este panorama no es extraño que se enamore a primera vista del destartalado Plymouth Fury de 1958 que vende un extraño anciano. Como el propio Arnie reconoce, por una vez hay algo que es más feo que él.

La importancia del coche como símbolo de la independencia adolescente podía haber aportado a Christine un tono de ambigüedad en el momento en el que la entrada de Christine en la vida de Arnie supone un drástico cambio en su personalidad, llegando a enfrentarse a sus padres quienes han dirigido su vida sin preocuparse de las aspiraciones personales de su hijo. Pero da la impresión de que los creadores de Christine no están muy interesados en profundizar en estos temas, como si su única intención fuera ofrecer un reconocible producto marca King: el distanciamiento de Arnie con aquellos que le rodean a la vez que se obsesiona con su coche es mostrando de manera precipitada, quedándose en la superficie y sin profundizar en ideas tan interesantes y sugerentes como la atracción erótica que Christine provoca en su dueño, haciéndo que este parezca preferir las relucientes líneas metálicasde su automóvil a la cálida carnalidad de su novia.

El propio Carpenter es consciente de la debilidad del componente humano del guión escrito por Bill Phillips, resolviendo las escenas protagonizadas por los actores con funcionalidad y centrándose en los planos en los que Christine es el centro de atención: el prólogo situado en la cadena de montaje donde se nos muestra un cúmulo de coches de la misma marca recién montados de color blanco entre los que destaca Christine y su brillante pintura rojiza, testimonio de su sed de sangre; la escena en la que Christine se repara a sí misma delante de Erine: el foco que alumbra al coche en la oscuridad y la utilización del saxo en la banda sonora transforma el momento en un strip-tease en el que el mortífero coche desnuda delante de su dueño su auténtica naturaleza; Christine envuelta en llamas como si fuera un vehículo surgido del infierno o su definitiva monstrualización en el clímax del relato, con los focos a modo de desorbitados ojos y una grieta en el parachoques convertida en una horrorosa mandíbula. Aciertos aislados que asemeja a Christine a un imponente coche cuya llamativa carrocería carece de motor: es bonito, pero de escasa utilidad.