martes, 11 de enero de 2011

The Gore Gore Girls

(The Gore Gore Girls)
USA, 1972. 81m. C.
D.: Herschell Gordon Lewis P.: Herschell Gordon Lewis G.: Alan J. Dachman I.: Frank Kress, Amy Farrell, Hedda Lubin, Henry Youngman F.: 1.85:1

Un análisis semántico del título de una de las últimas películas de Herschell Gordon Lewis nos permite reconocer en The Gore Gore Girls tanto una declaración de principios como (casi) un recopilatorio testamentario de la esencia básica de su obra (de hecho, después de esta película, Lewis no volvería a ponerse tras las cámaras hasta el 2002): el gore y el nude (variante soft del cine erótico consistente en la simple exhibición de cuerpos desnudos), dos subgéneros del cine sexploitation que él y su socio David F. Friedman prácticamente crearon. La inclusión en el título de la terminología que designa el género que él mismo oficializó nueve años antes en la clásica Blood Feast puede suponer tanto el golpe en el pecho de su director (orgulloso de su hallazgo) como un cierto distanciamiento cuasi-paródico (la duplicación del término).

La primera secuencia del film se nos revela como un acto de honestidad: a Lewis se le puede acusar de muchas cosas (entre otras, de ser un mal director de cine) pero jamás de engañar a su público. Una stripper está preparándose en su camerino para salir a bailar. Mientras se maquilla delante del espejo no advierte la presencia de una figura ataviada de negro que se le acerca por la espalda. Una mano enguantada le agarrará por el pelo y le estampará la cara repetidas veces contra el espejo. No contento con tal brutal ataque, el asesino rematará a su víctima destrozándole el rostro con un martillo. Está claro, ¿no? Estamos viendo The Gore Gore Girls.

De esta manera, la estructura de la película consistirá en una sucesión de bailarinas actuando en sórdidos y oscuros locales de strip-tease, siendo jaleadas mientras se desprenden de su (escasa) ropa por un enfervorizado público masculino cuyas figuras permanecen ocultas en las sombras para, a renglón siguiente, ser atrózmente mutiladas por el misterioso asesino, quien se dedicará a desfigurarlas utilizando todo tipo de herramientas: martillos, cuchillos, una plancha encendida, una freidora llena de aceite hirviendo o, incluso, sus propias manos, transformando los antaños bellos rostros de las chicas en una irreconocible pulpa, un amasijo de carne, sangre y huesos astillados.

La deformación de lo hermoso es uno de los temas clave del género de horror clásico, pero el director de 2.000 maníacos lo lleva más lejos, haciendo de este lugar común un discurso personal: en sus ataques, el asesino mutilará el símbolo fundamental del cine erótico; esto es, el cuerpo de la mujer reducido a sus partes más atractivas desde un punto de vista erotómano: con un pequeño mazo de cocina, el asesino destrozará literalmente las nalgas de una de las strippers, mientras a otra le cortará los pezones con unas tijeras, recogiendo la leche que surgirá del orificio en un vaso de cristal. Lewis parece querer enfrentar los dos géneros que le lanzaron a la fama (el nude y el gore) e imponer la victoria del segundo sobre el primero: la mutilación de la carne como un acto aún más extremo que su exhibición.

The Gore Gore Girls es una muestra del género en estado puro, sin aditivos, en el que, como decía Jordi Costa, la mutilación es el mensaje. Pero, como decíamos en el primer párrafo, se percibe un tono parádico, como si Lewis fuera consciente de la popularidad alcanzada por el gore y, como fundador, se permitiera ironizar sobre él: la excesiva exageración de las hazañas sanguinolientas del asesino contrasta con la tosquedad de los efectos especiales, evidenciando (casi regodeándose) su carácter fantasioso. Detalles como la chica que está mascando chicle y recibe un golpe en la cabeza en el momento en el que estaba haciendo un globo y que al caer al suelo muestra el globo intacto y con su interior lleno de sangre; personajes como un veterano de guerra que se dedica a dibujar caras en melones y tomates para después destrozarlos con sus propias manos o el colectivo de feministas que irrumpen en los shows con sus pancartas apuntan en esta dirección.

Intercalada entre los diferentes crímenes, Lewis desarrolla una investigación policíaca que le coloca en una posición intermedia entre heredero de la guerra de sexos del cine clásico y pionero de las buddy movies del cine de acción de los 80: un detective experto en casos complicados es contratado por una periodista para que encuentre y capture al cazador de strippers, teniendo que acarrear con la compañía de la intrépida periodista muy a su pesar en una colaboración forzosa que se tornará pura camadería. Una relación que Lewis lleva a su terreno cuando la periodista, en un intento de llamar la atención del detective, se apunte a un concurso de strippers amateur. El mensaje está claro: en el gore toda mujer es una stripper en potencia.