
Japón, 1998. 102m. C.
D.: Hiroyuki Okiura P.: Tsutomu Sugita & Hidekazu Terakawa G.: Mamoru Oshii I.: Yoshikazu Fujiki, Sumi Mutoh, Hiroyuki Kinosha, Yukio Hiroda F.: 1.85:1

Pero que nadie piense, tras leer esta sucinta introducción, que no merece la pena ver Jin-Roh al no tener acceso al resto de los productos relacionados, porque es un film que se puede entender y disfrutar sin dificultad por sí mismo. En realidad lo que ha construído el director de Ghost in the Shell no es tanto una historia-río contada a través de diferentes formatos sino un universo en el que cada uno de sus planetas comparten vasos comunicantes a la vez que mantienen independencia propia (al igual que en la otra obra multimedia de Oshii: "Blood, the last vampire"). De hecho, Jin-Roh es un excelente medio de introducirse en tan complejo universo, especialmente por empezar con un prólogo que nos narra el origen de los Kerberos y que ayuda al espectador neófito a situarse (lo que no podía decirse de las extrañas propuestas de imagen real señaladas anteriormente).
Quien se deje seducir por el impresionante diseño de los Kerberos (a medio camino entre el androide de infantería y el fetichismo nazi) y espere asistir a un ruidoso espectaculo pirotécnico es posible que se lleve una decepción. Jin-Roh (al igual que ya ocurría en The Red Spectacles y en StrayDog: Kerberos Panzer Cops) comprime sus escenas más trepidantes en su comienzo y en su final, como si fuesen la intro y el outro física en respuesta a la violencia emocional que rige el desarrollo central del film. Jin-Roh nos cuenta la odisea introspectiva de Kazuki Fuse, un miembro de la brigada Kerberos, producto del trauma sufrido en una de sus misiones en la cual asistió impotente al suicidio de una niña que colaboraba con un grupo terrorista. A partir de ese momento, Fuse se interrogará sobre su misma identidad, encerrada en una coraza de acero que le aisla de su propia humanidad. Su distanciada relación amorosa con la hermana de la chica muerta les convierte en dos náufragos en un oceano emocional en el que los sentimientos son incompatibles con la supervivencia.
Todo en Jin-Roh exuda tristeza: desde el trazo esquemático (pero no carente de detalle) de los rostros de los personajes a sus movimientos lentos, casi sonámbulos; el bajo volumen con el que los protagonistas recitan sus diálogos y las lánguidas composiciones de Hajime Mizoguchi, quien incluso en sus temas más impactantes prioriza lo melancólico a lo trepidante. Incluso los escenarios por los que se mueve Fuse, con su vaga ambientación steampunk (la acción transcurre diez años después del final de la II Guerra Mundial: los edificios, vehículos y armas de la época se ven cortocircuitados con la presencia futurista de los Kerberos), parecen contagiados de su estado anímico, haciendo gala de una paleta de colores apagada y con la presencia constante de la lluvia y los paisajes desolados.
Ya desde la cita que abre el film, Jin-Roh utiliza la figura del lobo como elemento alegórico, convirtiendolo en una variación del cuento de la Caperucita Roja: Fuse es el lobo que tiene que ocultar su esencia depredadora disfrazándose de hombre en un intento de integrarse entre los humanos y cayendo rendido ante una Caperucita particular en cuyo bolso lleva bombas en vez de comida. Que Mamoru Oshii aluda explícitamente al clásico cuento de hadas integrándolo en los diálogos, así como llenando el metraje de alusiones al carnívoro mamífero, subraya el mensaje del film hasta hacerlo tan obvio que acaba perdiendo fuerza lo que no impide que, en conjunto, Jin-Roh vuelva a demostrar tanto la fascinanción de Oshii por el esteticismo belicoso como por las almas que resuenan tras las relucientes corazas que lo conforman.

Posdata: una fotografía de mi Kerbero particular:
2 comentarios:
Me has animado a verla, quizá esta noche
Me alegro que el blog sirva para incentivar a los lectores a descubrir obras desconocidad. Por supuesto, espero su opinión.
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