miércoles, 12 de octubre de 2011

Crocodile

(Ag-o)
Corea del Sur, 1996. 102m. C.
D.: Kim Ki-duk G.: Kim Ki-duk I.: Jo Jae-hyeon, Woo Yun-kyeong, Jeon Mu-son, Ahn Jae-Heong

En la primera película del hoy célebre director coreano Kim Ki-duk podemos encontrar ya los ingredientes con los que elaborará el grueso de su filmografía: un interés por los entornos marginales que marcan a sus desarraigados protagonistas, que se combina con una mirada poética -y, a la postre, mística- sobre éstos. Las formas harto primitivas con las que se nos aparecen en Crocodile dotan al film de una incómoda atmósfera que parece surgir del interior del relato: la escasez de medios de producción y la labor autodidacta de su director convierten a la película en la representante de la marginalidad en la que viven los personajes, desarrollando en sus imágenes la sordidez y el desencanto que marcan la existencia de éstos y que en su ritmo lento y contemplativo, marcado por el silencio, representa la falta de valores y de objetivos de unos personajes para los que todos los días son iguales.

El protagonista de Crocodile, apodado Cocodrilo, vive junto con un anciano y un niño en un improvisado campamento debajo de un puente que parece atraer a los suicidas para utilizarlo para quitarse la vida. Cocodrilo aprovecha esta circunstancia para hacerse con los objetos de valor que dejan los cuerpos apenas han entrado en el agua. Cocodrilo y sus compañeron forman una familia alternativa a la sociedad que utilizan los desechos de la misma para subsistir. La aparición de una joven que ha intentado quitarse la vida y a la que salvará Cocodrilo sirve para oficializar este concepto de familia (el niño se referirá a ella como su hermana) así como para introducir con su presencia un elemento desestabilizador que afectará a todo el grupo y, especialmente, a su salvador.

Crocodile se compone, más que de una historia lineal, de una serie de fragmentos, de momentos a modo de viñetas autoconclusivas que nos retratan el día a día de estos desclasados, centrándose en los intentos de su protagonista para imponer su presencia en los oscuros ambientes en los que se mueve, ya sea por sí mismo (las partidas de cartas o como estafador vendiendo en la calle productos que no valen para nada) o a través de otros (las fotocopias y los chicles que vende el niño). Cocodrilo se perfila como un exiliado de la vida, pues no encuentra su lugar ni en el corazón de la sociedad (que le ha expulsado por no amoldarse a sus normas) ni en los márgenes de ésta, que tampoco parecen aceptarle: las recurrentes palizas que recibe o la manera en la que es engañado por sus compañeros de cartas.

De esta mamera, alejado de todo (no quiere ayudar a la policía a rescatar los cadáveres ahogados porque le puede estropear el negocio) y de todos (descarga su frustación con los miembros de su "familia" quienes, incluso, intentarán matarle), Cocodrilo tendrá que buscar y construir su propio espacio. Obsesionándose con la presencia de la chica a la que ha salvado -a la que primero se acercará con violencia, violándola en repetidas ocasiones para, después, eliminar cualquier vínculo que ésta tuviera con su antigua vida, como queriendo eliminar cualquier enlace que pudiera conservar y la retuviera-, su rescate de las aguas la convertirán en la llave para entrar en ese nuevo mundo. Así, el final hace gala de un tono poético y onírico que contrasta con la sordidez y la pobreza del conjunto, con Cocodrilo, por fin, encontrando el sentido a su existencia en la configuración de una estampa familiar a la vez tradicional y experimental, tan hermosa como triste.