jueves, 6 de octubre de 2011

No habrá paz para los malvados

(No habrá paz para los malvados)
España, 2011. 104m. C.
D.: Enrique Urbizu P.: Álvaro Agustín & Gonzalo Salazar-Simpson G.: Michel Gaztambide & Enrique Urbizu I.: José Coronado, Juanjo Artero, Helena Miquel, Rodolfo Sancho

Los primeros minutos de No habrá paz para los malvados no sólo funcionan como presentación del personaje principal y de la trama que se va a desarrollar a lo largo del metraje, sino que sirven a su director para establecer el pulso que marcará este fibroso thriller policíaco. Pegado a la barra de un bar y con su atención puesta en la máquina tragaperras, engullendo una copa tras otra, Santos Trinidad se nos aparece como la imagen perfecta del loser: de apariencia desastrada, de porte desaseado y con un permanente ceño fruncido que en su rocosidad nos revela a un hombre atormentado por unos demonios internos a los que intenta dar esquinazo a través de una imparable espiral de autodestrucción. Cuando nos enteramos de que Santos es un inspector de policía un escalofrío nos recorre la espalda: su habilidad para perpetrar una masacre en un sórdido burdel del extrarradio madrileño -limpia y concisa, sin titubeos, casi de manera mecánica- nos dice que Santos no es un pobre diablo al que un día encontrarán muerto en un maloliente callejón, es una fuerza de la naturaleza en su sentido más salvaje: un oscuro ser al que acompaña la violencia como un instinto de supervivencia natural (la imagen que le muestra descansando en su casa, sentado en un sillón y con el revolver colgando de un dedo, como si fuera una extensión inseparable de su propio cuerpo).

De esta manera, No habrá paz para los malvados nos plantea el contraste entre dos tipos de justicia: una que podríamos denominar primordial, idiosincrásicamente humana, de esquinadas e incómodas aristas morales; y una justicia institucional, práctica y metódica en la que las víctimas y los verdugos son datos recogidos en informes repartidos en un laberinto burocrático. Urbizu monta estas dos vías en paralelo, siendo una el reflejo invertido de la otra convirtiendo a su thriller ya no sólo en una radiografía clínica acerca de la lucha contra el crimen (subrayando los aspectos menos glamourosos: las largas y tediosas misiones de vigilancia; las llamadas a los familiares para comunicarles la muerte de uno de sus miembros; las meteduras de pata institucionales que dejan en libertad a peligrosos criminales; los enfrentamientos entre diferentes departamentos), sino que el retrato se extiende a los escenarios por los que se mueven los personajes dando lugar a una espeluznante cartografía de los degradados ambientes lumpen de una ciudad del S.XXI.

Así, el gélido despacho en el que la juez Chacón dirige la investigación contrasta con el ambiente baratamente lascivo del puticlub que sirve de punto de partida a la historia (Chacón preguntará extrañada a qué se debe el extraño olor que preside el lugar, a lo cual el inspector Leiva le responde que esos sitios siempre huelen así). Chacón tiene un conocimiento teórico del mundo del crimen, mientras que Santos se mueve con naturalidad en él, fusionandose con unos ambientes que parecen una prolongación de su torturada conciencia: el vertedero en el que se deshace de las pruebas del crimen, los pisos colmena de alquiler que utilizan los terroristas para ocultarse o la casa abandonada en medio de un desértico paraje rural.

De ahí que, a pesar de sus severas formas y de su implacable desarrollo carente de cualquier concesión al espectador, a pesar de su atmósfera sucia y pegajosa, No habrá paz para los malvados supone un film abstracto a la hora de narra la historia a través de las acciones y movimientos de sus personajes en detrimento de cualquier información añadida. Santos se mueve casi como si fuera un fantasma, investigando apartamentos vacíos o transitando por escenarios aislados, acompañado siempre por el silencio -los diálogos son básicos y escasos, así como el acompañamiento musical-, siguiendo una trama que el espectador intuye antes que comprende, en la que los agujeros de sentidos no hacen más que ahondar en cierto tono surrealista que entronca con el hieratismo y la gelidez del polar francés.

Las explosiones de violencia irrumpen así con inusitada fuerza dramática. Lejos de la espectacularización -y, a la postre, banalización- del aparatoso cine de acción hollywoodiense, en No habrá paz para los malvados la violencia es seca y frontal, y sus dolorosos resultados tremendamente físicos (la imagen de Santos suturándose él mismo una herida por arma blanca que ha recibido), pues su ejecución viene dada por seres humanos de carne y hueso, que sufren y que tienen miedo; que, en suma, quienen vivir y para ello sólo les queda matar a su adversario en un tablero de juego desesperadamente nihilista.

Es en esta conjunción entre abstracción -de la atmósfera- y fisicidad -de las acciones- por la cual No habrá paz para los malvados nos recuerda a Taxi Driver -apocalíptico descenso a los infiernos urbanos de los desarraigados de su propia existencia- con Santos Trinidad como un nuevo Travis Bickle que a través de una cruzada personal acaba convirtiéndose en un héroe anónimo. Los planos finales, dignos del Antonioni de El eclipse, reflejan el efímero triunfo de Santos, salvador inconsciente de una sociedad que vive con el horror inoculado en su interior, siempre a un paso de irrumpir con devastadora fuerza destructiva.