sábado, 22 de octubre de 2011

Museo de cera

(Waxwork)
USA/Alemania/UK, 1988. 97m. C.
D.: Anthony Hickox P.: Staffan Ahrenberg & Eyal Rimmon G.: Anthony Hickox I.: Zach Galligan, Deborah Foreman, Michelle Johnson, David Warner

Los primeros minutos de Museo de cera sirven para definir a su protagonista y, con él, el entorno en el que se mueve: el joven y apuesto Mark está desayunando junto a su madre en el lujoso salón de la mansión en la que viven. La señora Loftmore le recrimina a su hijo que la noche anterior estuvo bebiendo con el mayordomo, el cual, según ella, pertenece a una clase inferior con la que no tendría que relacionarse: los sirvientes. Mark responde que son seres humanos, al igual que ellos dos, aparentemente indignado por la actitud elitista de su madre. Pero, más tarde, cuando su profesor de historia le mande escribir un trabajo sobre el poder de los dictadores por llegar tarde a clase, éste utilizará a su criada para que le haga el trabajo y, así, poder salir por la noche con sus amigos.

Realizada a finales de los años 80, Museo de cera toma el pulso de la década que estaba a punto de finalizar a través de sus personajes principales: vestidos con traje y corbata y con gafas de sol, con sus tupés y su pelo engominado, con un cigarrillo siempre a mano con el que ensayar poses afectadas, ellas con sus tacones, sus vestidos ceñidos y sus joyas, los adolescentes protagonistas de la ópera prima del hijo de Douglas Hickox son todo unos modernos que parecen sacados de Menos que cero, sustituyendo la deriva emocional de los personajes de la magnífica novela de Bret Easton Ellis por un entusiasmo y una alegría propia de los representantes de una década tan hedonista y superficial como fueron los 80.

Reunidos en las gradas del campo de deportes del instituto para hacer planes para la noche, China propone al grupo ir a visitar el extraño museo de cera que ha abierto en la zona. Uno de sus amigos le dice que eso es cosa del pasado y que están en la era del vídeo. Así, el grupo de amigos que finalmente visitarán el museo no sólo representan el espíritu de una época, sino también al cinéfago tipo de esos mismos años para los cuales los iconos clásicos del cine de terror se han convertido en antiguallas en blanco y negro destinadas a coger polvo en un museo. Precisamente, el museo de cera que custodia el siempre agradecido David Warner se compone de una serie de escenas basadas en esos mismos iconos: el hombre lobo, el Conde Drácula, la momia o, incluso, el propio Marqués de Sade, el cual despertará los soterrados impulsos masoquistas de la virginal Sarah en uno de los mejores momentos del film.

Pero en este particular museo el cordón de terciopelo no sirve sólo para separar al visitante de las estatuas, sino que supone una puerta de entrada a otra dimensión en la cual la escena representada cobra vida, apoderándose de los pobres incautos que penetran en ella. La idea es clara: las criaturas del horror clásico necesitan de la atención de las nuevas generaciones para seguir vivas aunque sea, como el caso que nos ocupa, alimentándose de su existencia, literalmente. Los productos de la imaginación necesitan ser creídos para resultar efectivos, de ahí que las criaturas monstruosas de Museo de cera pierdan su poder en cuanto su víctima deja de creer en ellas.

Hickox construye una estructura episódica, transformando a su film en una película de sketches, formada por cada una de las escenas de cera en la cual los protagonistas entran. A través de ellas, el director de Hellraiser III. Infierno en la Tierra rescata los escenarios más icónicos y reconocibles de cada personaje, para filtrarlos a través de una mirada moderna: el hombre lobo es representado como un ser maldito del S.XVIII que intenta apartarse de la gente para no herirles -como sucedía en el film dirigido por Terence Fisher de la Hammer, La maldición del hombre lobo- pero, en cambio, la transformación licantrópica y la posterior criatura son propios de su época, al más puro estilo de Aullidos o Un hombre lobo americano en Londres; los vampiros son colocados en el interior de un palacio victoriano elegante y decadente, dispuestos a poseer a la turgente doncella que toma la forma de China, dispuestos a contaminar su pureza (destacando una deliciosamente asquerosa escena en la cual ésta tiene que comer trozos de carne cruda que, posteriormente, descubriremos que son parte de la pierna de un hombre encadenado en el sótano), pero lejos de la damisela en peligro, China se convertirá en una feroz cazadora de vampiros (con un detalle genial: el vestido blanco que lleva puesto se tiñe de rojo por la sangre de los chupasangres que va eliminando); cuando Mark es arrojado a un escenario lleno de zombies, la fotografía imita el blanco y negro y los encuadres angulados de La noche de los muertos vivientes original de Romero, pero con elementos gore paródicos propios de Terroríficamente muertos.

Museo de cera cohesiona este cúmulo de guiños con las formas de una comedia adolescente típica de la época, confiriendo al conjunto un tono desprejuiciado, centrándose en los problemas sentimentales de sus protagonistas (los celos que China despierta en Mark al salir con otros chicos) o interludios humorísticos (la criada de Mark, que no domina el inglés, intentando hacer el trabajo que le han mandado). Anthony Hickox aporta una dirección dinámica, aprovechando los diferentes episodios de los que se compone el film a la hora de planificar las escenas (el atmosférico bosque nocturno, atravesado por la luna, de la parte licantrópica; la fisicidad del segmento vampírico, con ese hombre cuya pierna ha sido devorada hasta el hueso; la iluminación lascivamente sensual del episodio sadiano) y apoyándose en los excelentes efectos especiales de Bob Keen (también encargado de la segunda unidad). De esta manera, Museo de cera consigue un divertido equilibrio, entre el homenaje al cine de terror clásico de siempre y las suficientes escenas fuertes para disfrute del aficionado moderno.