viernes, 16 de diciembre de 2011

Velvet Goldmine

(Velvet Goldmine)
UK/USA, 1998. 124m. C.
D.: Todd Haynes P.: Christine Vachon G.: Todd Haynes, basado en una idea de James Lyons & Todd Haynes I.: Ewan McGregor, Jonathan Rhys Meyers, Christian Bale, Toni Collette

La llave para desentrañar el intrincado y apasionante puzzle narrativo que supone Velvet Goldmine nos es facilitada al comienzo mismo del film en forma de cartel explicativo: "Aunque los personajes son ficticios, esta película ha de verse con el volumen al máximo". Tan críptica frase sirve tanto como detector infalible del espectador objetivo del producto como de guía para navegar por sus brillantes imágenes. Si recordamos la mítica frase que adornaba la cubierta del disco de David Bowie de 1972 The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spider From Mars, "Para ser reproducido al máximo volumen", nos daremos cuenta hasta qué punto en ella se encierra el sentido del trabajo de Todd Haynes: efectivamente, los personajes de Velvet Goldmine son construcciones de ficción, pero éstos han nacido a la sombra de unos iconos musicales concretos y fácilmente reconocibles para todo aquel que entienda dicha frase.

Este proceso de acercarse a la realidad a la vez que esquivarla le permite al director de Lejos del cielo realizar un retrato del movimiento glam no a través de sus representantes oficiales -esto es, de las personas de carne y hueso que lo hicieron posible-, sino a través de sus representaciones, algo por otro lado coherente con un estilo musical que hacía de la teatralidad, la mascarada y la pose artificiosa su sentido último: el maquillaje estelar como medio para ocultar la carne de la realidad. Velvet Goldmine antes que una película sobre la música glam supone una película glam en sí misma considerada, como si nos encontráramos ante la traslación fílmica de un álbum de rock conceptual de la época.

No ha de extrañarnos, por tanto, que la película comience situándonos ante un cielo nocturno estrellado por el que sobrevuela un luminoso platillo volante cuyo destino parece ser una casa de Dublín el 16 de octubre de 1854, fecha del nacimiento de Oscar Wilde. El convertir al poeta y dramaturgo irlandés en la primera estrella pop de la historia no supone la idea más arriesgada de Velvet Goldmine, sino el utilizar los códigos de la ciencia ficción a la hora de escenificar un biopic apócrifo sobre la mítica figura de David Bowie. De esta manera, antes que reducirla a unas imágenes concretas, el convertir a Bowie, en la película reencarnado en Brian Slade, en el ser elegido por una superior inteligencia extraterrestre para transportar a la humanidad a un estado de conciencia superior a través de la estética y de la música sirve para engrandecer esa leyenda, hacerla más enigmática, además de darle una coherencia a la capacidad camaleónica de la que hizo gala David Jones a lo largo de su carrera.

Haynes utiliza como base una estructura heredada del Ciudadano Kane de Orson Welles -la reconstrucción por parte de un periodista de la vida de una criatura más-grande-que-la-vida a través de diversas entrevistas a sus allegados y partiendo de un momento clave: en este caso, un falso asesinato durante un concierto- para perfilar la biografía de Brian Slade -de mod a andrógino cantante folk, para triunfar como estrella pop alienígena que acaba enterrada en montañas de cocaína- no a través de hechos concretos, sino de las difuminadas imágenes del recuerdo. El contraste entre el tono gris que empapa las escenas situadas en el presente con el colorido y los destellos que iluminan los sucesivos flashbacks sumerge a Velvet Goldmine en el sedoso y embriagador mundo de los sueños. Los sorprendentes recursos narrativos de Haynes, así como su constante inventiva visual -a través de un uso del montaje más asociativo que narrativo- constatan que, antes que un producto musical, Velvet Goldmine entra en los terrenos del cine fantástico: que los personaje hablen utilizando la seductora y alambicada retórica de Oscar Wilde con naturalidad sólo es posible dentro de un contexto onírico.

Resulta lógico que el propio David Bowie rechazara participar en la película, no permitiendo que se utilizara ninguno de sus temas en la banda sonora del film. Es posible que al enigmático y esquivo Bowie no le complaciera la mirada venenosa con la que Haynes radiografía el movimiento glam: Brian Slade es presentado como un bello parásito quien se rodea de figuras que hacen gala ya sea de una fuerza natural como Curt Wild -sosias del Iggy Pop- o de un auténtico y sentido transformismo estético y vital como Jack Fairy -a quien podríamos identificar tangencialmente con Brian Eno- para absorber y mimetizar esas cualidades para construir una máscara tras la que ocultarse -destacar como la última transformación de Slade supone un muy sangrante apunte a la conversión de Bowie en millonario ídolo de masas en la década de los 80-. El subrayado que de los componentes decadentes y homoeróticos propios del glam hace Haynes -quien, en ocasiones, llega a rozar la parodia amable- evidencian como el director de Poison, recordemos abanderado de lo que se conoció como new queer cinema, es consciente de la existencia de sucios y retorcidos rincones oscuros ocultos por un paisaje deslumbrante.

Pero incluso la no utilización del material de David Bowie -el título de la película está inspirado en una canción homónima que se incluyó como Cara B de The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spider From Mars- antes que un defecto, sirve para potencias el juego de espejos de la película, al utilizar todo un cúmulo de temas de diferentes artistas -Roxy Music, T-Rex, Brian Eno, Lou Reed, Iggy Pop-, mezclándolos y fusionándolos para ponerlos en boca de Brian Slade y su creación Maxwell Demon, transformándole en una especie de summa glam, una figura poliédrica que representa las diferentes caras del género.

Y a través de ella, Velvet Goldmine se puede permitir saltar de lo superficial a lo profundo, de la estética a lo sociológico: la escena en la que un apocado Arthur ve reflejado todos sus anhelos interiores a través de la retransmisión por televisión de una actuación de Brian Slade en el programa musical Top of the Pops refleja como la música puede ser la linterna que ilumine el camino de una generación aplastada por la monocorde realidad que les rodea. Un camino que David Bowie señaló con su dedo el 6 de junio de 1972 a través de ese mismo programa mientras cantaba "Starman" y llamaba a toda una generación a una revolución tanto musical como vital.