jueves, 15 de diciembre de 2011

Los amos de la noche

(The Warriors)
USA, 1979. 92m. C.
D.: Walter Hill P.: Lawrence Gordon G.: David Shaber & Walter Hill, basado en la novela de Sol Yurick I.: Michael Beck, James Remar, Dorsey Wright, Brian Tyler

Durante los años 70, en las calles de las urbes norteamericanas se originó lo que se denomina la "crisis urbana", consistente en la huida de las clases medias hacia barrios periféricos de mayor seguridad y aspecto y servicios más limpios y apropiados. El resultado fue que mientras estos barrios crecieron rápidamente, el centro de las grandes ciudades fueron repobladas por ciudadanos de desesperado presente y oscuro futuro. Las cotas de violencia se dispararon, potenciada por los escasos recursos (educativos, médicos, de seguridad) de los barrios más pobres y el fuerte impacto del tráfico de drogas entre los jóvenes. El panorama era devastador: las ciudades se convirtieron en auténticas junglas urbanas y escenarios cotidianos como el transporte o los parques se transformaron en lugares a evitar una vez caído el Sol: durante 1972 se produjeron en los Estados Unidos cuatro millones de robo con intimidación, 145.000 violaciones y 20.000 homicidios. (1)

El cine norteamericano de la década de los 70 se caracterizó por colocar sus pies sobre el asfalto y radiografiar la hundida sociedad americana a ras de suelo. El glamour, la elegancia y la brillantez eran sustituidas por un acercamiento a la sordidez de la realidad cotidiana, a explotar una omnipresente sensación de nihilismo, casi de derrota, que acompaña a los protagonistas de películas como Taxi Driver, Contra el imperio de la droga o La conversación, cuyos esfuerzos parecían condenados al fracaso, atrapados en un agobiante "No Future". El cine de género también se apuntó a esa mirada crítica, ya fuese a través del terror (La matanza de Texas, El exorcista, La noche de los muertos vivientes) o la acción y aventura (Defensa o el film que nos ocupa, Los amos de la noche).

El escenario en el que transcurre Los amos de la noche surge de ese panorama devastador que describíamos al comienzo de este texto. El tortuoso itinerario que la tribu urbana de los Warriors tiene que recorrer desde el Bronx hasta su zona natural en Coney Island nos muestra a la ciudad de Nueva York transmutada en un laberíntico paisaje de ladrillos, hormigón y basura perennemente cubierto por las sombras. Las desiertas calles, en las que la figura del ciudadano ha sido sustituida por los miembros de las bandas y por agentes de policía, son el reflejo de un microcosmos dividido: existen dos ciudades, la diurna -con los niños que juegan en los parques, los trabajadores que acuden al trabajo- y la nocturna. Los amos de la noche se centra en esta última, mostrándonos a los animales nocturnos que la pueblan y le dan vida. La escena en la cual Ajax se acerca a una mujer que está sola sentada en un banco de un parque para intentar ligar con ella y descubre que es un agente encubierto define a la perfección un escenario en guerra: todos, a pesar de las apariencias, son soldados.

Los amos de la noche comienza con un texto explicativo que nos relata los hechos de la batalla de Cunaxa, acaecida en el año 401 a. C., en la cual un grupo de soldados griegos se vieron asolados en medio del imperio Persa, teniendo que recorrer una marcha de más de 1.600 kilómetros hacia la salvación. Un apunte que confiere un enfoque mitológico a los sucesos que se van a narrar a continuación: los miembros de los Warriors son la reencarnación de los héroes legendarios de la antigüedad, embarcados en su odisea particular: varios son los elementos que Los amos de la noche toma prestados del poema épico griego de Homero: la locutora radiofónica a la que nunca vemos el rostro a modo de oráculo, la escena en la que algunos miembros del grupo son hechizados por las sirenas de una banda femenina, uno de los Warriors cegando a uno de sus atacantes con un spray de pintura.

Tras la inolvidable Driver, esta tercera realización de Walter Hill confirma la habilidad del director de La presa para combinar en una misma película, incluso en un mismo plano, fisicidad y abstracción. Los personajes de Los amos de la noche son presentados por su aspecto, por su estética: las pinturas de guerra y los uniformes definen a quienes los llevan (en un momento del film el líder de los Huérfanos demanda a los Warriors que si quieren cruzar su territorio tienen que quitarse sus chalecos: esto es, despojarse de su identidad). La huida de éstos está marcada por su resistencia y fuerza físicas: el torso de Swan, líder de los Warriors, empapado en sudor tras huir de sus enemigos; los enfrentamientos con las bandas rivales, filmadas de manera directa y subrayadas por la utilización puntual de la cámara lenta, que sirve para acentuar el impacto de alguno de los golpes.

Pero esos cuerpos musculosos y apaleados son situados en un escenario que se torna irreal bajo la iluminación de una noche interminable: no es casualidad que la carrera se inicie en un cementerio, añadiendo una atmósfera lúgubre que se extiende al resto del film: la ciudad en sí misma se asemeja a un ente vivo y peligroso, como si las ventanas fueran ojos vigilantes y las puertas las fauces de monstruosos gigantes de ladrillo y cemento. Las transiciones en forma de viñetas con cuadros de texto revelan que en Los amos de la noche late el corazón del mejor cómic de aventuras, a la vez que sirve para proporcionar una coherencia interna al conjunto que rima con ese mencionado tono irreal.

Una mirada abstracta que no se limita al escenario, sino que, como es habitual en el cine del primer Walter Hill, afecta directamente al dibujo de los personajes: como ya sucediera con El luchador y Driver los protagonistas de Los amos de la noche no son tanto caracteres complejos y con aristas como arquetipos: figuras de una pieza cuya presencia en pantalla les define, su psicología se desarrolla antes con sus acciones que con sus palabras (la manera en la que andan, sus miradas, sus silencios). Los amos de la noche exuda un hálito de romanticismo naïf en su acercamiento a unos seres desarraigados, apartados de la sociedad y cuyo único objetivo existencial se basa en una carrera sin fin, una huida perpetua hacia ninguna parte.

En este sentido resulta crucial una escena centrada en el metro: Swan y Mercy están sentados juntos. Enfrente de ellos, como si fueran un reflejo invertido, se colocan dos parejas que vienen de una fiesta: los trajes que visten, de un blanco impoluto, les definen como ciudadanos diurnos. Su presencia, con sus alegría y su jovialidad, acomplejan con su belleza y perfección a Mercy, quien se lleva una mano al pelo, intentando arreglar su alborotada melena. Raudo, Swan le agarra la muñeca, haciendo que baje el brazo. Swan y el resto de los Warriors son conscientes de su condición de criaturas nocturnas sin posibilidad de integrarse en una sociedad a cuya sombra sobreviven noche tras noche. El plano final de Los amos de la noche les retrata caminando por la playa, símbolo de su desértico futuro, alejándose en el horizonte iluminados por los primeros rayos de la mañana, como si el naciente Sol les reconociera como los héroes que han demostrado ser.
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(1) Datos sacados del artículo "American Gothic. Terror en tiempos de crisis (1968-1980)", escrito por Antonio José Navarro para el muy recomendable volumen colectivo American Gothic. El cine de terror USA 1968-1980), coordinado por el propio Navarro.


2 comentarios:

lord_pengallan dijo...

Cuando la vi por primera vez cuando era jovenzuelo, un poco más pequeño que los protas, me gustó mucho. Desde entonces la he visto un par de veces y ya no me brilla tanto porque es simple y modesta pero hay que reconocer que tiene momentos brillantes y un aura mítica que la hace bastante intemporal. Es una especie de poema épico menor. Si no fuese tan ácida y violenta podría ser una peli juvenil de los 80.

Int dijo...

"Los amos de la noche" es un ejemplo de cómo un punto de partida sencillo puede dar como resultado una película compleja a través de la puesta en escena. Sí, la trama de la película es delgada, pero el estilizado trabajo de Walter Hill consigue que la película acabe hablando de más cosas de las que parece.

Por otro lado, su éxito propició todo tipo de imitaciones y sucedáneos (y no sólo en su territorio, como era habitual en la época los italianos fueron los que más partido supieron sacarle al asunto) y es un título clave en la configuración de ese cine juvenil de los 80 en clave de acción: ahí tenemos la simpática "Curso de 1984" de Mark Lester como ejemplo.