lunes, 30 de mayo de 2011

Los crímenes de Oxford

(The Oxford Murders)
España/UK/Francia, 2008. 108m. C.
D.: Álex de la Iglesia P.: Álvaro Agustín, Vérane Frédiani, Gerardo Herrero, Kevin Loader & Franck Ribière G.: Álex de la Iglesia & Jorge Guerricaechevarría, basado en la novela de Guillermo Martínez I.: Elijah Wood, John Hurt, Leonor Watling, Julie Cox

El primer encuentro entre el entusiasta joven estudiante Martin y el arisco veterano profesor Arthur Seldon se traduce en una discusión teórica acerca de la percepción del ser humano acerca de la realidad que le rodea y su capacidad para controlarla y/o analizarla. La postura racional del optimista joven es defender la existencia de un control matemático que equilibra todas las cosas, dándole un sentido a nuestra existencia. Por su parte, Seldon defiende que no todo es explicable y, por tanto, controlable. El ser humano se encuentra solo y está perdido a expensas de un destino que le mira por encima del hombro. Estos dos puntos de vista, que se presentan al principio del film y antes del asesinato que pondrá en marcha la maquinaria del suspense, no sólo sirven para presentar a los dos protagonistas principales del film, sino que vienen a resumir las dos perspectivas bajo las que se mueve la propia película.

El virtuoso plano secuencia que enlaza un cadáver con los diferentes sospechosos del crimen viene a reflejar la teoría de Martin: un hilo invisible que une a una serie de individuos independientes y que forman parte, a pesar de su desconocimiento, de un mismo conjunto. La calculada coreografía de tan complejo movimiento de cámara como sinónimo de una realidad regida por la lógica matemática. Destacada set piece en un conjunto monótono, no es extraño, por tanto, que los mejores momento de Los crímenes de Oxford estén relacionados con la abstracción numérica. Las conversaciones entre Martin y Seldon, llenas de divagaciones y autoindulgentes referencias filosóficas, resultan lo más interesante de una película que mantiene un relativo interés mientras se mueve en el terreno de la teoría (apoyando, de esta manera, la idea de un asesinato inexistente de Seldon).

Pero, como si la película se contagiara de la pesimista percepción de Seldon, en el momento en el que Los crímenes de Oxford desciende de su púlpito discursivo para acercarse a las criaturas humanas que los proclaman, la película demuestra que, efectivamente, el hombre acaba resultando la tuerca oxidada en un trabajado mecanismo de relojería. La escasa entidad de los personajes (que parecen sentirse a gusto en su concepción de predecibles figuras simbólicas) y de las relaciones entre ellos (especialmente, la risible relación entre un Elijah Wood con perpetuo semblante alucinado y una Leonor Watling que parece creer que está rodando la segunda parte de Son de mar) viene a confirmar la escasa base dramática de un film que se quiere mover bajo la sombra de Hitchcock (como evidencia la herrmaniana partitura de Roque Baños) desde la pulcra frialdad de unos apuntes de un esforzado pero desapasionado estudiante.

No ha de extrañarnos, por tanto, que la resolución del acertijo esté muy por debajo de las expectativas planteadas en su enunciación. Es en ese momento cuando echamos la vista atrás y recordamos la brillantez de un plano secuencia cuya perfección sólo ha podido ser alcanzada a través de la impostura digital. Esa desvirtuación de la realidad (un movimiento de cámara sin supuestos cortes) nos sirve de metáfora de una película que, en su intento por sorprender al espectador a través del planteamiento de un intrincado y complejo enigma, en realidad, acaba dándole gato por liebre.

3 comentarios:

Yota dijo...

Me quedé dormido varias veces en el cine, me depertaba mi amiga cuando salían las tetas de la watling. con esto lo digo todo.

Int dijo...

¿Soy el único que, al ver a la Watling junto al tirillas de Wodd pensó que era demasiada mujer para él?

Yota dijo...

Yo lo pienso, pero la envidia me podía XD