sábado, 28 de mayo de 2011

El recuperador

(Repo Man)
USA, 1984. 92m. C.
D.: Alex Cox P.: Peter McCarthy & Jonathan Wacks G.: Alex Cox I.: Harry Dean Stanton, Emilio Estevez, Tracey Walker, Olivia Barash

Cuando conocemos a Otto, el joven protagonista de la ópera prima del inquieto Alex Cox, éste trabaja como reponedor en un grisáceo supermercado. En el momento en el que su jefe le reprende por haber entrado tarde esa mañana, sin pensárselo lo más mínimo, Otto se autodespide, como si estuviera esperando la primera oportunidad para dejar su aburrido puesto de trabajo. A continuación, Otto está bailando alocadamente en la calle en una fiesta de marcado tono punk: todos los participantes portan sus cazadoras de cuero, sus crestas, sus piercings, los pantalones rotos, mientras siguen con sus espasmódicos movimientos la canción "TV Party", del grupo Black Flag. Cuando Otto descubre a su novia enrollándose con su mejor amigo, que acaba de salir de la cárcel, apenas emite más protesta que un resoplido. La imagen del Otto, borracho, andando por las oscuras y desoladoras calles de Los Angeles mientras grita los títulos de populares series de televisión de la década de los 80 define perfectamente el espíritu y el escenario de El recuperador.

Esas mismas calles no sólo suponen el trasfondo en el que se mueven los protagonistas, sino que es partícipe de la acción junto a ellos. Calles sucias, llenas de mendigos y jóvenes descarriados; las tiendas en las que los clientes son sustituídos por atracadores. Un panorama marcadamente nihilista que recoge el (anti)lema del punk: no future. Al llegar a su casa, Otto se entera que sus padres, hipnotizados por la pantalla del televisor, han donado todos sus ahorros a un célebre predicador catódico. La única manera que encuentra de ganarse la vida es convirtiéndose en un recuperador, una persona que se dedica a "recuperar" aquellos coches que han sido dejados de pagar por sus morosos dueños. Un trabajo que le convierte en un ladrón de coches en un oficio que difumina la línea que separa la legalidad de lo delictivo propio de una sociedad tan amoral como decadente.

A tenor de lo dicho podría pensarse en El recuperador como una oscura película de pesimista tono documental. Y así podría ser si no fuera por la escena que abre el film. En una solitaria carretera que surca un paisaje desértico, un coche es detenido por un policía motorizado. El policía exige al conductor que le enseñe lo que lleva en el maletero. Cuando lo abre, un cegador resplandor surge de su interior, desintegrando al oficial, del que sólo quedan unas humeantes botas. El cadáver de un extraterrestre guardado en el maletero de un Chevy Malibú codiciado por todos es el delirante elemento de ciencia-ficción que elimina de un plumazo la atmosfera oscura para llevar a El recuperador al terreno de la psicotronía.

Los títulos de créditos aparecen sobre los gráficos computerizados de una serie de mapas de Los Angeles y sus carreteras. Alex Cox transforma el paisaje angelino en una revista pulp compuesta por microhistorias que remiten a diferentes subgéneros populares: el cine de adolescentes de los 50 (la carrera por el canal); la psicodelia (las disquisiciones patafísicas espaciotemporales de Miller) y la contracultura (la importancia de las drogas); las películas protagonizadas por delicuentes juveniles (el trío de atracadores formado por los amigos de Otto); la ciencia-ficción (el equipo científico que busca al alien) y la new age (el coche convertido en un fosforecente platillo volante). Todo ello enmarcado por un tono de comedia adolescente ochentera que le confiere al conjunto una cohesión interna que compensa la desmadrada falta de coherencia externa. El recuperador supone una tan hedonista como absurda mezcolanza de ideas que supone tanto un ejemplo de cine underground en espíritu y en forma, a la vez que testimonio de una década tan dada a la recuperación postmoderna como al exceso.


2 comentarios:

Yota dijo...

He aquí otra que no conocía. Me la apunto de nuevo. Ya te contaré...

Gracias!

Int dijo...

Repo Man (me encanta la sonoridad del título original) es un caso de película de culto en estado puro (como casi toda la filmografía del inclasificable Alex Cox). Para ver sin prejuicios y con mucho sentido del humor.

Por cierto, sin nada que ver con la reciente Repo Men.