viernes, 20 de mayo de 2011

House. Una casa alucinante

(House)
USA, 1986. 93m. C.
D.: Steve Miner P.: Sean S. Cunningham G.: Ethan Wiley, basado en una idea de Fred Dekker I.: William Katt, George Wendt, Richard Moll, Kay Lenz F.: 1.85:1

House. Una casa alucinante comienza como muchas de las películas inscritas dentro del subgénero casas encantadas: mostrando al auténtico protagonista del film, esto es, la propia casa. La mansión en la que se sucederán los hechos que narra la película dirigida por el especialista Steve Miner es fragmentada en una serie de planos detalles con una peculiaridad: las imágenes están viradas en negativo y de color sepia. Una sencilla manera de advertirnos que las cosas no son lo que parece y que detrás de las apariencias (un imponente y familiar caserón) se esconden terribles secretos. Una idea en la que se ahonda en la escena siguiente. Un chico llega en su moto para entregar el pedido que la anciana Elizabeth ha hecho al supermercado. La luz del día sumada a las elegantes y ordenadas estancias del lugar subrayan la cotidianidad del momento. Cotidianidad que se rompe de golpe con el escalofriante descubrimiento del cadáver de la anciana colgando de una soga.

Poco después, su sobrino, el escritor Roger Cobb, se traslada a la misma casa, que ha recibido en herencia. A lo largo del metraje se reparten unos recurrentes flashbacks en los que Roger recuerda su experiencia en la guerra del Vietnam. Un recuerdo que obsesiona a Roger y que afecta a su propia producción literaria (está intentando escribir un libro de memorias centrado en dicha experiencia) y que se suma a un trauma enlazado con la propia casa (la desaparición de su hijo pequeño mientras estaba jugando en el patio). Cuando el protagonista visita la casa acompañado del encargado de administrarla, este último destaca las surrealistas y retorcidas pinturas que realizaba su anterior y finada ocupante.

Estos dos detalles (los traumas de Roger y el oscuro mundo interior de su tía) convierten a la casa no tanto de un proyector de fantasmas como en un catalizador de los miedos de su inquilinos. Así, el progresivo descenso a la locura de ambos (tanto la exmujer de Roger como sus vecinos tachan a Elizabeth de estar loca; el mismo vecino teme por a estabilidad mental de Roger) aporta un componente subjetivo que hace que, durante buen aparte del film, aparezca una cierta ambigüedad por la cual todo esté en la mente del protagonista, enfrentado a sus propios miedos, amplificados por la casa. Una idea subrayada por el hecho de que, cuando se enfrenta al carcomido espectro de Big Ben, pueda hacerle frente en el momento en el que le planta cara, perdiéndole el miedo, como si fuera consciente de que todo el peligro queda limitado a su propia cabeza.

Esta mencionada ambigüedad se traslada a la propia película, la cual maneja elementos e iconos propios del cine de terror para facturar una comedia. La luminosa fotografía, que huye de las sombras habituales del género, nos informa de que el objetivo del título no es el miedo. House. Una casa alucinante se alinea al lado de propuestas tan populares como Un hombre lobo americano en Londres de John Landis y El regreso de los muertos vivientes de Dan O'Bannon (de hecho, el argumentista Fred Dekker reincidiría en este estilo con la más afortunada El terror llama a su puerta). De esta manera, la película producida por el director de Viernes 13 reviste a los lugares comunes del género con un tono cómico, lo cual no significa que se los tome a risa, intentado, al igual que los títulos mencionados, de lograr una parodia del género a la vez que una muestra del mismo (a lo que ayuda el eficaz trabajo del equipo de efectos especiales, capitaneado por los chicos de Dream Quest Image).

Resulta lógico a tenor de lo dicho que el espejo en el que se refleja House. Una casa alucinante no es en iconos del subgénero como Terror en Amityville o Poltergeist. fenómenos extraños, sino en las películas de Sam Raimi, las cuales también buscan el delicado equilibrio entre el terror y el humor, hasta el punto de adelantarse a algunos hallazgos de Terroríficamente muertos, estrenada al año siguiente: las monstuosas y casi lovecraftianas criaturas que acosan al protagonista; las herramientas del cobertizo atacándole; el pez disecado que vuelve a la vida; o Roger defendiéndose con una escopeta de caza. El resultado es un film irremediablemente simpático pero excesivamente liviano, carente de la atmósfera del film de Landis o del arrojo visual de Raimi.