martes, 26 de enero de 2010

China Girl

(China Girl) USA, 1987. 89m. C.
D.: Abel Ferrara
I.: James Russo, Richard Panebianco, Sari Chang, David Caruso

Con China Girl, escrita por su guionista habitual Nicholas St. John, Abel Ferrara prosigue con el alejamiento del terreno genérico en el que había iniciado su filmografía, el cine de terror de bajo presupuesto, que ya había iniciado en su anterior Ciudad del crimen, pero, al igual que ésta, sin abandonar del todo las señas de identidad de su primera etapa. Esta actualización del eterno "Romeo y Julieta", de Shakespeare, en clave racial permite a Ferrara realizar una mixtura entre el drama propio de la historia y la acción que surge de situar la acción en las conflictivas calles de Nueva York, concretamente en el enfrentamiento entre bandas callejeras de Chinatown y Little Italy.

Este escenario emparenta a China Girl con Malas calles, de Martin Scorsese, tanto en su mirada costumbrista (los puestos de venta en las calles, la procesión católica, la importancia de la gastronomía en el modo de vida de sus habitantes) como en la energía con la que Ferrara pone en imágenes la historia de amor entre un chico italoamericano y una joven china en medio de un fuego cruzado marcado por los intereses de tres generaciones: la del dinero, la de la violencia y la del amor. La primera pertenece a los adultos, quienes quiren mantener un status quo cuyo único objetivo es mantener un equilibrio financiero carente de espíritu (en un momento del film se acusa al capo mafioso de que ni siquiera vive en el barrio); en cambio, los adolescentes con la excusa de una pureza tanto de la sangre como de las tradiciones lo que hacen es intentar dar una justificación a sus impulsos violentos y casi psicopáticos que Ferrara retrata con violentas peleas en oscuros callejones, acercando al film a los esquemas del cine de acción de pandilleros; serán los más jóvenes, la pareja protagonista, la que represente un acercamiento entre los dos bandos a través del amor y que manifiestan, aquí sí, una pureza en sus sentimientos que aportan las escenas más conmovedoras de la película (el baile inicial, a modo de ritual de cortejo en el que la atracción física sustituye cualquier pensamiento xenófobo o la declaración de amor que cada uno hace en el idioma del otro). Incluso, en el desenlace inevitablemente trágico, Ferrara se permite una apunte poético de esperanza: la fuerza del amor puede transformar a las balas en el lazo de unión eterno para dos seres cuyo romance está por encima de las tradiciones, de la sangre e, incluso, de la propia vida.