
(Demonlover) Francia, 2002. 117m. C.
D.: Olivier Assayas
I.: Connie Nielsen, Charles Berling, Chloë Sevigny, Dominique Reymond
La primera imagen de Demonlover nos sitúa en un avión en clase business. Es de noche y la mayoría de los viajeros están durmiendo. Entre los insomnes están Diane y Volf , quienes discuten las condiciones del negocio que tienen en marcha. Las televisiones están encendidas y muestran lo que parece una película de acción: exlosiones, disparos, muertes llenan la pantalla. Pero nadie hace caso de esas imágenes.Olivier Assayas, quien comenzó su carrera como crítico de cine en la mítica revista Cahiers du cinema, no cambió de empleo cuando dio el paso y de criticar los films de los otros pasó a realizar los suyos propios. Sólo cambió el medio. En Demonlover continúa su trabajo como analista cinematográfico y, en este caso, preguntándose acerca de nuestra relación, como espectadores, con las imágenes que, día a día, consumimos. Las imágenes han perdido su carácter narrativo y/o ilustrativo para convertirse en el ruido de fondo de nuestra vida. Nos rodean sin que tengamos capacidad de elección. Los protagonistas del film, ejecutivos de una empresa francesa en negocios con un estudio de animación japonés especializado en contenido erótico para su distribución internacional, trabajan, trafican, con imágenes llenas de sensualidad y anulan su capacidad de excitar a través de la burocracia: reuniones de negocios, faxes, documentos llenos de cláusulas. Son seres sin sentimientos, o que los tienen muy enterrados, moviéndose en entornos gélidos, con la determinación de los autómatas. En este univerno de extrema frialdad, ¿es acaso la saturación el único medio con el que las imágenes pueden seguir captando nuestra atención? ¿O respondiendo directamente a nuestros bajos instintos, a nuestro morbo? La televisión, las cámaras de vídeo, Internet, teléfonos móviles, reproductores de música, DVDs... En el mundo industrializado en el que vivimos, en el que las ofertas visuales se han multiplicado, ¿sigue habiendo sitio para el cine como medio narrativo, comunicativo?
En Demonlover, Assayas busca respuesta a esta última pregunta utilizando a la propia película, su estructura, como representante del cinematógrafo. Y sumerge al film (rodado en celuloide de 35mm.) en un universo subterráneo que, poco a poco, va surgiendo desde la oscuridad de la clandestinidad para finalmente llegar a los ojos de todo el mundo a través de la democratización de los nuevos medios de comunicación (las escenas del Hellfire Club están rodadas con cámaras de vídeo digital). La respuesta que nos ofrece el director de Irma Vep es demoledora: la indefinición genérica del film (del documental ilustrativo al thriller de espionaje industrial, del melodrama psico-sexual al cine de terror) y la progresiva abstracción de sus imágenes son indicios de la incapacidad del cine para comprender, asimilar, un universo en el que conceptos como moralidad o humanidad han sido enterrados bajo el peso del deseo y el poder. El final de Demonlover no puede ser más desolador: el sufrimiento humano se ha convertido en el fondo de pantalla de nuestra existencia cotidiana.












