jueves, 9 de diciembre de 2010

Seis mujeres para el asesino

(Sei donne per l'assassino)
Italia/Francia/Mónaco, 1964. 88m. C.
D.: Mario Bava P.: Alfredo Mirabile & Massimo Patrizi G.: Marcelo Fondato, Giuseppe Barilla & Mario Bava I.: Cameron Mitchell, Eva Bartok, Thomas Reiner, Ariana Gorini F.: 1.85:1

Los títulos de crédito de Seis mujeres para el asesino comienzan con un plano de detalle de las lentejuelas de un traje de alta costura. La cámara se mueve y nos muestra que lo porta un maniquí de figura femenina de intenso color rojo. Los principales intérpretes de la película aparecen en una postura estática, colocados junto a diferentes maniquíes, como si quisieran imitar su estado inanimado mientras son iluminados por una fotografía de diferentes colores dando a todo el conjunto un tono deliberadamente artificioso. Esta secuencia no sólo sirve para anunciar el elaborado esteticismo del que hará gala el film, equiparándolo en protagonismo a los intérpretes humanos, sino que supone la carta de presentación de los estilemas visuales de todo un subgénero.

Recogiendo las ideas apuntadas en su anterior, y excelente, La muchacha que sabía demasiado, Mario Bava diseña con Seis mujeres para el asesino las bases del giallo, tanto en sus componentes literarios como formales: sobre el papel nos encontramos antes un típico piliziesco que utiliza la ya canónica estructura del Diez negritos de Agatha Christie para desarrollar un whodunit que parte del asesinato de una modelo cerca de la institución en la que trabaja, siendo, de golpe, sus compañeras de trabajo así como las personas que les rodean, sospechosos del crimen a la vez que víctimas propiciatorias del asesino. Todo un mcguffin para elaborar un universo que tras su reluciente aspecto (no por casualidad la historia se desarrolla en el mundo de la moda) esconde un turbio mundo lleno de secretos y mentiras, chantajes y traiciones que conforman un enorme armario lleno de esqueletos.

Pero si desde este punto de vista Seis mujeres para el asesino no presenta mucho interés (o, al menos, no aporta nada especialmente original), es la puesta en escena de Mario Bava lo que la convierte en uno de los ejercicios estéticos más fascinantes y arrebatadores de la historia del cine. El protagonismo de los maniquíes en la secuencia de créditos no es un capricho, sino que nos avisa de la importancia que lo inanimado, del escenario en suma, tendrá en el film. Los movimientos de cámara y la fotografía no se limitan a una función narrativa, no se conforman con mostrar la acción, sino que buscan un objetivo expresivo: no sólo muestran, sino que, principalmente, modelan, otorgando a los escenarios en los que transcurren los sucesos y a todo lo que los integran (incluído los actores) un penetrante poder plástico (anotenos a modo de ejemplo los sucesivos travellings de ida y vuelta que siguen los movimientos de las modelos en pleno desfile o el travelling que recorre las estancias vacías de la casa de modelos, únicamente habitada por los maniquíes: es decir, está vacía de vida, pero no de seres).

Seis mujeres para el asesino utiliza los lugares comunes del cine gótico (el falso mobiliario que esconde secretos pasadizos, las catacumbas llenas de telarañas, la figura de la damisela en apuros, las imponentes mansiones inundadas de sombras y lugares donde alguien -o algo- podría esconderse) para dinamitarlos a través de una expresionista paleta de colores compuesta de tonalidades intensas y furiosas, eliminando el componente tenebroso del género para sustituirlo por una atmósfera de marcada irrealidad que no sólo sirve para desarrollar una coherencia interna -es decir, una coherencia fantástica- que dé carta de valided incluso a los pasajes más inverosímiles de la trama, sino que, además, ayuda a intensificar el sentido fantástico del conjunto (todos los asesinatos se producen en escenarios donde hay colocada alguna estatua o maniquí, como si fueran espectadores mudos del horror).

Aunque Seis mujeres para el asesino está lejos de las explosiones sanguinolientas que desarrollará posteriormente el giallo y del exhibicionismo epidérmico (femenino, por supuesto) que lo marcarán, la película de Bava ya incorpora un sustrato fetichista y de intensa sexualidad a través de los asesinatos que se van sucediendo (el abrigo y los guantes de cuero negro que viste el asesino, además de su sombrero) y que ya presenta el ligero componente misógino del género: todas las víctimas del asesino son guapas mujeres a las cuales su verdugo desfigurará por los procedimientos más sádicos y brutales como si quisiera eliminar -anular- su belleza (a una le clava una garra medieval en la cara, a otra le quema el rostro). Y si remarco lo de "ligero" es porque Seis mujeres para el asesino carece de más ideología que la de la fuerza de sus imágenes, principio y final de todo su sentido: en suma, cine en estado químicamente puro.