domingo, 5 de diciembre de 2010

Escalofrío

(Escalofrío)
España, 1977. 82m. C.
D.: Carlos Puerto P.: Alfredo Casado & Juan Piquer Simón G.: Carlos Puerto I.: Ángel Aranda, Sandra Alberti, Jose María Guillén, Mariana Karr F.: 1.66:1

Como si estuviéramos asistiendo a una versión setentera del delirante Cuarto Milenio, Escalofrío comienza con una introducción no menos delirante a cargo del especialista en ocultismo Jiménez del Oso quien empieza con un discurso de raíz teológica acerca de la verdadera existencia del Mal (con mayúsculas) para, a continuación, derivar acerca de la existencia de cultos satánicos en la actualidad, formado por adoradores del Diablo aficionados al nudismo teniendo en cuenta las fotografías utilizadas para ilustrar el discurso. Para servir de ejemplo a sus palabras, a renglón seguido se nos muestra una escenificación de un ritual satánico en el que una joven es atada a un altar sacrificial para ser violada por el líder del grupo quien, finalmente, la apuñala.

Una escena que, tal y como se nos muestra, parece ser una versión hardcore de la pesadilla que sufría Rosemary en La semilla del diablo en la que hacía el amor con el mismo Satanás, sólo que en esta ocasión, el sumo sacerdote está más interesado en el aspecto carnal del ritual que en ofrecer un sacrificio a su oscuro señor. Esta referencia al clásico de Roman Polanski se subraya cuando conocemos a la pareja protagonista, un joven matrimonio, ella en los primeros meses de embarazo, que, aburridos, deciden salir de su casa a dar un paseo. En el pasillo, se encontrarán con sus vecinos, un matrimonio de ancianos que, a su paso, les mirarán de manera más que sospechosa, como si ocultaran los mismos planes que los vecinos satanistas que tenían Rosemary y su marido.

Si uno de los factores que convertía a La semilla del diablo en uno de los mejores ejemplos de cine de terror satánico era la ambigüedad con la que se rodeaba el embarazo de Rosemary y la posibilidad (o no) de que fuera el objetivo de un grupo de adoradores del Diablo , Escalofrío adapta esa misma ambigüedad a los parámetros del cine S español que hizo furor en los años 70: cuando los protagonistas se encuentran con otra pareja que les invita a su casa, un caserón aislado en medio de la nada, no sabemos muy bien si su pretensión es utilizarles para sus rituales diabólicos o si su auténtica intención es convencerles para participar en un intercambio de parejas. El hecho de que, una vez en la casa, Ana, la joven embarazada, consulte un libro sobre satanismo ilustrado por imágenes de desnudos y que la posterior sesión de espiritismo con una ouija se centre en el pasado sentimental de los protagonistas, iniciando un conflicto entre ellos, no aclara las cosas.

Ante esto, no nos ha de extrañar que todas las escenas de tono más o menos terrorífico que se desarrollarán posteriormente tengan unas consecuencias más sexuales que escalofriantes: así, cuando Ana se despierta en medio de la noche al oir unos extraños ruidos y se dirige a la cocina para investigar, es asaltada por uno de los criados que intentará violarla. Posteriormente, cuando van a pedir explicaciones a sus anfitriones les encuentran en medio de un ritual erótico en el que se verán involucrados, formando un lascivo ménage à quatre sobre el dibujo de un pentagrama que se diría una variación sexploitation del final de La novia del diablo, el clásico de la Hammer dirigido por Terence Fisher.

Pero si durante su primera mitad esta mezcla descarada de sexo y terror convierte a Escalofrío en un film más o menos divertido, en su recta final degenera en un amorfo popurrí (sub)genérico mezclando una investigación criminal, la clásica historia de fantasmas, zombis y hasta muñecos asesinos con resultados no tan divertidos como podría sonar. Al menos, Escalofrío termina con un giro final que ayuda a cerrar la película con cierta coherencia: resulta tan absurdo como el resto del film.