miércoles, 8 de septiembre de 2010

La mosca

(The Fly)
USA, 1986. 96m. C.
D.: David Cronenberg P.: Stuart Cornfeld G.: Charles Edward Pogue & David Cronenberg, basado en el relato de George Langelaan I.: Jeff Goldblum, Geena Davis, John Getz, Joy Boushel F.: 1.85:1


"¡No puedes superar el miedo

enfermizo por la carne!"
Seth Brundle

Podemos considerar a
La mosca como el capítulo final del Antiguo Testamento de la religión de la Nueva Carne. Si, como hemos visto hasta ahora, el cine de la primera etapa de David Cronenberg se desarrolla dentro de los márgenes del cine fantástico, utilizando sus lugares comunes para incubar en su interior las formas y las ideas del mundo interior del director canadiense, un mundo que se manifestó en todo su esplendor en Videodrome, La mosca corrige y amplía los logros de La zona muerta. Como si fuera en sí misma un virus, la Nueva Carne, una vez concebida, nacida y crecida dentro de las seguras y cálidas paredes del cine de terror de bajo presupuesto canadiense, ahora, fortalecida, parece estar dispuesta a contagiar al cine de género internacional en su vertiente más comercial (recordemos que nos encontramos ante un nuevo encargo en terreno estadounidense que vuelve a basarse en un material ajeno, además, en dos sentidos: La mosca es tanto un remake de la película dirigida por Kurt Neumann e interpretada por Vincent Price en 1958 como una nueva adaptación del relato original de George Langelaan).

Viendo La mosca asistimos al proceso más minucioso y detallado de la capacidad de la Nueva Carne para infectar a sus objetivos. Lo más interesante es que asistimos a dos metamorfosis que se desarrollan de manera paralela: la de su protagonista, Seth Brundle, y la de la propia película. Durante su primera media hora, La mosca adopta las formas de una comedia romántica, utilizando los lugares comunes del popular género en su registro más ochentero: el científico excéntrico y solitario (el propio Seth reconocerá que no tiene vida privada) que conoce en una fiesta a una hermosa mujer (quien, además, es periodista) y con quien iniciará una aventura romántica, despertando los celos del anterior novio de ella (que resulta ser su jefe). Durante este tramo, el film transcurre con cierta ligereza, sin parecer querer profundizar demasiado en los acontecimientos que narran (tanto los experimentos de Seth como el comienzo de su relación con Veronica se resumen en un par de escenas), un medio para relajar al espectador, que se siente seguro y tranquilo ante dicha ligereza.

Seth llegará a describir el proceso de teletransporte como un filtro que elimina las impurezas. Como si la película fuese filtrada por ese colador de plasma, los elementos más románticos y melodramáticos desaparecen para mostrar la fuerza que impulsa esa relación. Si en un principio Veronica se siente atraída por la actitud tímida de Seth, la escena en la que este demuestra sus impresionantes habilidades gimnásticas le despierta al poderío físico del que hace gala Seth (atención al detalle del cambio de vestimenta: si hasta ese momento, Seth ha aparecido siempre con el mismo traje, a partir de su transformación aparecerá o bien desnudo o con ropa más formal y descuidada). La mosca acaba comprimiendo la historia de amor de los potagonistas a una serie de escenas de contenido sexual tan excesivo como enfermizo (en un momento, Veronica, agotada, se queja de que llevan horas "haciéndolo"), mostrando en primer plano aquello que, por lo general, queda fuera de plano en el género rosa: lo físico sustituye a los sentimientos.

Decíamos al principio de esta reseña que nos encontrábamos ante el más exhautivo proceso de transformación en el cine de Cronenberg, también será el más doloroso y completo. Aunque ante los primeron síntomas de su metamorfosis, Seth llegará a definir a la "enfermedad" como un "extraño tipo de cáncer", poco a poco acabará asimilando las auténticas intenciones de esta: no consumirle ni hacerle desaparecer, sino transformarle en un nuevo ser nunca visto antes: el proceso degenerativo de la existencia no como un fin, sino como un medio. A la vez que el cuerpo se va deformando (la piel se llena de impurezas y acabará cuarteándose, los dientes se le caen, pierde las uñas), la mente intentará adaptarse a la nueva forma en la que convive. La creación de la identidad "Brundle-Fly" amplía la perspectiva metafísica de La mosca. El discurso de la política de los insectos convierte a Brundle-Fly en el primer miembro teórico de la galería de la Nueva Carne.

Pero si Seth, en su proceso de cambio, no dejará de ser ni una cosa (hombre) ni otra (mosca), sino que unirá ambas entidades en la forma de Brundle-Fly, con la película ocurre lo mismo y fusiona a nivel genético y molecular los géneros que intentan coexistir en ella, dando lugar a uno nuevo e inédito que podríamos llamar el "romanticismo cárnico". Es ese elemento romántico, que subsiste por debajo de las llagas y las pústulas, el que convierte a La mosca en la película más intensa de Cronenberg. Una intensidad que explota en el climax final, el cual, gracias a la poderosa partitura de Howard Shore, alcanza unas cotas casi operísticas, con el triángulo amoroso resolviéndose en una trágica combinación de pasión, miedo, humo, miembros licuados, carne y metal.

2 comentarios:

el cautivo dijo...

yo no he seguido mucho la trayectoria de Cronenberg y no sabía que esta película era parte de una mitología que englba todas sus carreras.
A mi me gusta especialmente el film por la manera que evoluciona de los parámetros de ciencia ficción, a película de terror. Ver al protagonista adquirir tremendas habilidades en compensación que se fuese desmembrando su cuerpo son lo mejores momentos de la película

Int dijo...

No sé hasta qué punto es deliberado el desarrollo de esa mitología. Lo que sí tengo claro es que Cronenberg es un director (y una persona) con una visión muy personal y coherente de la vida y esa personalidad y coherencia las transmite a todas sus películas de manera natural (de ahí que nunca sea forzado), ya sea en las más personales como en las aparentemente más alejadas de su universo.