jueves, 4 de marzo de 2010

Celda 211

(Celda 211) España/Framcia, 2009. 110m. C.
D.: Daniel Monzón
I.: Luís Tosar, Alberto Ammann, Antonio Resines, Carlos Bardem

Resulta altamente gratificante que una película como Celda 211, que apuesta frontalmente y con honestidad por el cine de género de vocación comercial, haya alcanzado un reconocimiento tan clamoroso tanto de crítica como de público. Una recompensa para su director, Daniel Monzón, quien a dedicado toda su carrera, y no sólo como director, sino extensible a su etapa como crítico cinematográfico, a defender la necesidad de desarrollar un cine comercial que no esté reñido con la inteligencia o, incluso, con la densidad. Cuando la ópera prima de Álex de la Iglesia, Acción mutante, fue recibida con especial saña por la prensa especializada, Monzón no dudó en calificarla como "un milagro" en las páginas de la revista Fotogramas. Coherentemente, su primera película como director, tras foguearse como guionistas en films como Desvío al paraíso, también inscrito en el género fantástico (de terror, en este caso), El corazón del guerrero, era una irregular pero prometedora continuación del modelo "de la Iglesia". Celda 211 supone la culminación de esta carrera.

En el panorama del cine español, en el que se valora ante todo el guión, dejando de lado cuestiones como la puesta en escena o la planificación (es decir, las bases de la narración cinematográfica), es inevitable que destaque un film como Celda 211. Siguiendo el libro de estilo de John Carpenter, uno de sus ídolos, nos sitúa en un espacio único, cerrado (una prisión) y dentro de una experiencia límite (un motín, un funcionario novato infiltrado entre los presos) para desarrollar un tour de force que convierte a la prisión en un angosto y claustrofóbico espacio en el que la desesperación de los presos por una vida sin futuro choca con los recuerdos del protagonista de una vida cuya continuidad está en peligro, creando un ambiente tenso que parece chocar en las paredes que les rodea, les confina.

Celda 211 es un film humanista. La relación de amistad entre Malamadre (portentoso Luís Tosar) y Calzones (convincente Alberto Ammann) rompe esquemas maniqueístas, demostrando que un hijo de puta también puede tener sus sentimientos. De igual manera, el agente Utrilla no duda en utilizar la violencia como si fuera uno más de los delincuentes. Todo un microcosmos que coloca al ser humano en un territorio hostil en el que hará lo que pueda para sobrevivir. Es por ello, que el film hace gala de una violencia tan gráfica como directa, siendo la manifestación tanto de la ira como de la desesperación de uno seres humanos para quienes el futuro no deja de ser un espejismo, un sueño producto de una existencia de pesadilla.