domingo, 21 de marzo de 2010

The Boy From Hell


(Jigoku kozô) Japón, 2004. 50m. C.
D.:
Mari Asato
I.:
Mirai Yamamoto, Mitsuru Akaboshi, Baku Numata, Hanae Shôji

The Boy From Hell pertenece a una serie formada por seis episodios englobados bajo el título Theater of Horror y que adaptan sendas obras del mangaka Hideshi Hino (las otras cinco entregas serían: Dead Girl Walking, Lizard Baby, The Ravaged House, The Doll Cemetery y Death Train). El propio Hino oficializa de maestro de ceremonias al comienzo de cada entrega, al más puro estilo del Guardián de la Cripta de Historias de la Cripta. En este prólogo, el autor de Panorama infernal deja bien clara su perturbadora visión de la existencia. Para Hino, el mundo en el que vivimos es un catálogo contínuo de atrocidades. Autor especialmente enfermizo y perturbador, obsesionado por el infierno, los contínuos apuntes autobiográficos de su obra no hacen sino potenciar el profundo malestar que sus historias producen en el lector, todo ello visualizado con un estilo grotesco y retorcido.

The Boy From Hell pretenden trasladar esa atmósfera turbadora a través de la historia de una madre que pierde a su hijo pequeño en un accidente de coche (que parece una versión ultragore de La mano, de Oliver Stone). Trastornada por la angustia de la pérdida, la madre llegará a acudir a prácticas esotéricas para conseguir tener de regreso a su hijo. Por tanto The Boy From Hell parte del popular relato de J.J. Jacobs La pata de mono (el deseo de la vuelta a la vida de un familiar muerto es cumplido, con siniestros resultados) para convertirse en una mezcla entre Estoy vivo (el hijo, convertido en una horripilante criatura muy parecida al bebé asesino de Larry Cohen, se dedicará a atacar a cualquier persona que se cruce en su camino para saciar su hambre de carne humana) y Cabeza borradora (el niño deforme como representación de la perturbada psique de su madre).

The Boy From Hell intenta reproducir la turbadora y enfermiza atmósfera de la obra de Hino pero sólo lo consigue en momentos muy puntuales. El film hace gala de unos paupérrimos valores de producción y es precisamente en la explotación de estas carencias cuando se consiguen los mejores momentos (la escena del accidente, en el que el descarado y cutre efecto croma dota de un tono de extrañamiento a toda la escena, punteada por la plano del niño decapitado buscando su cabeza). Desgraciadamente, The Boy From Hell acaba siendo excesivamente convencional y se hunde en esas carencias (toda la trama de la investigación policíaca o los desafortunados toque de humor) o en equivocados elementos estéticos (la utilización de los dibujos originales de Hino, interesante idea pero de risibles resultados). Si se hubiera apostado por la creación de una atmósfera de pesadilla, por un tono más abstracto, posiblemente hubiera funcionado. De esta manera, The Boy From Hell se queda en un puñado de conseguidas escenas (el ritual en el cementerio, el paseo en silla de ruedas, la fiesta de cumpleaños) que no consiguen remontar la pobreza general del film.