miércoles, 15 de febrero de 2012

El hombre que cayó a la Tierra

(The Man Who Fell to Earth)
UK, 1976. 139m. C.
D.: Nicolas Roeg P.: Michael Deeley & Barry Spikings G.: Paul Mayersberg, basado en la novela de Walter Tevis I.: David Bowie, Rip Torn, Candy Clark, Buck Henry

I'm an alligator,
I'm a mama-papa coming for you,
I'm the space invader,
I'll be a rock'n'rollin' bitch for you
"Moonage Daydream" David Bowie, 1972

Starman
En el algo amarillista pero divertido Bowie. Amando al extraterrestre, el prestigioso periodista musical Christopher Sandford relata minuciosamente el interés, rayando con la obsesión, de David Bowie por los temas ufológicos, no sólo en lo que respecta al avistamiento de OVNIs, sino que llegando a convencerse de haber contactado con seres de otro planeta e, incluso, fantaseando con la posibilidad de que él mismo sea uno de ellos (una idea que Todd Haynes planteó en la brillante Velvet Goldmine). No resulta extraño que, a raíz de esto, algunos de los logros más importantes de la carrera de Bowie delimiten con la ciencia-ficción.

Tras infructuosos años de singles perdidos en las colas de las listas de éxitos y diversas y frustradas formaciones musicales, Bowie conseguiría su primer éxito con "Space Oddity", sencillo publicado en 1969 y nacido a la sombra del 2001. Una odisea del espacio de Stanley Kubrick en el que nos narraba la desventura del Comandante Tom quien acababa sucumbiendo ante la aplastante tristeza de la soledad espacial. Años después, Bowie se convertiría en un hito de la historia de la música moderna con la creación de Ziggy Stardust, un mesiánico extraterrestre de sexualidad ambigua que llegaba a la Tierra para avisarnos de que faltaban sólo cinco años para el Apocalipsis, pero que acababa arrastrado en una espiral de sexo, drogas y glam-rock.

No ha de resultar extraño, pues, que para su primer papel protagonista en el cine Bowie eligiera el rol de Thomas Jerome Newton, un alienígena que aterriza en nuestro planeta buscando recursos energéticos para salvar su mundo al borde de la extinción, en la adaptación de la excelente novela de Water Tevis dirigida por Nicolas Roeg. La presencia de David Bowie sirve, sin duda, para multiplicar las lecturas del film. El hecho de que el chófer de Newton sea interpretado por Tony Mascia, quien era el chófer del propio Bowie en aquella época, erosiona el componente de ficción de la película para acercarla a los terrenos del cinéma vérité: la imagen de Newton sentado en la parte de atrás de su limusina, con su traje negro y su sombrero de igual color nos trae a la memoria las escalofriantes imágenes de Cracked Actor, el mítico documental filmado por Alan Yentob para la BBC en el que se mostraba a un Bowie cadavérico y desquiciado, al borde del colapso mental producto de la adicción a la cocaína. La escena en la cual Mary-Lou le dice a Newton que está demasiado delgado no deja lugar a dudas a este respecto.

Por tanto, más allá, incluso por encima, de su envoltorio de (ciencia) ficción, El hombre que cayó a la Tierra se sitúa en el centro de la carrera de Bowie (es decir, lo que en su momento era su presente) para, a partir de ahí, extender sus tentáculos hacia el pasado (el título es parecido al de "The Man Who Sold the World", canción incluida en el álbum de mismo nombre publicado en 1971; el concepto argumental de The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders From Mars) y hacia el futuro (las portadas de los álbumes Station to Station y Low, realizadas utilizando fotogramas del film de Roeg). De hecho, cuando el doctor Nathan Bryce, un antiguo empleado de Newton, le confiesa que no le ha gustado el disco que éste ha sacado, a lo cual Newton responde que no está compuesto para él, parece que David Bowie está avisando a sus fans del carácter experimental del período compuesto por el conocido como "el tríptico de Berlín" iniciado por el señalado Low, y seguido por "Heroes" y Lodger.

Loving the Alien
Si, para definir con una palabra, dijéramos que El hombre que cayó a la Tierra es una película alienígena, podría pensarse que nos estamos refiriendo a su argumento o, incluso, a la alucinada composición de Bowie. Lo cual, no sería erróneo, pero sí inexacto. O, mejor dicho, limitado. Porque, en consonancia con su fondo -esto es, con lo que cuenta-, El hombre que cayó a la Tierra luce unas formas inequívocamente alienígenas, como si un extraterrestre hubiera leído la novela de Tevis y hubiese decidido realizar una adaptación personal.

De ahí que Roeg decida identificarse con el punto de vista de su inmigrante ilegal interestelar, tiñendo las imágenes del profundo sentimiento melancólico de un ser perdido en un huracán hedonista, atrapado en un mundo que no conoce y compartiendo su existencia con unas criaturas que no comprende, mientras la llama de la vida de su familia se apaga poco a poco. Lo más sorprendente de El hombre que cayó a la Tierra viene dado por la manera con la que Roeg minimiza los elementos de ciencia-ficción de la trama para potenciar el extrañamiento inherente a las escenas más cotidianas. El semblante pálido e hierático de Newton; las rígidas muecas con las que intenta dotar de un mínimo de expresividad humana a la máscara que supone su rostro; la imagen de éste sentado delante de una pared llena de televisores mientras absorbe la información de los diferentes canales a la vez que vacía una botella tras otra de ginebra resultan más inquietantes que el propio aspecto del protagonista una vez despojado de su disfraz humano.

Roeg se aleja del componente alegórico de la novela original -en la cual, al estilo de Ultimátum a la Tierra, Newton avisa a Bryce de que la raza humana se encamina hacia su extinción si no se detiene el avance en el desarrollo de armamento nuclear- para desarrollar un tono satírico que radiografía el lado más oscuro del ser humano, filtrado por la tristeza de una mirada extranjera: Mary-Lou,a pesar de sus cuidados, será quien incite a Newton a beber; las gruesas lentes de las gafas de Farnsworth reflejan la ceguera que sufre por el dinero y el poder, sin percatarse de los problemas de su jefe; al principio, Bryce se nos presenta como el profesor de ciencias de una universidad hastiado de su profesión y de su vida y que se aprovecha de su situación para acostarse con sus alumnas.

La última imagen de El hombre que cayó a la Tierra nos muestra a Newton, en medio del encuadre, solo y con la cabeza agachada oculta tras un sombrero, como la patética imagen de un ser excepcional que vino a la Tierra para salvar a su familia para, finalmente, conformarse con enviarles un nihilista mensaje a modo de codificado epitafio condenado a verse relegado a la cesta de los saldos de las tiendas de música, mientras él ahoga sus últimas esperanzas en un vaso de alcohol detrás de otro, definitivamente convertido en uno más de este extraño planeta.

Art Decade
En uno de los momentos más surrealistas de El hombre que cayó a la Tierra, la limusina en la que viaja Newton rasga el velo espacio-temporal para saltar, de manera intermitente, entre su presente y el pasado colonial de la tierra por la que viaja. Es un momento aislado, que no se volverá a repetir ni tendrá mayor repercusión, pero que ejemplifica de manera perfecta la vigorosa heterodoxia narrativa de Nicolas Roeg, quien concibe la película como un juego de espejos tanto a nivel interno como externo, hasta que los reflejos acaban fusionándose.

De igual manera que los desolados paisajes del planeta de Newton tienen su réplica en los escenarios desérticos, en el corazón de la América profunda, en los que se refugiará Newton, la propia película hace juegos malabares con los elementos genéricos que maneja, abrazando tanto su coyunturalidad como dinamitándola. Los gélidos encuadres en scope de la fotografía, que congelan todos los elementos que atrapan en su interior, sumado al ritmo lento nos remiten a las muestras de ciencia-ficción más intelectuales y severas de los 70. Una seriedad contrapunteada, y eliminada, por los psicodélicos flashes que nos muestra a Newton formando su traje humano. Los numerosos desnudos, junto con las gráficas escenas sexuales, conectan con el erotismo softcore de corte europeo de los 70 en su vertiente más decadentista (los juegos de Newton y Mary-Lou con una pistola; la imagen del primero removiendo su bebida con el cañón del arma), mientras que los temas musicales y los efectos de sonido convierten a El hombre que cayó a la Tierra en una ópera-rock en prosa.

De esta manera, a caballo entre el arte y ensayo europeo y el cine arty, tan inglesa en su corazón como libre en sus formas, paseando por la fina línea que separa el aburrimiento de lo hipnótico, lo pedante de lo naturalista, tan inequívocamente hija de su época a la vez que extrañamente atemporal, posiblemente El hombre que cayó a la Tierra sea la película de ciencia-ficción más fascinante que haya caído en nuestras pantallas.