viernes, 17 de febrero de 2012

El eclipse

(L'eclisse)
Italia/Francia, 1962. 126m. BN
D.: Michelangelo Antonioni P.: Raymond Hakim & Robert Hakim G.: Michelangelo Antonioni & Tonino Guerra, con la colaboración de Elio Bartolini & Ottiero Ottieri I.: Alain Delon, Monica Vitti, Francisco Rabal, Lilla Brignone
El eclipse comienza con una reconstrucción de la escena que cerraba la inmediatamente anterior La noche. Si en la película protagonizada por Marcello Mastroianni y Jeanne Moreau, el matrimonio formado por Giovanni Pontano y Lidia llegaban a la conclusión, tras una accidentada noche, de que su relación carecía de sentido, con la película que nos ocupa, considerada la última entrega de la conocida como la trilogía de la incomunicación, nos encontramos con una situación análoga: tras una noche de discusión, asistimos al final de la pareja que hasta hace poco formaban Riccardo y Vittoria. Esta idea plantea un punto de conexión entre los tres films que componen la comentada trilogía -además de los mencionados, señalemos la inaugural La aventura-: la presencia recurrente de Monica Vitti nos lleva a pensar en la radiografía de la desintegración de un universo emocional a través del ejemplo personal de tres parejas distintas pero intercambiables.

El estatismo y el silencio son las pautas que marcan la ruptura entre Vittoria y Riccardo. Como si fueran autómatas de movimientos limitados y prefijados, ambos se mueven de manera lánguida a través del salón de la casa del segundo, parándose al lado de los muebles como si compartieran su ausencia de vitalidad; el silencio se impone porque no hay nada que decir y las únicas palabras que se pronuncian sólo comunican el vacío, como si su único sentido fuese el mero sonido. Estamos ante una pareja que han dejado de quererse porque, de repente, ya no le encuentran ningún sentido. No se trata de que se haya acabado el amor o que ya no se soporten el uno al otro, sino que Vittoria, simpleme pero hóndamente, está demasiado cansada de todo.

Cuando Vittoria sale al exterior nos encontramos con un paraje más cercano a un desolado yermo que a una ciudad: a la sombra de gigantescas y gélidas estructuras modernistas, Vittoria deambula mecánicamente. Da la impresión de que mientras terminaba su relación con Riccardo se ha desatado un apocalipsis en el exterior que ha arrasado anímicamente con la población. Los escasos supervivientes -Vittoria, Riccardo y algunas personas que se encuentran por el camino- caminan como muertos vivientes, siempre moviéndose porque, quizás, si se detienen ya no tengan fuerza para reanudar el camino.

La siguiente escena supone la antítesis de lo visto en esos primeros minutos: la calma y el silencio son rotos por los frenéticos movimientos y los gritos de un grupo de inversores trabajando en la bolsa. Toda la fuerza y la pasión que no encontramos en las relaciones sentimentales que nos muestra El eclipse se han concentrado en este territorio hostilmente económico. Ese elemento invisible, abstracto e indescriptible que es el sentimiento amoroso se ha transmutado en una concepción del dinero igualmente intangible. Cuando Vittoria le pregunta a Piero, el asesor financiero de su madre, a donde va el dinero que se pierde en la bolsa, éste no sabe responderla. Como si fuera una nueva religión, la bolsa supone un acto de fe: las escalofriantes imágenes que nos muestran a un grupo de gente -financieros, economista, accionistas- pendientes de los cambios en el enorme panel que tienen ante sí nos revelan las formas del nuevo credo capitalista.

El eclipse nos muestra el itinerario que sigue Vittoria a partir del instante en que abre los ojos a una nueva percepción de la existencia motivada por la ruptura sentimental al inicio del metraje (momento escenificado a través de la imagen metafórica de Vittoria descorriendo las cortinas de la casa de Riccardo) y a sus infructuosos intentos para escapar de esa nueva realidad en la que ha quedado atrapada: monta una improvisada reunión nocturna con dos de sus vecinas, una de ellas proveniente de Kenia, imaginándose las maravillas del exótico continente africano, pero, al salir a la calle, el ululante y metálico sonido de unos gigantescos postes mecidos por el viento le despertarán de su sueño para avisarle que está siendo permanentemente vigilada y que todo intento de escapar será fútil.

De esta manera, la relación que se establece entre Vittoria y Piero parece estar condenada al fracaso, a pesar de que sólo asistimos a sus inicios. Los paseos por solitarias calles y por abandonados parques, caminando al lado de edificios en construcción; los encuentros y desencuentros entre los dos, los juegos infantiles y la entrega apasionada, el rechazo y el deseo dan forma al trascendente interrogante que plantea El eclipse: ¿sigue teniendo sentido en la era de la modernidad las relaciones humanas? ¿Sigue siendo el sentimiento amoroso el motor de nuestra existencia? A lo que, a un nivel metalingüístico, nos llevaría a preguntarnos si se pueden seguir realizando películas "de amor".

A todas estas cuestiones El eclipse da una rotunda respuesta en sus justamente míticos últimos siete minutos, los cuales conforman el que posiblemente sea uno de los finales más subyugantes y escalofriantes de la historia del cine. La cámara de Antonioni se aleja de sus personajes, olvidándose de ellos, para recorrer los escenarios que hasta hace poco recorrían éstos. Ahora están vacíos, o bien son recorridos por personas anónimas como, en el fondo, lo son sus dos protagonistas. Los planos detalle de las hojas de los árboles mecidas por el viento, las afiladas esquinas de los edificios, el agua que se escapa de un barril, la estela que deja un avión al surcar el firmamento. Los ciudadanos se mueven como seres artificiales programados para encajar en el marco de un paisaje futurista.

El eclipse invierte sus últimos minutos en mostrarnos al auténtico protagonista tanto de la película como de la trilogía en su conjunto: es en ese momento cuando nos viene a la memoria el punto de partida de La aventura, la desaparición de un cuerpo, una identidad que se desvanece. El sol se pone y el cielo se oscurece. Las farolas se encienden y la intensidad de su luz llenando toda la pantalla nos deslumbra mientras aparece la palabra "FINE". Ya no hay más que ver ni nada más que contar. Todos han desaparecido. Ahí ya no queda nada. Sólo el vacío y su ausencia de significado.