sábado, 11 de febrero de 2012

La noche

(La notte)
Italia/Francia, 1961. 115m. BN
D.: Michelangelo Antonioni P.: Emanuele Cassuto G.: Michelangelo Antonioni, Ennio Flaiano & Tonino Guerra I.: Marcello Mastroianni, Jeanne Moreau, Monica Vitti, Bernhard Wicki

Mientras regresan a casa tras visitar a un amigo enfermo en el hospital, Giovanni Pontano, un reputado escritor que acaba de publicar su último libro, le confiesa a su mujer, Lidia, que mientras ella le esperaba fuera, sufrió una agresión por parte de una paciente, arrastrándole a su habitación entre abrazos, caricias y besos hasta acabar los dos en la cama de ella, totalmente desnuda. Lidia parece indiferente ante el relato del conato de infidelidad de su marido, pues éste acabó sucumbiendo ante las atenciones de la joven, y le contesta que podría utilizar esa anécdota para escribir un cuento titulado "Los vivos y los muertos". Minutos antes, el amigo convaleciente, aquejado de una enfermedad terminal, les informa que, consciente de que está ante las puertas de la muerte, ha alcanzado una nueva lucidez. El recuerdo de este comentario nos aclara las implicaciones del nombre que Lidia se ha inventado para la historia de su marido: es decir, quienes son los vivos y quienes los muertos.

No es una casualidad que esta conversación tenga lugar en el interior de un coche, detenido por un monumental atasco que llena la atmósfera de pitidos, bocinazos y lamentos. Una representación de los avances del ciudadano moderno (la tecnología que hace posible los vehículos de motor, los cuales marcan con su velocidad el ritmo de la gran ciudad) que aprisiona a los protagonistas en unas jaulas tan lujosas como invisibles. Más tarde, los dos asistirán a la presentación del libro de Giovanni en un local atestado de personas, en su mayoría intelectuales y miembros de la élite cultural, los cuales, igualmente, representan la mirada ilustrada e irónica de ese mismo ciudadano. Lidia, quien ha hecho un esfuerzo al acompañar a su esposo, apenas será capaz de soportar estar sumergida -de nuevo, atrapada- en ese bullicio.

La noche, segunda entrega del conocido como "el cine de la incomunicación" de Michelangelo Antonioni tras la revolucionaria y controvertida La aventura, recupera la idea de aquella para ofrecernos una mirada al otro lado del espejo, a esa elipsis que marcaba el misterio que suponía el arranque de la acción. Si en el extraordinario film protagonizado por Monica Vitti la desapa-rición de un representante de la alta sociedad servía para abrir los ojos hacia una nueva percepción de la existencia a sus seres más cercanos, aquí observamos el proceso por el cual Lidia se pierde entre los pliegues de una realidad fracturada que ha dejado de tener sentido para ella.

Como si se hubiera contagiado de esa mirada lúcida del hombre moribundo (y que compartía también la enferma que "agredió" a Giovanni), Lidia recorrerá sola las calles de Milán, alejándose paulatinamente de las zonas urbanas para penetrar en unos territorios a los que el paso del tiempo ha convertido en formas abstractas encerradas en la memoria. Los gigantescos edificios que flanquean las calles dan paso a las ruinas del pasado y las calles adoquinadas desaparecen a favor de la tierra y la vegetación, un escenario agreste y primario (los chicos que se despojan de las camisas para pelear entre ellos) que contrasta con la frialdad de las comodidades de su hogar (la vitalidad de la que hace gala Lidia -intentando parar la pelea, sonriendo al encontrar a dos individuos que se ríen por la calle, maravillándose con los cohetes que un grupo de personas está lanzando al aire- se contrapone al hastío que luce su marido de vuelta al hogar, quien acaba tumbándose en un sofá donde se queda dormido, como si las cuatro paredes en las que vive antes que cobijarle le aplastaran). Antonioni coloca a sus personajes al lado de enormes construcciones para mostrarnos como son empequeñecidos por éstas: la utilización de picados y contrapicados sirven para anclarles al suelo que pisan y rodearles de esos ciclópeos seres de cemento y ladrillo que les vigilan y les aprisiona.

El resto del metraje transcurrirá en un único espacio de tiempo y un escenario concreto: Giovanni y Lidia acuden a una fiesta de la alta sociedad que durará toda la noche tras haber hecho una parada en un cabaret en el que la apatía que el primero muestra ante el sensual baile de una atractiva chica confirman el estado de congelación en el que mantiene sus instintos pasionales. La fiesta sirve de radiografía de las actividades de una cierta burguesía intelectual que vive encerrada en una burbuja de cristal por cuyas grietas se filtra el aburrimiento existencial. Tras su apariencia de corrección -la elegancia de sus prendas, sus protocolos de interacción social, sus trascendentes conversaciones repletas de citas literarias- duerme un instinto vital que ha sido encadenado por la fuerza del dinero y el poder y que es momentáneamente despertado por la irrupción de la lluvia (de nuevo, un elemento de la naturaleza) que les empapa arrastrándoles a un histérico frenesí hedonista con fecha de caducidad.

Un mundo al que Lidia ya no pertenece y al que, por tanto, no puede volver como descubrirá a lo largo del itinerario hacia el vacío que vivirá durante la noche, lleno de encuentros y desencuentros, traiciones no consumadas y amistades olvidadas. Una llamada de teléfono y una trágica noticia transforman el trayecto metafísico de Lidia en una huida nihilista. Es por ello que los teóricos celos que debería sentir al ver a Giovanni flirtear con Valentina, una joven de veintidós años, son sustituidos por la empatía y la comprensión al encontrarse ante el reflejo de su propio tormento anímico. A medida que amanece, la venda de los ojos del matrimonio desaparece, dejando a Valentina inundada en sombras (literalmente, pues apaga las luces cuando se queda sola), dispuesta a recorrer el mismo camino.

Las últimas imágenes de La noche devuelve a los protagonistas a un territorio telúrico en el que, finalmente, serán conscientes de que se han despertado de un sueño en el que él era Giovanni Pontano y ella Lidia y ambos formaban un feliz matrimonio en el que se amaban mutuamente. Convertidas en carcasas vacías perdidas en un mundo nuevo y desconocido construido con los pilares de su propia insatisfacción existencial, la cámara de Antonioni se aleja de dos criaturas abandonadas en un último acto pasional que antes que calidez y amor, refleja desesperación y miedo.