lunes, 18 de julio de 2011

Confessions

(Kokuhaku)
Japón, 2010. 106m. C.
D.: Tetsuya Nakashima P.: Yûji Ishida, Genki Kawamura, Yoshihiro Kubota & Yutaka Suzuki G.: Tetsuya Nakashima, basado en la novela de Kanae Minato I.: TakakoMatsu, Yoshino Kimura, Masaki Okada, Yukito Nishii

En uno de los momentos más magnéticos de Elephant, Gus Van Sant congelaba un detalle fugaz de uno de sus jóvenes protagonistas, resumiendo en ese movimiento inmortalizado por la cámara lenta toda la esencia de una película que hacía de la causalidad y la arbitrariedad el motor épico de nuestra existencia cotidiana. Durante la media hora que dura el prólogo de Confessions, Tetsuya Nakashima recurre al ejercicio esteticista a la hora de captar el pulso de una clase de primaria. Los planos ralentizados enmarcan los movimientos y gestos de los alumnos mientras beben la leche que les han dado, hablan con sus amigos, mandan mensajes por el móvil, molestan a sus compañeros o duermen reposando la cabeza sobre su pupitre. Las imágenes del exterior del edificio, enmarcado por un cielo gris y lleno de densas nubes, lo convierte en un lugar alejado del tiempo y el espacio, como si se nos presentara como un microcosmos que concentrara los vaivenes vitales del Japón contemporáneo.

Confessions se nos descubre así como una radiografía de los males que atenazan a las juventudes niponas, con los alumnos como prototipos de unos ciudadanos futuros cuyo crecimiento y madurez se ven amenazados por una sociedad en la que el individualismo se ha convertido en el refugio del superviviente. De esta manera, mientras la profesora Yuko Moriguchi se despide de sus alumnos a través de un largo monólogo en el que les relata una vida marcada por la tragedia, éstos inicialmente no le hacen el menor caso, encerrados en su propio universo personal que, en el mayor de los casos, se alimenta de las desgracias ajenas. Estos chicos viven en su propio mundo de fantasía, retroalimentado con sus deseos, ignorantes de la oscuridad que aguarda en el exterior. Es por esto que, en el momento en el que Moriguchi confiesa su convicción de que dos miembros de la clase son los culpables de sus traumáticas experiencias y su intención de vengarse personalmente de ellos, la clase en su conjunto enmudece. De repente, los elementos controlados de su micromundo (la profesora como figura autoritaria a la que ignorar e, incluso, burlar) se fragmentan para tomar una nueva forma desconocida (uno de los alumnos que se ha marchado del aula recibirá un mensaje en el móvil donde le informan que la profesora se ha vuelto loca). Su universo subjetivo se fractura y a través de la grieta penetra el miedo.

Tetsuya Nakashima construye Confessions con los elementos que han tornado nuestro mundo civilizado en un entorno controlado en el que lo atroz y lo dañino se ha asimilado con la naturalidad de quien se ha adaptado a un mundo que se dirige irremediablemente hacia el caos: el bullying como medio de imposición clasista y reafirmción del ego (el chico que recibe un golpe en el rostro con una pelota de baseball); los grupos musicales juveniles como creación de un mundo artificial e hipnotizador de la masa; las enfermedades terminales que desafían nuestra evolución tecnificada (el cáncer o el SIDA); internet como medio catalizador de las obsesiones morbosas y sensacionalistas de una población reprimida; las relaciones sentimentales como un liviano pasatiempo sexual en el que el conceptos como amor o compenetración carecen de sentido; el asesinato como camino directo para encontrar el camino en una sociedad que no entiende que el Mal no es cuestión de edades.

Pero este escalofriante panorama de los tiempos que nos ha tocado vivir es filtrado a través de los códigos del cine de género, colocando a Confessions en un punto intermedio entre el cine de terror (por su capacidad para impactarnos, pulsando las teclas tanto de los miedos colectivos como de los temores personales) y el fantástico (su elaborado envoltorio audiovisual que dota de una pátina irreal al crudo retrato que compone el film). Tomando como referente más directo la célebre "Trilogía de la venganza" del director coreano Park Chan-wook (compuesta por las excelentes Sympathy for Mr. Vengeance, Old Boy y Sympathy for Lady Vengeance), Nakashima confecciona una alambicada estructura fragmentada en el que los tiempos aparecen alterados, los puntos de vista de confunden y las introspecciones subjetivas utilizan las fugas mentales de sus protagonistas para hacer juegos malabares entre lo real y lo imaginado: lo que se creía que había pasado, lo que se quería que pasara y lo que realmente ocurrió.

Pero las intenciones de su director no es utilizar las herramientas cinematográficas para elaborar un virtuoso mecanismo de relojería fílmico, sino evidenciar una realidad compuesta de capas superpuestas en la cual el libre albedrío y la causalidad son espejismos de un tablero de ajedrez cuyas piezas son movidas por un demiurgo que, en su obsesión, está dispuesto a hipotecar su propia existencia a la hora llevar a cabo su venganza, consciente de que es un camino de dirección única hacia la destrucción mutua.

Inevitablemente, Confessions resulta un film movido por la fuerza de un romanticismo tan puro como rodeado de tinieblas. Romanticismo que toma la forma de la necesidad del ser humano de escapar de la soledad a la que parece estar abocado en su condición de consciencia individual, buscando tanto el reconocimiento como en el apoyo de alguien que nos dé el calor que mengüe el frío contacto del vacío. La escalofriante conclusión de Confessions nos dibuja como unos seres monstruosos capaces de desatar nuestras ansias sanguinarias al descubrir la fragilidad de las bases sobre las que levantamos el sentido de nuestra existencia.