jueves, 4 de febrero de 2010

La lista negra

(The Dead Pool) USA, 1988. 91m. C.
D.: Buddy Van Horn
I.: Clint Eastwood, Patricia Clarkson, Liam Neeson, Evan C. Kim

Desde 1971 hasta 1988, durante casi dos décadas, la saga de Harry el sucio nos ha servido para contemplar los cambios que el paso del tiempo, con la aparición y posterior desaparición de las modas, ha venido efectuando en el cine de acción. También para asistir al proceso de envejecimiento de su actor protagonista. Quizás por esto último, la consciencia de estar interpretando un personaje y un tipo de cine de otra época, La lista negra, última entrega de la serie, resulta tanto un condensado de los lugares comunes de ésta como una parodia de los mismos. Como si el estar interpretando por última vez el papel que le diera fama y le convirtiera en una estrella le sirviera de excusa para reirse de él. Es posible que consciente de la trivialización a la que había llegado el cine de acción en la década, La lista negra adopta el estilo de un film menor, casi de bajo presupuesto, cuya única intención es contar una historia de manera directa y entretenida: la desaparición del emblemático scope es significativo de los planteamientos más modestos de la producción, así como en una trama en la que se da más importancia a la acción que a la investigación: incluso el hecho de que el compañero de Harry sea de raza oriental tiene su motivo: es la excusa perfecta para incluir una pelea de artes marciales

Como decíamos más arriba, en
La lista negra nos encontramos todos los tópicos de la serie pero dados la vuelta. En un momento de cierto tono autoreflexivo, Harry expone en voz alta delante de su nuevo compañero el aciago destino al que está predestinado: todos sus antiguos compañeros fueron asesinados o heridos de gravedad. Si hasta ahora, la presencia de Calahan en los medios de comunicación era un contínuo dolor de cabeza para el departamento de policía por la imagen de agente expeditivo que daba mala fama al cuerpo, en esta ocasión es todo lo contrario y se insiste en que "hay que ser amable con la prensa". Por una vez, Harry es un modelo de conducta e incluso llega a amenazar que dimitirá si no le dejan en paz (cuando, por lo general, eran sus superiores quienes en más de una ocasión le amenazaban con un retiro obligado). De hecho, la relación sentimental que mantiene Harry será con una reportera de televisión. De repente, sus enemigos pasan a ser sus aliados: como los gangsters cuya misión no es acosarle, sino protegerle.

El tono paródico surge de la exageración de esos mismos lugares comunes. Si en la anterior entrega,
Impacto súbito, el personaje de Harry Calahan adquiría cierta presencia sobrenatural, aquí directamente parece un ser indestructible, como si ya no fuera un personaje humano y hubiera adquirido consciencia de su condición de icono: al comienzo del film, Harry es tiroteado estando dentro de su coche haciendo que pierda el control del vehículo y se estrelle, dando una vuelta de campana. Accidente del que saldrá sin un rasguño y eliminindo a sus enemigos al más puro estilo Robocop. Más adelante, su coché explotará debido a una bomba sin que suponga ningún daño para él (no así para su compañero quien, sin duda, carece del halo protector de Harry). Incluso la típica persecución por las calles de San Francisco, con los vehículos "volando" por las empinadas cuestas, adquiere un tono absurdo y surrealista al estar protagonizada por el coche de Harry contra un pequeño coche de radio-control.

Que duda cabe que el cine ha cambiado. Y puede que no para mejor. El director de cine que interpreta Liam Neeson, Peter Swan, es un buen ejemplo: manufacturador de vulgares películas de terror, le vemos dirigiendo un hortera vídeo-clip de estética gótico-punk en el que se parodia a
El exorcita (y donde vemos a un joven Jim Carrey en una fugaz intervención). Ya no hay respeto para nada, ni siquiera para los clásicos. En estos tiempos ya no hay lugar ni para Harry el sucio ni para su Magnun del 44. El revólver más grande y potente del mundo se ha quedado obsoleto, sobre todo si lo comparamos con un cañón lanza-arpones.