jueves, 17 de mayo de 2012

Take Shelter

(Take Shelter)
USA, 2011. 120m. C.
D.: Jeff Nichols P.: Tyler Davidson & Sophia Lin G.: Jeff Nichols I.: Michael Shannon, Jessica Chastain, Tova Stewart, Shea Whigham

Se puede decir que Curtis es un hombre afortunado. Vive en una acogedora casa en una pequeña y tranquila localidad de Ohio junto a su hermosa y comprensiva mujer y su no menos bella hija pequeña. Tiene un buen trabajo que le proporciona una acomodada estabilidad económica y que, además, incluye un seguro con el que podrá operar la sordera de su hija. Tampoco se puede quejar de sus amigos y vecinos, con los que se reúne para realizar alegres comidas, sale a tomar unas copas después del trabajo y que están dispuestos a echarle una mano siempre que lo necesite. Efectivamente, Curtis cumple cualquier requisito que podamos imaginar para ser feliz. Pero no lo es. Cada día, Curtis se despierta sobresaltado, al borde de las lágrimas, incluso escupiendo sangre producto de sus labios cortados por sus propios dientes, debido a unas aterradoras pesadillas, tan realistas, tan vívidas, como el día a día.

No es una casualidad que en estas pesadillas Curtis se vea enfrentado a una serie de elementos familiares de su vida cotidiana que, de manera repentina, se convierten en una amenaza descarnadamente hostil: su fiel perro le ataca violentamente desgarrándole el brazo; su compañero de trabajo le ataca empuñando un hacha; él y su hija son atacados en el interior de su vehículo por sus vecinos; su esposa le amenaza con un cuchillo. Son las evidencias de un peligro latente agazapado, escondido, entre los pliegues de su confortable cotidianeidad. El carácter apocalíptico de estos sueños (una lluvia de aceite; unos cegadores rayos que rasgan el cielo y queman la tierra; el diluvio de pájaros negros muertos) son los indicios que pronostican una abrumadora tormenta dispuesta a arrasar con todo lo que encuentre a su paso. Pero los efectos de este catastrófico fenómeno climático no parece conllevar tanto riesgo a su persona física como a su estabilidad social y familiar, pues a medida que Curtis se obsesiona con la inminente llegada de la tormenta, llegando a construir un refugio en el patio de su casa, verá como la idílica vida que había construido se derrumba, demostrando la endeble base sobre la que estaba levantada (el préstamo que pide para poder costear el refugio desestabiliza su posición económica; es despedido del trabajo, poniendo en peligro la operación de su hija; sus familiares y vecinos le rehuyen o censuran, pues piensan que ha perdido la cabeza).

La manera con la que el director y guionista Jeff Nichols muestra las pesadillas que sufre su protagonista reflejan la manera por la cual éstas parecen cruzar la frontera de los sueños para instalarse en el territorio de la vigilia. Durante las primeras secuencias oníricas, Nichols establece esa frontera cortando de manera directa a la imagen de Curtis despertando angustiado en su cama, aunque las sensaciones vividas en el sueño permanecen (el brazo donde supuestamente le mordió su perro le sigue doliendo durante el resto del día). Pero en uno de los último sueños el corte no es directo, sino que es sustituido por un frenético montaje paralelo que nos muestra a Curtis gritando en su cama mientras se sigue sucediendo la pesadilla. A partir de este momento, Curtis empezará a experimentar estas visiones mientras está despierto, oyendo los ecos de una estruendosa tormento o viendo los desnortados movimientos de una bandada de pájaros enloquecidos.

¿De donde provienen estas visiones? ¿Cual es el origen de las pesadillas? La visita que Curtis hace a su madre en la residencia en la que ésta vive desde hace décadas no da una pista: cuando tenía sólo diez años su madre fue ingresada en una institución mental tras serle diagnosticado un caso de esquizofrenia. Con esta información, Take Shelter entra en el terreno de la ambigüedad: ¿es Curtis un ser visionario cuyas pesadillas le avisan sobre un inminente peligro? ¿O acaso son los primeros indicios de una mente en proceso de desintegración? La puesta en escena de Nichols refuerza esta ambigüedad a través de una puesta en escena fría y de calculadas y rectas composiciones en scope que parecen rehuir cualquier componente fantástico, explotando antes lo ordinario que lo extraordinario. Y es precisamente la naturalidad con la que su protagonista se ve abocado a un destino que parece ineludible, a medio camino entre el delirio y la iluminación, el medio por el cual Take Shelter recorre el camino de la calma a la inquietud.

Así, Take Shelter parece acogerse a la imagen del apocalipsis de bolsillo que popularizara de nuevo M. Night Shyamalan a través de títulos tan memorables como Señales y El incidente, filtrando los códigos del cine de catástrofes a través de una mirada minimalista e inequívocamente indie. Pero la escena en la cual Curtis se enfrenta a un grupo de vecinos, intentando avisarles ante su incrédula mirada del horror de lo que se avecina, unido al ambivalente plano final, nos proporciona una tercera vía más estimulante: aquella por la cual la esquizofrenia de Curtis le proporciona la habilidad para ver ese plano de la existencia que se oculta a nuestros ojos, permitindole captar los símbolos y señales que anuncian las grietas de esa misma existencia. De esta manera, Curtis, junto con la Justine de la abrumadora Melancholia de Lars von Trier, se convierte en la reencarnación de Casandra (1) que los aciagos tiempos que nos ha tocado vivir parecen solicitar.
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(1) En la mitología griega, Casandra era hija de Hécuba y Príamo, reyes de Troya. Fue sacerdotisa de Apolo, con quien pactó, a cambio de un encuentro carnal, la concesión del don de la profecía. Sin embargo, cuando finalmente fue rechazado por ésta, la maldijo permitiéndole conservar su don pero sin que nadie creyese jamás sus pronósticos, como sucedió tiempo después cuando vaticinó la caída de Troya.