lunes, 7 de mayo de 2012

El hombre sin sombra

(Hollow Man)
USA/Alemania, 2000. 112m. C.
D.: Paul Verhoeven P.: Alan Marshall & Douglas Wick G.: Andrew W. Marlowe, basado en una idea de Gary Scott Thompson & Andrew W. Marlowe I.: Elisabeth Shue, Kevin Bacon, Josh Brolin, Kim Dickens

Con la conocida anécdota por la cual el realizador holandés Paul Verhoeven inicialmente rechazó el guión original de Robocop por considerarlo ridículo para, finalmente, aceptar el proyecto siguiendo el consejo de su esposa, el director de El cuarto hombre relativizaba el concepto que tenemos del cineasta autor. Convertido en su carrera americana en un cineasta especializado en cine de ciencia-ficción, un cine, aparentemente, alejado de los títulos que le consagraron en su Holanda natal, en cambio, podemos detectar en cada uno de sus títulos norteamericanos las huellas de una mirada personal. Y es, precisamente, en El hombre sin sombra, posiblemente su proyecto más comercial, haciéndose cargo de una superproducción de casi 100 millones de dólares repleta de efectos especiales, donde más honda podemos detectar esa huella. Y lo hacemos a los pocos minutos del comienzo de la película, en una de sus escenas más espectaculares.

El proceso por el cual la gorila Isabelle, cobaya para un experimento sobre la invisibilidad, se vuelve visible ante nuestros ojos supone tanto un ejemplo de los lujosos y asombrosos efectos especiales visuales que luce la película como de la particular mirada de Verhoeven a la hora de manejarlos. Porque, que duda cabe, El hombre sin sombra supone un medio, me atrevería a decir una excusa, para desplegar un completo y exhaustivo catálogo de las posibilidades actuales (al menos, las disponibles en el momento del estreno del film) de los efectos especiales digitales, los cuales, por su carácter virtual, se colocan en las antípodas de lo físico.

La imagen del cuerpo de Isabelle formándose, mostrando cómo las venas recorren el cuerpo, el corazón latiendo frenéticamente en primer plano, los músculos cubriendo los huesos de la estructura ósea, evidencia el discurso de Verhoeven: el enfrentamiento entre lo lo etéreo -lo invisible- y lo corpóreo. En este sentido, el hombre hueco al que alude el título original hace referencia tanto a lo externo como a lo interno. Prisionero de su propia invisibilidad, el ansia de poder de Sebastian Caine son obsesivamente terrenales, pasando por los celos, el acoso sexual y la avidez carnal. ¿Es nuestro cuerpo, el envoltorio carnal que nos da forma y nos identifica, el que reprime nuestros deseos más oscuros y profundos?

El enfrentamiento entre Sebastian y sus antiguos compañeros de trabajo que ocupa el último tercio de metraje supone la puesta en práctica de la teoría expuesta en la primera parte: la colisión frontal entre la vulnerable carnalidad de los segundos en contraposición con la agresiva ausencia del primero. La brillante imagen en la cual Sarah utiliza una bolsa de sangre para descubrir a Sebastian certifica su vulnerabilidad: es el líquido hemoglobínico que recorre nuestro organismo dotándole de vida el que nos demuestra que el cuerpo de Sebastian está ahí, podamos verlo o no. No ha de extrañarnos que el clímax final de El hombre sin sombra entre en el terreno convencional de una monster movie pues, para sus aterrados compañeros, Sebastian ha dejado se ser humano. No por la pérdida de su cuerpo, sino por haberse librado de las ataduras morales y éticas que les convierten en ciudadanos modernos civilizados.



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