lunes, 14 de marzo de 2011

Latidos de pánico

(Latidos de pánico)
España, 1983. 94m. C.
D.: Jacinto Molina P.: Julia Saly G.: Jacinto Molina I.: Paul Naschy, Julia Saly, Lola Gaos, Silvia Miró F.: 1.78:1

Gilles de Rais fue un noble francés cuyo nombre completo era Gilles de Montmorency-Laval, barón de Rais que vivió en la Francia del siglo XV y que, si bien luchó mano a mano con Juana de Arco, de quien fue ferviente seguidor, en los años finales de la Guerra de los Cien Años, gracias a cuya participación fue nombrado mariscal consiguiendo amasar una gran fortuna, ha pasado a la historia por motivos más escabrosos. Obsesionado por su creencia de que el Demonio buscaba apoderarse de su alma, durante ocho años, entre 1432 y 1440, se dedicó a raptar con ayuda de sus sirvientes a niños cuya edad oscilaba entre los ocho y los diez años en Bretaña. Durante las noches, los muros del castillo de Tiffauge eran testigos de las más atroces perversidades, con Gilles de Rais y sus esbirros dedicándose a humillar, torturar y asesinar a los niños, ofreciéndolos como sangriento tributo al Demonio, llegando a violarlos, incluso después de muertos. No sería hasta que el obispo de Nantes, Jean de Malestroit, decidió investigar dichas desapariciones que la pesadilla llegó a su fin con la detención del infernal mariscal el 15 de septiembre de 1440, contabilizándose en el juicio posterior hasta 200 víctimas producto de sus sanguinarias acciones, aunque muy posiblemente el número total sea muy superior, puesto que entre los años de mayor frenesí se llegó a denunciarse la desaparición de hasta mil de niños en la zona. Finalmente, el 26 de octubre de 1440, Gilles de Rais y sus colaboradores fueron ahorcados en el prado de la Madelaine de Nantes.

Pero la sombra de Gilles de Rais se ha alargado a lo largo de la historia, fusionándose con las leyendas populares y dando lugar a la figura de Barba Azul a través del cuento escrito por Charles Perrault, publicado en 1697 (un apodo que el propio Gilles de Rais decibió en vida debido a su negra barba de azulados tonos). Una sombra que llega incluso al cine español fantaterrorífico de las décadas de los 60 y 70 con la creación por parte de Paul Naschy de Alaric de Marnac, un brujo medieval de contrastado sadismo que vuelve de la tumba acompañado de su pareja, la no menos malvada Mabille de Lancré, presentado en El espanto surge de la tumba, film dirigido en 1972 por Carlos Aured, retomado en 1974 en El mariscal del infierno a las órdenes de León Klimovsky (apareciendo bajo el nombre de Gilles de Lancre) y cuya última aparición cinematográfica es en esta Latidos de pánico. Anotar que en 2009, el mismo año de su muerte, se publicó el volumen Alaric de Marnac, escrito por el propio Naschy e ilustrado por Javier Trujillo.

Centrándonos ya en Latidos de pánico, este film comienza con una escena pre-créditos que sirve de resumen tanto de la propia película en sí como de las características del cine de Naschy (que podríamos ampliar, con los matices y excepciones necesarias, al conjunto de la cinematografía fantástica española de la época). Una atractiva joven completamente desnuda corre desesperada, con el cuerpo lleno de heridas, por un tétrico bosque inundado por las sombras de la noche. De cerca, le persigue un caballero medieval de reluciente armadura a lomos de su caballo y armado con un mangual que hace girar en el aire. Cuando alcanza a la aterrada mujer, descarga su arma, destrozándole el rostro y sus pechos. La imagen del cuerpo desnudo cubierto de sangre, con su mixtura de erotismo y horror, refleja los ingredientes básicos de la película en particular y del género en general (no se dude de que el metraje de Latidos de pánico está bien servido de desnudos femeninos y de retorcidas escenas gore).

Esa misma escena hace gala de una conseguida escenografía, con los retorcidos árboles de profundo color negro delimitando el camino que recorre en su desesperación la joven, atravesados por rayos de luz azulada, como si la propia luna siguiera su huida hacia la muerte. Una eficaz atmósfera tenebrosa que se rompe con la presencia del caballero, quien es, por supuesto, el propio Alaric de Marnac, quien se sube la visera del yelmo, mostrando unos ojos desorbitados, henchidos de sadismo y rabia. En el momento en el que levanta su brazo armado con el ensangrentado mangual se congela la imagen: la expresión exagerada de Naschy y la equivocada música que suena rompe el espejismo, tornando lo terrorífico en risible. Una imagen que resume el contraste entre la imaginación (el sentido amor de Naschy por el género de terror en todas sus variantes) y la realidad (la torpeza con la que ese amor se materializa en sus películas) que marcó el la obra de Jacinto Molina (el auténtico nombre de Paul Naschy).

Un contraste realidad/fantasía que Naschy convierte en el entramado argumental de Latidos de pánico, interpretando a Paul, un descendiente moderno de Alaric de Marnac que regresa a la abandonada mansión familiar junto a su enferma, y adinerada, mujer, Geneviève, para que la tranquilidad y la paz del entorno rural ayude a su recuperación. Una ambientación plácida y armoniosa que se ve contaminada con la cercanía de la tumba original del brujo. Naschy utiliza la figura de Alaric de Marnac como trasfondo folclórico, un telón de fondo para poner en pie una trama de suspense deudora del clásico Las diabólicas, de H.G. Clouzot, con los elementos sobrenaturales rodeados de un tono ambiguo, pudiendo reducirse el conjunto a un elaborado complot destinado a enloquecer a Geneviève.

En la primera noche que Paul y su esposa pasan en la mansión, Julie, la adolescente sobrina del ama de llaves, tiene una pesadilla producto de las escalofriantes leyendas familiares que le ha contado su tía. Una escena que vuelve a hacer gala de una buena labor fotográfica, tornando los escenarios familiares en la morada del horror (destacar la imagen de su tía convertida en un espectro bañado con una luz azul que remarca su componente diabólico) y que, de nuevo, se rompe por la incapacidad de Naschy para situar lo monstruoso en ese contexto. Latidos de pánico es el enésimo ejemplo del "quiero y no puedo" al que se reduce la filmografía del actor, incapacitado para resaltar la esencia del horror en sus fotogramas, limitándose a un irrisorio desfile de disfraces de marcada pobreza. Una artificiosidad subrayada por la afectación de unos diálogos de pomposa retórica literaria, declamados con no menos afectación.

La irrupción de lo sobrenatural en los minutos finales de Latidos de pánico acaba de descubrir las auténticas bases del film, que de Boileau y Narcejac deriva a los comics de la E.C., evidenciando la profunda contradicción del film, capaz de casar el mensaje moralista y misógino de su desenlace con la impúdica exhibición epidérmica y sangrienta de todo su metraje.