miércoles, 14 de marzo de 2012

Exorcista II. El hereje

(Exorcist II. The Heretic)
USA, 1977. 118m. C.
D.: John Boorman P.: John Boorman & Richard Lederer G.: William Goodhart, basado en los personajes creados por William Peter Blatty I.: Linda Blair, Richard Burton, Louise Fletcher, Max von Sydow

Para empezar, un dato: antes de que William Friedkin se hiciera cargo de ella, El exorcista le fue ofrecida a John Boorman quien la rechazó por considerarla denigrante para los menores (1). Ironías del destino (o lógica interna del show business), acabaría dirigiendo la secuela de este, en su opinión, denigrante film, titulada Exorcista II. El hereje. Respecto a esto, el director de Excalibur comentaría que realizar esta continuación le resultaba más interesante que hacerse cargo de la primera parte porque "cada película tiene que luchar para encontrar una conexión con su audiencia. Aquí vi la oportunidad de hacer una película muy ambiciosa, sin tener que pasar el tiempo desarrollando esta conexión" (2). Resulta lícito el pensar que esta explicación sea un intento por parte de Boorman para justificar el haber aceptado el realizar la secuela de una película de terror que, además, había supuesto un fenomenal éxito. Una impresión que, desde sus primeros minutos, Exorcista II. El hereje desmiente.

Antes de entrar de lleno en la película en sí, detengámonos en el título y en una peculiaridad: la ausencia del artículo. Es decir, estamos ante "Exorcista II" y no, como podría esperarse, "El exorcista II". Esta (más o menos) sutil diferencia comporta una declaración de principios por parte de su director (y, también, productor y guionista no acreditado): Exorcista II. El hereje parte de la base creada por el film original de William Friedkin, pero no se presenta como su continuación, ni a nivel argumental ni, mucho menos, estético. Antes que una secuela ad hoc, supone un apéndice que recoge las ideas plasmadas en El exorcista para llevarlas a su propio terreno personal.

De ahí que Exorcista II. El hereje, de manera harto valiente, no podemos negarlo, se aleje de los parámetros del cine de terror para acercarse a los estimulantes terrenos de la fantasía. Si El exorcista hacía gala de una atmósfera oscuramente realista en su mixtura entre el horror y el melodrama familiar, esta primera secuela desecha ese acercamiento naturalista para desarrollar un discurso sobre la pugna ancestral entre las fuerzas del Bien y las del Mal a un nivel mitológico: las primeras representadas por una serie de individuos que han sido tocados por la esencia de la Luz, adquiriendo todos ellos habilidades sanadoras -Regan se interna en la mente de una niña autista para sacarla de su encierro introspectivo-; una habilidad que les convertirá en objetivos de las fuerzas del Mal, representadas aquí por Pazuzu, el señor de los demoníacos espíritus del viento que, haciendo gala de su condición mítica, puede adquirir todo tipo de formas de cara a tentar a sus víctimas -desde una plaga de langosta que arrasa con lo que encuentra a su paso a una adolescente de tentadora carnalidad-. De aquí surge una de las ideas más interesantes de Exorcista II. El hereje, el cómo el camino de la santidad supone un terreno abonado para la intervención del Mal, como si se sintiera atraído por el Bien absoluto de cara a tentarlo y degradarlo -la joven curandera del principio del film que acaba siendo víctima de las llamas; el sanador africano poseído por Pazuzu o la propia Regan-. (3)

Esta perspectiva fantástica le permite a Boorman desplegar un elaborado ejercicio visual, en el que combina lo maravilloso (ese templo al pie de una escarpada montaña que hay que subir a mano como prueba de pureza) con lo onírico (la prueba que el padre Lamont tiene que pasar para poder encontrar a Kokumo, quien le puede dar la fuerza para combatir a Pazuzu), impregnando las imágenes de un sugerente y, en ocasiones, poderoso aliento telúrico -los vertiginosos travellings aéreos que representan el desplazamiento de Pazuzu-. Podemos localizar en una secuencia concreta el resumen de la penetrante mirada de Boorman: de cara a recuperar los recuerdos perdidos de lo ocurrido en Georgetown, Regan accede a someterse a una prueba de hipnosis que la permita retroceder al momento mismo de la muerte del padre Merrin (que en el film original sucedía en off). Boorman proyecta los hechos que ocurren en la habitación de Regan con la acción en la sala donde está siendo hipnotizada mediante una transparencia, fusionando así en un solo plano pasado y presente. Pero el director de Defensa va más lejos: en el momento en el que la Regan poseída levanta el brazo para aprisionar el corazón del padre Merrin, por la colocación de la imagen, también está agarrando el corazón de la doctora Gene, provocándole un infarto. Una demostración del poder omnipresente y atemporal del Mal, capaz de tocar y dañar el presente desde el pasado. Pero también, un ejemplo de la heterodoxia fantastique de la propia película a la hora de enlazar y fusionar tiempos y espacios distintos.

A raíz de todo lo comentado, y volviendo a las palabras de John Boorman que citábamos al comienzo de estas líneas, resulta evidente que Exorcista II. El hereje es una película ambiciosa cuya personalidad excede su condición de continuación crematística de un éxito taquillero. Y es precisamente esa heterodoxia lo que lo convierte en un film tan fascinante a ratos como irritante en otros, pero siempre fallido. Porque esas ambiciones a las que hemos aludido, y que Boorman destaca como parte sustancial de su idiosincrasia, no consiguen encontrar su acomodo en los márgenes de una superproducción de estudio con un objetivo bien claro: prolongar el éxito del anterior título. Así, el film se queda en terreno de nadie, siendo completamente detestado por aquellos que buscan más de lo mismo, un espectáculo de sensaciones fuertes y escabrosas, pero también siendo insuficiente para quienes quieran conectar con su discurso filosófico/teológico/antropológico.

Finalmente, Boorman demuestra tener la misma ingenuidad desarmante de sus protagonistas (destaquemos aquí dos alucinantes réplicas: en la primera, cuando una niña le pregunta a Regan porqué está bajo tratamiento, ésta, con toda naturalidad, le contesta que porque fue poseída por un demonio; más tarde, mientras sobrevuela áfrica en un aeroplano, Lamont le indica al piloto, con absoluta seriedad, que él ya recorrió esa zona a los lomos de un demonio), haciendo que la película acabe hollando el terreno de lo risible: el momento en el que Regan y Lamont se dirigen a la habitación de un sórdido hotelucho para poder conectarse a través del aparato hipnotizador que la primera ha robado, dando la imagen -al resto de individuos apostados en el pasillo y a los propios espectadores- de encontrarnos antes una oscura transacción sexual entre un cliente maduro y su juvenil meretriz, demuestra lo cerca que está Exorcista II. El hereje de convertirse en una parodia.
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(1) Jesús Palacios, artículo "Mira lo que ha hace la guarra de tu hija. Los niños, el demonio y la carne", en Ven y mira. El cine fantástico y de terror en la zona prohibida, coordinado por Rubén Lardín, Donostia-San Sebastián, Donostia Kultura, 2011, pag. 201.
(2) Bob McCabe, en The Exorcist: Out of the Shadows, Londres, Omnibus Press, 1999, pag. 158. Citado en http://contrapicado.net/article/6-exorcista-ii-el-hereje-exorcist-ii-the-heretic-1977/
(3) Rescatemos unas interesantes palabras de Martin Scorsese, admirador del film de Boorman, respecto a esto: "La película plantea una pregunta: ¿la suma bondad atrae al mal supremo? Esto se remonta al libro de Job; es Dios poniendo a prueba el alma pura. En este sentido, Regan (Linda Blair) es una santa de nuestros días, como Ingrid Bergman en Europa 51, y, en cierta medida, Charlie en Malas calles (...) Me gusta el primer Exorcista, debido a mi sentimiento católico de culpabilidad y porque verdaderamente me cagué de miedo, pero El hereje la supera. Quizá Boorman no llevó a cabo su proyecto por entero, pero la película merece mejor suerte de la que tuvo" en Conversaciones con Martin Scorsese, V.V.A.A. Madrid, Plot, 1987. Citado en Jesús Palacios, artículo "Santa Sangre: Iconografía católica y cine gore", en Goremanía 2, coordinado por Jesús Palacios, Madrid, Alberto Santos Editor, 1999, pags. 74 y 98.