domingo, 26 de mayo de 2013

El placer de los extraños


(The Comfort of Strangers)
USA/Italia/UK, 1990. 107m. C.
D.: Paul Schrader P.: Angelo RizzoliJr. G.: Harold Pinter, basado en la novela de Ian McEwan I.: Christopher Walken, Rupert Everett, Natasha Richardson, Helen Mirren


En El placer de los extraños, adaptación de una breve novela de Ian McEwan, nos encontramos con dos Venecia. La primera, es la icónica, aquella que hemos formado en nuestra memoria a través de la imagen que el cine ha construído de ella, con sus canales, sus góndolas, sus plazas atestadas de turistas. Es la Venecia que visita la pareja inglesa protagonista, Colin y Mary: una ciudad diurna, llena de lugares imprescindibles de visitar y zonas recurrentes donde hacerse una fotografía. En resumen, la estampa que nos encontramos en un libro de viaje o en las fotos de una agencia. Pero ya en el inicio del film, ilustrando los créditos, se nos muestra esa otra Venecia, oculta a los ojos del turista guiado con mapa, pero cuya sombra lo cubre todo con un hálito de misterio. La cámara recorre las estancias sombrías de un elegante palazzo, con sus paredes cubiertas por enormes y majestuosas pinturas que aportan al conjunto una atmósfera decadente, a la vez que vetusta, como si estuviéramos visitando un lugar antiguo, anclado en un pasado extinto pero que permanece físicamente en el lugar. Sobre esas imágenes, flota una voz, la de Robert, quien nos relata terribles anécdotas de su infancia relacionadas con su autoritario padre.

Lo que nos cuenta Paul Schrader, a través de la adaptación escrita por Harold Pinter, es el encuentro de esa dos Venecia, o, lo que es lo mismo, el choque entre un presente brillante pero apático y un pasado poderoso aunque ruinoso. Los primeros minutos nos describe las vacaciones que Colin y Mary pasan en la ciudad italiana, segunda vez que la visitan en dos años. Ella está intentando comunicarse por teléfono con sus hijos, quienes están es Sussex, mientras él pasea aburrido por la habitación del hotel en el que se hospedan. Un detalle nos llama la atención: la habitación tiene dos camas separadas. Más tarde, tras visitar una iglesia, Mary comenta lo impresionante que le ha parecido. Colin, de manera un tanto distraída, le dice que ya la anterior vez que estuvieron en el lugar se lo había parecido. Para ellos, Venecia se ha convertido en un lugar cotidiano donde pasear su relación aletargada. Sin duda, Colin y Mary no están viendo Venecia, la Venecia real podemos decir, sino la que ellos esperan, la que ya conocen, y que sigue ahí, conservada del paso del tiempo, convertida en un estado mental.

Una fotografía tomada sin que ellos se enteren, y mostrada con una imagen estática en blanco y negro, rompe esta ensoñación por la cual deambulan los protagonistas. No sabemos, todavía, quien la ha hecho, desde donde o por qué. Es un misterio en un relato, hasta ese momento, ordenado. Un misterio que parece abrir una puerta hacia las entrañas, las tripas, de una Venecia desconocida para ellos: una laberíntica y oscura, sucia y sórdida, que se aleja de la imagen renacentista para penetrar en el terreno de lo irreal: el escaparate iluminado con un intenso color azul en el que se ven a dos maniquíes metidos en una cama: Colin y Mary se quedan hechizados ante él, quizás reconociendo en las figuras inertes su propia desidia sexual. La aparición de Robert, surgiendo de las sombras, de la nada, y ofreciéndose como guía y anfitrión, le convierte en un elemento más de ese misterio. Es por ello que, a pesar de su elegancia (vestido con un impoluto traje blanco), su amabilidad y su simpatía, hay algo amenazador que desprende su extraña figura.

¿De qué nos habla El placer de los extraños a través del encuentro de estas dos parejas, la formada por Mary y Colin, y la compuesta por Robert y su mujer, Caroline? De la belleza, de la fascinación y la atracción de la belleza. Así como de su peligrosidad, de lo inquietante que resulta; del poder que ostenta. La belleza entendida como mero elemento icónico que pueda ser embalado y vendido (como ocurre con la Venecia turística), como si de esta forma se quisiera mitigar su fuerza destructora. Y la belleza arrastrada con indiferencia, incluso con desgana: mientras cenan en una terraza, los demás clientes no paran de mirar a la pareja protagonista. Al principio, Colin cree que están observando a Mary, pero esta le saca de su error: es él quien les fascina. Colin convive con su hermosura como algo impuesto desde su nacimiento, sin ser consciente de ella, sin parecer interesarle siquiera.

Robert y Caroline se nos presenta como un matrimonio surgido de tiempos remotos (posiblemente incluso más lejanos de lo que se nos da a entender en un principio), nacidos en un orden jerárquico estricto y represivo ya extinto, y que dan rienda suelta a sus instintos masoquistas y homosexuales a través de Mary y Colin, utilizándolos para, a través de ellos, castigar lo que Robert y Caroline consideran sus propias debilidades. Schrader construye una película de desarrollo lacio y formas pictóricas, subrayando el ambiente decadente en el que se mueven los personajes, a la vez que destapando la corriente oscura que se mueve en su interior. Cuando, tras pasar su primera noche en el palazzo donde vive Robert y su esposa, Mary y Colin recuperan su apetito sexual, encerrándose durante días en la habitación de su hotel haciendo el amor, la fotografía de Dante Spinotti adquiere una iluminación verdosa la cual, a la vez, les coloca en una dimensión desconocida (alejada de Venecia y de su propia monotonía vital) y dota a las escenas de un tono extraño y enfermizo, el cual evidencia la mano manipuladora de Robert.

Por la utilización de una Venecia misteriosa y esquiva, y por el discurso acerca de la atracción hacia el abismo de la belleza, El placer de los extraños une puentes con el pasado (Amenaza en la sombra, de Nicolas Roeg) y el futuro (El arte de matar, de Dario Argento), revelándose, así, como lo que es: una escalofriante película de terror protagonizada por una pareja de vampiros (Robert y Caroline) que se sienten fascinados y a la vez repugnados por la juventud sin mácula de Mary y Colin (Caroline les confiesa que les ha estado observando mientras dormían), y cuya obsesión por ellos, por su belleza, sólo puede acabar en un baño de sangre. El placer de los extraños finaliza con Robert repitiendo las palabras que escuchamos al comienzo del relato, esas historias del pasado a las que vuelve una y otra vez, en un círculo vicioso que le encadena a un pretérito tan lejano como presente en su código genético, mientras vive en una Venecia cuya sobrecogedora belleza de su arquitectura sólo encuentra contrapunto con la contaminación de sus aguas.


1 comentario:

David dijo...

Es interesante conocer y poder disfrutar en internet sobre distintas cuestiones sobre todo el aprendizaje. Quisiera que con Avantrip poder viajar a otros sitios y de esta manera tener la chance de conocer nuevas cosas