miércoles, 23 de enero de 2013

Chronicle

(Chronicle)
USA, 2012. 84m. C.
D.: Josh Trank P.: John Davis & Adam Schroeder G.: Max Landis, basado en una idea de Max Landis & Johs Trank I.: Dane DeHaan, Alex Russell, Michael B. Jordan, Michael Kelly

Durante los primeros minutos de metraje, el director Josh Trank parece justificar la decisión de utilizar la técnica conocida como found footage (películas que, a través de la adopción de un punto de vista subjetivo por parte de quien maneja la cámara, intentan conferir un aspecto verista, cercano, a lo mostrado) como medio para resaltar el tono realista y dramático de lo que está contando. Así, la imagen con la que se abre la película nos muestra al protagonista, el adolescente Andrew, probando la videocámara que se acaba de comprar. Está enfocando la puerta de su habitación, cerrada con llave. Al otro lado de la puerta se oye el alboroto que causa su padre, quien le increpa a que abra la puerta. Andrew le recrimina que está borracho, y lo hace con una tranquilidad que denota que esa desagradable situación no es nueva para él.

Las siguientes escenas siguen el mismo camino: andando por los pasillos del instituto, Andrew soporta todo tipo de bromas por parte del resto de los alumnos e, incluso, es golpeado por un matón que además le tira la cámara al suelo. El único momento de tranquilidad que parece disfrutar el protagonista, mientras almuerza sentado en las gradas del campo de deportes, se ve roto cuando una de las animadoras le pide deje de grabar a ella y a su grupo porque resulta repugnante. El regreso a casa no supone entrar en terreno seguro: su padre le está esperando y le pega por no haberle abierto la puerta por la mañana mientras de fondo se escuchan los angustiosos sonidos que efectúa su madre, víctima de una enfermedad terminal sumamente dolorosa.

La utilización de la cámara como punto de vista de Andrew confiere a toda esta sucesión de desgracias una sensación de cercanía que potencia la indefensión del personaje, como si fuera la prueba que quiere dejar para la posteridad el tormento en el que se ha convertido su existencia daría. No resulta difícil ver en Andrew el prototipo del loser que, colocado al borde del abismo por el resto del mundo, un día coge un arma de fuego y se toma venganza en todos aquellos que le han hecho sufrir, dejando las grabaciones como explicación de sus actos. La cercanía que siente con su cámara, su renuncia a mirar al mundo directamente con sus ojos, convierte al aparato en un filtro que coloca delante de él, un escudo con el que intentar sublimar esa realidad aciaga. Un intento destinado al fracaso como demuestra el momento en el que se dirige junto con su primo a una fiesta y que termina con una imagen clave: Andrew sentado solo en el suelo del jardín de la mansión, con la cámara colocada delante de él como constatación de su fracaso.

En un giro de guión de tintes fantásticos, Andrew, junto con su primo Matt y el amigo de éste, Steve, encuentran un extraño artefacto enterrado bajo tierra y que parece reaccionar a su contacto. De repente, los tres chicos parecen afectados por el artilugio, sufriendo un penetrante dolor de cabeza y sangrando por la nariz. Como síntoma de desmayo, una pantalla en negro cierra la secuencia, dividiendo la película en dos partes. Al volver, nos damos cuenta que han pasado días desde aquel descubrimiento y que ahora, Andrew y sus compañeros tienen poderes que van desde mover con su mente todo tipo de objetos (desde pelotas de baseball hasta coches) a, incluso, volar. A partir de este momento, la cámara de Andrew ya no buscará registrar la realidad, sino que, como si quisiera vengarse de ella, registrará su modificación, demostrando lo vulnerable que puede ser.

Si bien Chronicle puede ser vista como un intento de llevar un género tan espectacular como es el cine superheróico a los márgenes modestos del found footage, podemos localizar un par de referentes concretos que escapan de esa clasificación: el Carrie de Stephen King/Brian DePalma y el Akira, de Katsuhiro Otomo. Al igual que en estos dos títulos, los poderes de los que hacen ostentación los protagonistas de Chronicle parece una respuesta a sus propios temores, deseos, dudas y odio. No es extraño que sea precisamente Andrew quién haga gala de una mayor control de sus poderes, como si fuera la respuesta del rencor que ha estado acumulando en su interior durante tantos años. La relación que se establece entre los dos primos sigue la línea de la que Otomo escribió para los protagonistas de su célebre manga, Kaneda y Tetsuo, este último harto de vivir bajo la sombra del primero, como le ocurre a Andrew.

Es por ello que, a medida que crecen sus habilidades especiales, a Andrew deja de interesarle el mundo que le rodea para centrarse en sí mismo, muestra de la creciente autoestima que le embarga. Este proceso es utilizado por Trank para revolucionar el subgénero en el que está trabajando: en una brillante idea de puesta en escena, Andrew usa sus poderes telekinéticos para mover la cámara alrededor de él, convirtiéndose, por primera vez, en el único protagonista de su vida, a la vez que se rompe el limitado punto de vista habitual de este tipo de films.

Una idea de planificación que supone el reflejo de las intenciones del realizador: estirar los límites del found footage pero sin traicionar su esencia (como ocurría en District 9, donde se comenzaba utilizando este formato para, al final, adoptar las formas de un film convencional). Así, y como hiperbólico contraste del inicio del film, el clímax de Chronicle se adueña de la espectacularidad propia del blockbuster multimillonario, en un afán de destrucción a gran escala que, inevitablemente, fuerza la credibilidad del público (la utilización de múltiples formatos de cara a registrar todas las acciones; la chica que es arrojada desde lo alto de un edificio sin que suelte en ningún momento la cámara que porta durante la caída). Finalmente, Chronicle muestra sus cartas en la conclusión del relato, descubriéndose como la radiografía que nos muestra el caldo de cultivo que puede dar lugar a un supervillano; así como el proceso de dolor y pérdida que conforman la figura legendaria del superhéroe, convertidos ambos, como tantas veces nos han demostrado los cómics, en las dos caras de una misma moneda, compartiendo la soledad que conlleva el ser diferente.