sábado, 15 de diciembre de 2012

Cinerama 2012 (I)





















Millennium. Los hombres que no amaban a las mujeres
David Fincher regresa al terreno que le labrara fama y prestigio, el thriller de base psicopática, con esta oscura adaptación del best-seller de Stieg Larsson, a su vez un remake de la primera versión cinematográfica sueca, que recupera al Fincher más siniestro y descarnadamente violento. El mayor logro reside en el retrato de la pareja protagonista, destacando la vulnerabilidad con la que Daniel Craig dota a su personaje, y el impecable virtuosismo visual marca de su director, desgraciadamente en esta ocasión puesto al servicio del más absoluto vacío narrativo.





















J. Edgar
Clint Eastwood utiliza una de las figuras más importantes y controvertidas de la reciente historia norteamericana para plantear una hábil disquisición acerca de la relatividad de la verdad. Tomando como base la dualidad que preside la vida de su protagonista y como estructura una narración a base de flashbacks de fuerte componente subjetivo, en J. Edgar se nos retrata los miedos y deseos de una nación tan obsesionada por la pulcritud de las apariencias como atormentada por los secretos que esconde en lo más oscuro de su interior, dispuesta, si es necesario, a reescribir su propia realidad para ello. 





















La invención de Hugo
Partiendo de las más avanzadas técnicas cinematográficas, los efectos especiales digitales y las tres dimensiones, Scorsese rescata el más primitivo pasado del cine en un juego de fusión/contraste que resulta en una de las más hermosas declaraciones de amor al séptimo arte realizada desde una perspectiva infantil -y, por tanto, abierta a la fantasía- que supone la representación de la mirada, siempre fascinada, de un director para quien el cine es tan importante como la propia vida. Los trucajes de George Méliès se dan la mano con la magia de los ordenadores, aunque queda en evidencia la sumisión perfeccionista de estos últimos ante la grandeza de la fuerza poética de los primeros.





















Tenemos que hablar de Kevin
Adaptación de la prestigiosa novela de Lionel Shriver que nos plantea una angustiosa radiografía del lado más oscuro -y, a la postre, humano- de la maternidad, entendida como la relación entre dos extraños unidos por un irrevocable nexo carnal/emocional. A medio camino entre una secuela de La semilla del Diablo y una precuela de Elephant, Tenemos que hablar de Kevin hace gala de un trabajo visual penetrantemente esteticista cuyo poder simbólico -los colores, la iluminación, el diseño de sonido- se descubre como la materialización del sentimiento de culpa de su protagonista, encarnada, en todos los sentidos, por una portentosa Tilda Swinton.





















Titanic
Haciendo gala del muy lucrativo donde-dije-digo-digo-Diego, James Cameron se olvida de las críticas que dirigió hacia aquellos productos que utilizaban el renacido 3D como lifting hiperbólico para hacer lo propio con uno de sus títulos más míticos. Lo importante es  el rescate de una película tan exageradamente encumbrada en su momento como no menos injustamente atacada después. Por encima de su impresionante acabado catastrofista -aún hoy sorprendente-, lo más apreciable sigue siendo esa atmósfera ensoñadora -propia de un cuento de hadas- con la que se plantea una pequeña e ingenua historia de amor en el marco de un grandioso desastre marítimo convertido en leyenda del siglo XX.





















Take Shelter
Recogiendo el testigo del más personal M. Night Shyamalan, Take Shelter se acerca al apocalipsis desde una perspectiva tan minimalista como introspectiva. Lo real y lo soñado, la vigilia y lo onírico, se mezclan y confunden en la mente del protagonista como herencia genética de la esquizofrenia. Convertido en una versión moderna y urbana de la Casandra mitológica, el protagonista se tendrá que enfrentar a todo aquello que ha construido alrededor de su vida y que la sustenta -su familia, su trabajo, sus amigos, su casa- mientras intenta convencer a los que le rodean que el fin del mundo no sólo está dentro de su cabeza.