sábado, 22 de septiembre de 2012

Enemigo público

(Enemy of the State)
USA, 1998. 132m. C.
D.: Tony Scott P.: Jerry Bruckheimer G.: David Marconi I.: Will Smith, Gene Hackman, John Voight, Lisa Bonet

La reciente desaparición del director Tony Scott demanda un repaso a una carrera tristemente ya clausurada (1). Con una filmografía íntegramente desarrollada dentro de los márgenes mainstream de la industria de gran aparato hollywoodiense, certificado tanto por su especialización en el blockbuster millonario de temporada como su adhesión a actores y técnicos de lustre, la reputación del director de El fuego de la venganza se ha visto condicionada por su imagen de valor seguro de la industria así como la aparente escasa entidad de sus vehículos de acción. Es, quizás, momento de una revalorización, pero no nos dejemos arrastrar por la fácil tendencia de intentar buscar oro donde, quizás, no hay más que un atractivo pero fugaz destello. La consideración de Tony Scott como un autor sería tan descabellado como el limitar su valía a un mero facturador de aparatosas películas de gran espectáculo. Por mucho que rastreemos a lo largo de su obra, nos sería imposible localizar algún atisbo de una mirada personal, del desarrollo tanto de una filosofía vital o la construcción de un mundo con señas de identidad.

Entonces, a raíz de esto, ¿podemos afirmar que Tony Scott es un director sin personalidad? No exactamente, porque lo que distingue al realizador británico es, precisamente, su condición de asalariado de la industria, de artesano cuya mayor habilidad consiste en lo predecible de sus productos. Tony Scott no tenía un estilo personal, pero si claramente identificable, e incluso distinguible de sus compañeros de oficio. Sin ir más lejos, su elaborado aparato audiovisual, a medio camino entre el vídeoclip y el spot publicitario, no sólo no se diferencia del de su más reputado hermano Ridley, sino que en el caso del director de Marea roja lo radicalizó en una evolución detectable en trabajos como Domino o su cortometraje Beat the Devil. De todo ello surge una filmografía tan honesta como irregular, en la cual cualquier idea con la que trabajara era filtrada por la unidireccional mirada de Tony Scott.

Enemigo público, su quinta película producida por el todopodoroso Jerry Bruckheimer, es un buen ejemplo de lo expuesto. Adelantándose unos años a la paranoia Post-11S, el guión de David Marconi retrata el mundo moderno en el que vivimos como una jaula rodeada de sistemas de vigilancia, convertidos en conejillos de indias manipulados, sin que nos demos cuenta, por una serie de dioses demiúrgicos que todo lo ven y, por tanto, todo lo pueden -como le dice en un momento del film el experto Edward Lyle al perseguido Robert Clayton Dean, cuanta más tecnología tenemos, más somos observados-. Para ello, Marconi no es precisamente sutil, haciendo que todos los elementos que conforman su libreto apunten en la misma dirección -el estudioso de las prácticas migratorias de la aves que utiliza una cámara oculta y que tiene amistad con un joven que edita un fanzine de fuerte contenido contestatario; la cinta que utiliza Dean para chantajear a un mafioso italiano quien es, a su vez, permanentemente vigilado por el FBI- y utilizando ciertos elementos del cine de espionaje de los 70 en general y una mirada directa a La conversación, en particular.

De hecho, en ocasiones, Enemigo público nos hace pensar que estamos ante una especie de remake/continuación del excelente film de Coppola, especialmente en dos puntos: la secuencia en la que Dean se encuentra en una plaza pública con su confidente y ex-amante Rachel mientras son controlados por todo un ejército de vigilantes, cada uno colocado en un puesto clave de cara a captar con sus micrófonos toda la conversación, y que recuerda a un momento muy parecido -la misma idea de la vigilancia encubierta de cara a conseguir una información- del mencionado film del director de El padrino. El segundo punto tiene un valor más irónico, y consiste en escoger al actor Gene Hackman para interpretar a Edward, quien, tras trabajar años en el servicio de telecomunicaciones del gobierno, ha decidido desaparecer, borrar su identidad y encerrarse en una celda que lo protege tanto como le aísla de una sociedad que se ha convertido en mil ojos que velan, supuestamente, por su (nuestra) seguridad. Precisamente, Hackman era el protagonista de La conversación, donde interpretaba igualmente a un experto en espionaje que pasaba a ser de observador a observado en una espiral paranoica muy parecida, aunque más matizada, a la que ofrece Enemigo público. De hecho, rizando el rizo, cuando sus perseguidores buscan información acerca de su pasado, en las pantallas se muestra una foto de Hackman sacada de La conversación. Esta es, sin duda, una de las posibilidades más sugestivas de Marconi: que Hackman esté interpretando al mismo personaje, transformado décadas después en un ser desarraigado, definitivamente apartado de todo y de todos.

En cambio, para Tony Scott todo esto no es más que una excusa para realizar una celebración de las capacidades de fragmentación de las imágenes en el cine contemporáneo. Todo un caleidoscopio de texturas y filtros cuyo objetivo es demostrar dos cosas: uno, la amplia gama de posibilidades a la hora de rodar algo, lo que sea, pudiendo colocar/esconder una cámara prácticamente en cualquier sitio -en un móvil, en un botón, las cámaras de seguridad de las tiendas, los satélites espaciales-; y dos, el virtuosismo del firmante del film no tanto como creador, sino como director de orquesta a la hora de dirigir/controlar a un cualificado equipo técnico -especialmente en lo que se refiere al director de fotografía Daniel Mindel y al montador Chris Lebenzon. En última instancia, antes que la dirección marcada por el guión de Marconi, Scott se busca sus propias referencias, ya sea a otros ilustre orquestador de paranoias de alta tecnología, Brian De Palma -la escena en la cual Will Smith se ve obligado a huir en ropa interior, sacada de La furia- o, directamente, a sí mismo -el pirotécnico clímax final que reescribe el de Amor a quemarropa-.
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(1) Sobre las 12.30 del mediodía del 19 de agosto de 2012, Tony Scott, de 68 años, aparcó su Toyota Prius cerca del puente Vincent Thomas, en San Pedro, Los Angeles, escalando la verja de seguridad de dos metros del mismo para, a continuación, arrojarse al vacío. Su cuerpo sería recuperado tres horas después por el equipo de fuerzas de seguridad dirigido por el teniente Joe Bale. El cineasta dejó varias cartas a sus familiares y amigos en las cuales, no obstante, no aclaraba los motivos de su suicidio. Aunque se ha especulado con la posibilidad de que sufriera un tumor cerebral inoperable, esta información ha sido desmentida por su familia. Recientemente se ha sabido el contenido del testamento, donde Scott ha dejado su fortuna -entre sus posesiones, su mansión en Beverly Hills valorada en un millón y medio de dólares- a su mujer y a sus hijos.