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miércoles, 26 de octubre de 2011

Hellbound: Hellraiser II

(Hellbound: Hellraiser II)
UK, 1988. 97m. C.
D.: Tony Randel P.: Christopher Figg G.: Peter Atkins, basado en una idea de Clive Barker I.: Ashley Laurence, Imogen Boorman, Kenneth Cranham, Clare Higgins

"Time to Play" Ese es el enunciado que esgrime Hellbound: Hellraiser II, el cual, lejos de ser una mera frase publicitaria, se presenta como una declaración de principios de los creadores del film, la cual, en un acto de honestidad, es refrendada en los primeros minutos de metraje: una precipitada recopilación de las imágenes con las que finalizaba Hellraiser. Los que traen el infierno, las cuales rompían con el tono imperante hasta ese momento. El director Tony Randel y el guionista Peter Atkins se agarran a esas imágenes como a un clavo ardiendo, conscientes de que son el camino perfecto para confirmar el inicio de una franquicia. "Es hora de jugar" O lo que es lo mismo, cojamos los elementos más impactantes de la ópera prima de Clive Barker (los efectos especiales y los ingredientes más morbosos) y despojémosles de cualquier tono adulto, profundo o retorcido -esto es, incómodo- para explotar su lado más espectacular.

No por casualidad, la primera escena tras los créditos nos muestra, a modo de prólogo, al actor Doug Bradley, quien interpreta al líder de los cenobitas Pinhead, sin maquillaje, incorporando al capitán Elliot Spencer a quien vemos manejando la temible Configuración de los Lamentos. Una secuencia análoga a la que abría el primer film, con Frank en la misma posición. Una vez resuelto el puzzle, unas cadenas surgen de la caja, traspasando con los ganchos de los extremos la piel de Spencer. Pero lo que sigue es inédito: unos monstruosos tentáculos cortan el rostro de Spender, creando una sangrienta cuadrícula, sobre la cual insertará una serie de clavos. Efectivamente, nos encontramos ante el origen de Pinhead, personaje que de escalofriante secundario en Hellraiser. Los que traen el infierno pasa a convertirse en el icono oficial de la saga.

Pero hay un motivo añadido para la existencia de esta secuencia. En un momento del film, Kirsty encuentra un foto antigua del capitán Spencer, la cual utilizará para enfrentarse a Pinhead -la actual forma del capitán-. La búsqueda de la redención de tan ambiguo ser -cuyos descarnados y retorcidos instintos contrastan con su hieratismo exterior- supone un intento de limpiar de incómodas aristas a una criatura cuya amoralidad suponía una barrera de cara a buscar la simpatía del público. No se trata tanto de eliminar la maldad de Pinhead, sino de demostrar que, a pesar de todo, es un ser humano como nosotros que, en un momento de su vida, fue transformado en un monstruo. Pinhead puede seguir dando miedo, sí, pero ahora es un terror reconocible, familiar.

En este sentido, lo más interesante de una secuela tan desafortunada como Hellbound: Hellraiser II consiste en evidenciar las complejidades del universo creado por Clive Barker. Esta segunda parte contiene los ingredientes más llamativos de la primera película: personas sin piel, criaturas monstruosas, lóbregos pasadizos inderdimensionales, viscoso gore, sexo perverso y una atmósfera lasciva y pegajosa. Pero dichos elementos, carentes de la mirada obsesivamente nihilista y fascinada por la degradación de la existencia del director de El señor de las ilusiones, quedan reducidos a un inofensivo catálogo de atrocidades, una barraca de feria, un tren de la bruja en el que el susto es seguido inmediatamente por la risa, como subrayan los temas de corte circense que compone Christopher Young.

De lo misterioso a lo risible, Hellbound: Hellraiser II realiza el recorrido inverso al de su predecedora. Si Barker partía de una serie de lugares comunes para moldear con ellos una creación personal, en esta ocasión se utiliza esa misma creación como punto de partida (y que provee las escasas buenas escenas del film: la resurrección de Julia en una obscena y sangrienta parodia de un coito o la imagen de ésta envuelta en vendas como una mujer invisible surgida del infierno) para penetrar en las convenciones del cine de terror del momento. Al igual que películas como Poltergeist II. El otro lado o Pesadilla en Elm Street 3, los protagonistas se internan en el territorio prohibido del que surge el Mal para enfrentarse con Él en su propio territorio. Un medio con el que cartografiar la mitología barkeriana -no sólo se nos muestra el mundo de los cenobitas, sino también algo así como una máquina creadora de cenobitas y la deidad que rige este universo- y cuyo principal objetivo parece consistir en borrar cualquier atisbo de coherencia interna. La aparición al final de los dos ayudantes de la mudanza que se veía en Hellraiser. Los que traen el infierno resulta un guiño tan simpático como revelador: todo es, en el fondo, un juego.

martes, 25 de octubre de 2011

Hellraiser. Los que traen el infierno

(Hellraiser)
UK, 1987. 94m. C.
D.: Clive Barker P.: Christopher Figg G.: Clive Barker I.: Andrew Robinson, Clare Higgins, Ashley Laurence, Sean Chapman

El evangelio sangriento según Clive Barker
Cuando Stephen King dijo que Clive Barker era el futuro de la literatura de terror estaba acertando a la vez que errando con su celebrada afirmación. Acertó, sin duda, a la hora de destacar el nombre del escritor inglés como una de las voces más interesantes del horror moderno, pero se equivocó en el tiempo: el autor de Cabal no era el futuro del terror, sino el presente. Especialmente porque la obra literaria de Barker surgía directamente del entorno que le vió nacer: la Nueva Carne cronenbergiana, que suponía la respuesta conceptual a la explosión gore que vivió el cine de terror de los 80 gracias al desarrollo de los efectos especiales de maquillaje, servía de molde para realizar un repaso renovador a los conceptos clásicos de la literatura de género. Barker se sumergía sin temor en los oscuros y purulentos misterios de la carne, diseccionando el cuerpo que daba forma al horror para mirar directamente como lo hórrido se representaba a través de retorcidos universos en los que el placer y el dolor, lo obsceno y lo excitante, se daban la mano en la búsqueda de la belleza medusea de lo escalofriante.

Todo un panorama abisal encerrado en una serie de relatos que, recopilados, formaban Books of Blood, la biblia neocárnica del terror según Clive Barker, y que en nuestro país fueron publicados originalmente en dos colecciones, Libros sangrientos I, II y III y Sangre 1 y 2. Pero lejos de limitarse a ser una mera exhibición de atrocidades coyuntural, la fascinación de Barker por la futilidad de la existencia y por la degradación de lo físico nos muestra a un joven escritor obsesionado por traspasar las barreras morales, sexuales y físicas de lo establecido, de lo políticamente correcto, para redescubrir la utilidad del género de terror como medio subversivo para destapar la impoluta sábana de seda con la que se intenta cubrir los aspectos más desagradables de nuestra realidad, aunque el resultado sea un cadáver descuartizado pasto de los gusanos. De hecho, el cine se ancargaría de demostrar la densidad del mundo literario de Barker ante la imposibilidad de traducirlo en imágenes manteniendo sus complejidades, como quedó evidente en adaptaciones tan poco afortunadas como Underworld (no confundir con la saga de licántropos y vampiros protagonizada por Kate Beckinsale) o la profundamente psicotrónica Rawhead Rex.

The Hellbound Heart
Hellraiser. Los que traen el infierno supone tanto un intento de Barker de ver plasmado su mundo creativo de manera fiel en la gran pantalla tras los descalabros de los títulos anteriormente mendionados como un medio para expandir ese mismo mundo a otros medios artísticos (recordemos que Barker, aparte de escritor, también es pintor y dibujante). Así, la carta de presentación de Pinhead sigue el mismo camino que los textos del director de Razas de noche, filtrando el legado del género a través de la mirada personal del director y guionista. La estructura de Hellraiser. Los que traen el infierno se compone de diferentes motivos genéricos: el caserón encantado (esa mansión apartada de la civilización que parece alimentarse de la sangre de sus ocupantes), el slasher (la gélida Julia convirtiéndose en una asesina en serie para proveer cuerpos a su amante para que éste recupere los músculos y la piel), la monster movie (los cenobitas, sadomasoquistas criaturas interdimensionales cuya carne lacerada se fusiona con sus ropajes de cuero) e, incluso, el cine erótico más morboso (el triángulo entre el marido, la mujer y un ser esquelético que se oculta en una de las habitaciones).

Pero el acercamiento de Clive Barker a estos elementos no es tan narrativo como escenográfico. La primera imagen tras los títulos de crédito nos muestra la Configuración de los Lamentos, la caja-puzzle que sirve de llave para abrir las puertas del reino del dolor y el placer. La mano de Frank deja el dinero encima de la mesa, mostrando unas uñas negras, llenas de suciedad. La siguiente escena le coloca en medio de la más absoluta oscuridad, rodeado de velas, manipulando la caja. Esa mezcla entre sordidez y obsesión define mejor al personaje que cualquier línea de guión. Igualmente, poco después el infierno estallará en esa misma habitación: el suelo cubierto de trozos de carne y de entrañas; las cadenas tintineantes; el chirriar del tronco central girando, adornando por calaveras y huesos; una mano enguantada recompone un rostro humano, dividido en trozos. Lo cotidiano desaparece en favor de lo abismal y el cuerpo humano se convierte en un puzzle cuyas piezas se pueden desordenar.

Durante la mayor parte de su metraje, Hellraiser. Los que traen el infierno posiblemente era una de las muestras más penetrantes del género en su momento, al aprovechar los estilemas más gráficos de éste (esto es, los efectos especiales y el gore) y desechando los más superficiales o blandos (el protagonismo de personajes adolescentes), para darles un enfoque adulto, consiguiendo una atmósfera mórbida y asfixiante que surge tanto de los ambientes (esa casa inundada por la oscuridad y lo repelente; esa iconografía católica de corte kitch y esa cocina infestada de cucarachas y gusanos) como de las acciones de los personajes (las ratas clavadas a la pared; Frank destripando a una rata mientras delante de él Julia se acuesta con Larry, hermano del primero y esposo de la segunda). La intensa degradación física de la que hace gala Hellraiser. Los que traen el infierno, su incomodidad corpórea -esa camisa blanca puesta encima del torso en carne viva de Frank; el suero que se llena de sangre hasta reventar- resulta la pútrida manifestación de los esquinados laberintos amorales que rigen los caminos de los protagonistas.

Más oscuro de lo que pensáis
Volviendo al comienzo de estas líneas, decía que Clive Barker no era tanto el futuro del género como su presente. No me refería sólo a la coyunturalidad de su obra, sino que su futuro como creador discurriría por caminos diferentes a los de sus inicios, alejándose del palpitante corazón lleno de oscuridad, entrañas y criaturas abominables, como si el reflejo del Mal le hubiera aterrorizado. Pero no tenemos que alejarnos tanto, porque la propia Hellraiser. Los que traen el infierno evidenciaba las consecuencias al internarse en las profundidades de lo hórrido.

En los últimos minutos del clímax final, en el momento en el que la presencia adulta desaparece y quedan abandonados los jóvenes Kirsty y su novio, la película pierde la seriedad que había acumulado hasta el momento, como si se viera contagiada por el protagonismo de sus adolescentes personajes, traduciéndose en un tour de force lleno de persecuciones, chistes y pirotecnia. Un espectáculo de ruido y de furia que, no por casualidad, está ausente de la novela corta en la que se inspira el film, The Hellbound Heart. De esta forma, se refrenda la importancia de Hellraiser. Los que traen el infierno: no sólo sirve de inquietante y turbador resumen cinematográfico del descarnado universo literario de Clive Barker, sino que también auguraba, esta vez sí, su futuro.