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viernes, 4 de febrero de 2011

Piraña (2010)

(Piranha)
USA, 2010. 88m. C.
D.: Alexandre Aja P.: Alexandre Aja, Mark Canton, Grégory Levasseur & Marc Toberoff G.: Pete Goldfinger & Josh Stolberg I.: Richard Dreyfuss, Ving Rhames, Elizabeth Sue, Christopher Lloyd F.: 2.35:1

Convertida hoy en un clásico moderno del cine de terror, la original Piraña no dejaba de ser el enésimo proyecto crematístico de Roger Corman en su intento de sacarle partido al estrepitoso triunfo del Tiburón de Spielberg. Fue gracias al talento y la habilidad de sus creadores (el director Joe Dante, el guionista John Sayles, el compositor Pino Donaggio, el montador Mark Goldblatt, el maquillador Rob Bottin) que lo que estaba destinado a ser un mero exploit no sólo llegara a desarrollar una personalidad propia, sino que generaría su propia descendencia (Piraña II. Los vampiros del mar, el debut de James Cameron -mal que le pese- en 1981 y el telefilm Piraña '95 en, lógicamente, 1995). La realización de este remake treinta y dos años después no sólo sirve para legitimar el film de Dante, sino que lo sitúa por encima del de Spielberg desde el momento en el que ha sido elegido antes que su modelo para una "reactualización".

El elegir a Richard Dreyfuss -vestido con la misma ropa que su personaje de Tiburón, pescando en su barca y, además, escuchando por la radio la misma canción que él y sus compañeros cantaban mientras descansaban en su cruzada contra el escualo asesino- como la primera víctima de este nuevo Piraña supone, por parte de Alexandre Aja, un certificado de autenticidad: su película no es una muestra más de la corriente de remakes de películas de terror que inundan la cartelera, sino que enlaza con el film original del que parte a través de un guiño al film que, a su vez, originó el film de Joe Dante.

La participación de Dreyfuss se limita a su condición de guiño cómplice sirviendo de alimento a los depredadores peces a las primera de cambio, una vez ha cumplido su función. A continuación los títulos de créditos son ilustrados por la localización en la que transcurrirán los hechos: una pequeña ciudad universitaria portuaria que, con la llegada del verano, se ha llenado de los jóvenes que disfrutan de sus vacaciones. Con un ritmo acelerado, no carente de ralentizaciones y aceleraciones de la imagen, y música electrónica de corte hip hop se nos muestran el ambiente festivo que se vive: cientos de chicos y (sobre todo) chicas de esculturales y estilizados cuerpos haciendo gala de su turgente carnalidad: minúsculos bikinis, alcohol y camisetas empapadas resumen las intenciones del film: no se trata de hablar al espectador objetivo a través de su propio lenguaje made in MTV, sino enseñarles que ellos son la carnaza. Y es que el mensaje de Piraña no puede ser más diáfano: el segmento que une los dos puntos de la carnalidad: su belleza y su violenta corrupción.

De esta manera, durante su primera parte Piraña se centra en exhibir de manera tan descarada como jovial el espectacular físico de sus personajes. Para ello, Aja sube a sus protagonistas a un barco pilotado por un excéntrico director de productos eróticos al más puro estilo de la productora de Girls Gone Wild con su cámara y sus dos esculturales modelos. Durante la travesía, Aja pone en primer término el erotismo soterrado que se atisbaba en el fondo de los films de Spielberg y Dante, y que ya había sido apuntado tanto en Piraña II. Los vampiros del mar (la pareja de submarinistas copulando bajo el agua que abría el film) y en Piraña'95 (que ofrecía como plato principal para las pirañas una chica digna de un film de Russ Meyer), comenzando con los juegos erotómanos -vierten champán y sal en el vientre de una de las modelos para que, a continuación, tendrán que lamer los protagonistas- y cuyo momento álgido será la danza subacuática de las dos modelos completamente desnudas a los sones del célebre duetto "Sous le dôme épais où le blanc jasmin" compuesto por Léo Delibes, transformadas en dos sirenas de la carnalidad.

Tras este despliegue de voluptuosidad epidérmica en el que el cuerpo en su apogeo, es decir, el físico adolescente, lleno de deseo y atracción, es protagonista absoluto, con los ataques de las voraces pirañas prehistóricas Aja nos muestra con todo lujo de detalles la vulnerabilidad de ese cuerpo, la manera con la cual lo atractivo se torna horroroso. De igual manera que, hasta este momento, Piraña parecía un casting en el cual las actrices muestran -publicitan- sus evidentes encantos, la segunda mitad sirve para que los maquilladores Nicotero y Berger desplieguen tanto su talento como su imaginación a la hora de destrozar y corromper esa misma carne. Piraña se convierte en una orgía de mutilaciones, una exhibición de atrocidades que nunca parece llegar a su culmen. Que Aja se recree en la manera en la que sus criaturas humanas son despedazadas no es, en absoluto, gratuita: supone la honesta respuesta al deleite con el que retrataba las voluptuosas curvas que, primero, acaparaban nuestra atención y, ahora, nos obligan a apartar la vista. Eros y Tanatos se fusionan ya sea de modo irónico (tras ser atacada por las pirañas, lo único que queda de una de las modelos son... sus implantes de silicona) o decididamente zafio (una de las pirañas devora y vomita un pene en primer plano).

Esta apuesta radical por lo físico, por lo superficial (y ahí entra también el uso de las 3D de una manera tan efectista como descarada), sin duda, dota al discurso de Piraña de una coherencia, pero, a la larga, acaba pasándole factura al film en el momento en el que, en su recta final, Aja pone a sus protagonistas en una situación límite -el barco se hunde en un lago de sanguinarias pirañas- sin que nos importe lo más mínimo ni su situación ni su destino por su condición de estereotipos cuya personalidad interesa menos que su figura. Y es que en Piraña el auténtico McGuffin son las propias pirañas, cuyo origen y final ni siquiera preocupa a sus creadores... Aún menos a nosotros.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Reflejos

(Mirrors)
USA/Rumanía/Alemania, 2008. 112m. C.
D.: Alexander Aja P.: Grégory Levasseur, Alexandra Milchaun & Marc Sternberg G.: Alexandre Aja & Grégory Levasseur I.: Kiefer Sutherland, Paula Patton, Cameron Boyle, Erika Gluck F.: 2.35:1

En los últimos años, el cine fantástico francés ha recibido un fuerte impulso por parte de una serie de jóvenes directores que se han acercado al género a través de la vertiente más cruda y dura del terror. Películas como Calvaire, de Fabrice Du Welz (quien posteriormente dirigió la tremenda Vinyan); Martyrs, de Pascal Laugier, o À l'intérieur, de Alexandre Bustillo y Julien Maury, demuestra el buen estado de forma, al menos, desde una perspectiva cuantitativa (la calidad de tales propuestas es otra cosa), del gore francés. Pero entre todo este grupo de nombres, destaca el de Alexander Aja, joven bárbaro que debutó con la salvaje Alta tensión, demostrando una mirada certera y sin complejos hacia la violencia más descarnada. Su salto al cine norteamericano confirmó dicho talento con la excelente Las colinas tienen ojos que conseguía radicalizar y actualizar el original setentero de Wes Craven. Reflejos supone un paso más hacia la integración de Aja en la industria americana, poniéndose al frente de una producción más estandarizada encabezada, además, por una estrella como Kiefer Sutherland (especialmente, por su papel en la serie de TV 24).

Reflejos parece querer poner en imágenes la célebre sentencia de Friedrich Nietzsche: "cuando miras al abismo, el abismo te devuelve la mirada". En este caso, el abismo está representado por la figura de los espejos, los cuales, con su reflejo invertido de nuestra realidad, evidencian la distorsión con la que la moldean. En Reflejos los espejos funcionan tanto como catalizadores de nuestros miedos internos como una puerta hacia una realidad paralela a la nuestra. La utilización como motor del terror de un elemento de aplastante cotidianidad (nuestra vida corriente está marcada por la presencia de nuestro reflejo) le sirve a Alexandre Aja para intentar demostrar que, además de un director físico, también tienen talento para internarse en el horror psicológico, construyendo su película más atmosférica.

Los mencionados espejos diabólicos que suponen el foco del Mal están situados en el interior de un inmenso y antaño lujoso centro comercial, ennegrecido y arrasado por un incendio que acabó con cientos de vidas. Este escenario convierte a Reflejos en una variante de El resplandor, con su protagonista, Ben Carson, recorriendo los oscuros y abandonados pasillos del edificio en el que trabaja como vigilante. El pasado traumático de Ben no sólo sirve como lazo de unión con el protagonista del film de Kubrick basado en la novela de Stephen King, sino que aporta una mirada ambigua al comportamiento de Ben, como si las entidades sobrenaturales que le acosan fueran manifestaciones de su mente desquiciada (en un momento del film, su mujer le advierte que las pastillas que está tomando pueden provocarle alucinaciones).

Si bien durante la escena de la primera noche que Ben pasa vigilando el edificio demuestra la habilidad de Aja para sacarle partido al escalofriante escenario (los primeros planos de las cabezas de los maniquíes, estáticos y mudos testigos de las acciones del protagonista), a medida que transcurre el metraje el director francés pierde el interés por los vericuetos mentales de Ben y se concentra en construir un thriller sobrenatural, con su protagonista inmerso en una búsqueda contrarreloj con la que lograr parar las fuerzas del Mal que le amenazan a él y a su familia. A partir de este punto, Reflejos se esfuerza en hacer físicas las amenazantes fuerzas sobrenaturales con la intención de desplegar un espectáculo de efectos especiales digitales que anulan cualquier atisbo de sugerencia en un cóctel genérico con posesiones diabólicas, mad doctors y American Gothic cuyo principal objetivo es concentrar el horror en una explicación lógica: un problema "real" que pueda solucionarse.

A lo largo de la película se incluyen una serie de escenas de choque que suponen la firma de Aja, como si quisiera preservar su posición de auteur del horror visceral, sangriento y cárnico o, quizás, como mero guiño a unos fans desconcertados por este paso en falso. Escenas como el prólogo, con un atemorizado guardia de seguridad cercenándose la garganta; el vídeo que muestra las declaraciones de una persona cuyo rostro está totalmente desfigurado por obra de las llamas; o, sobre todo, la angustiosa y descarnada agresión a una joven que está tomando un baño certifican el talento de Aja como cronista de la corruptibilidad del cuerpo a través de la violencia, pero su intermitente impacto sirve también para evidenciar la convencionalidad del resto del film.