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domingo, 20 de junio de 2010

El Señor de los Anillos. El retorno del Rey

(The Lord of the Rings: The Return of the King)
USA/Nueva Zelanda/Alemania, 2003. 251m. C.
D.: Peter Jackson P.: Peter Jackson, Barrie M. Osborne & Fran Walsh G.: Fran Walsh, Philipa Boyens & Peter Jackson, basado en el libro de J.R.R. Tolkien I.: Sean Austin, Elijah Wood, Ian McKellen, Viggo Mortensen F.: 2.35:1

El prólogo con el que se inica la tercera entrega de la colosal (y elefantiásica) adaptación de la mítica obra de J.R.R. Tolkien no sirve sólo como muestra de lo que podríamos llamar el origen de Gollum, sino que concentra en sus imágenes tanto la representación del mundo en el que habitan los protagonistas como la amenaza que se cierne sobre él. Una idílica estampa de Smeagol y un amigo pescando subidos en una barca que descansa plácidamente en un cristalino lago rodeados de una radiante y hermosa vegetación. El encuentro del anillo no sólo cambia radicalmente a su propietario, sino que varía, degrada, su entorno, confinándole a un hábita oscura y rocosa, en suma, estéril. Un camino que resume la estructura que ha seguido la propia película (la suma de sus partes): desde aquellas bucólicas imágenes que nos describían la vida en La Comarca hasta desembocar en el pedregoso camino que lleva hasta la Grieta del Destino. Precisamente en esa imagen, la de dos pequeñas figuras avanzando con dificultad a través de un gigantesco terreno hostil, reside la clave del éxito de la película.

A pesar de que nombrar El Señor de los Anillos supone hablar de una obra de grandiosa espectacularidad, y las primeras escenas que nos viene a la mente son planos aéreos de masas de ejércitos enfrentándose, la auténtica fuerza del film reside en las pequeñas historias o, mejor dicho, en las historias individuales que son el motor dramático de la gran épica. Así, lo emocionante de la intensa batalla que se libra en Minas Tirith no reside en los planos de la cámara siguiendo el vuelo de las enormes rocas lanzadas contra los muros de la fortaleza; ni en las horrendas criaturas voladoras que arrastran con sus afiladas garras filas y filas de soldados. La fuerza de esta larga (y sí, espectacular) escena se concentra en esos planos de Eowyn y Merry esperando, junto al resto de soldados, para atacar. En sus rostros se manifiesta el cúmulo de sensaciones previas a una batalla decisiva: miedo por la posibilidad de morir y euforia por lograr la victoria; y que explota en el vibrante enfrentamiento entre Eowyn y el Rey Brujo. O el heróico sacrificio de Faramir, quien siente en sus hombros tanto la sombra de su hermano muerto como el desprecio de su padre.

Es por todo esto que la última hora de El Señor de los Anillos. El retorno del Rey me parece lo mejor de las tres entregas juntas. La entrega más apocalíptica (la Tierra Media está al borde del abismo y los héroes que la defienden se ven superados por las fuerzas del mal a las que se enfrentan), tenebrosa (la lucha con Ella-Laraña, el segmento más atmosférico del film; el ejército de almas errantes, con esa imagen tan poderosa como tétrica de los héroes nadando en un océano formado por calaveras) y física (la imagen de Frodo con el torso desnudo, marcado por cicatrices que suponen un mapa del accidentado camino que ha recorrido) y que culmina con dos hobbits que hace tiempo que dejaron su fuerza atrás y que sólo les mueve la voluntad arrastrándose hacia un destino que les duele pero que no pueden evitar, mientras un Rey y un ejército son asediados, pendientes de las heróicas hazañas de dos seres que nos les llegan ni a la cintura.

De ahí la pertinencia de la conclusión del relato, tan discutida como, me temo, incomprendida. El regreso de los cuatro hobbits a La Comarca, que se ha mantenido al margen de todo lo que ha ocurrido, supone un bloque tan hermoso como triste. En él comprobamos por lo que han arriesgado sus vidas (la posibilidad de Sam de formar una familia y criar a sus hijos en un mundo seguro y radiante, símbolo de todo un mundo que vuelve a vivir), pero también el enorme sacrificio que han tenido que acarrear (Frodo ha sido marcado por las tinieblas, que se han quedado con una parte de él, y ya no pertenece a la tierra que él mismo salvó). Resumen de los ingredientes necesarios a la hora de escribir una gran aventura épica.

lunes, 26 de abril de 2010

El Señor de los Anillos. Las dos torres

(The Lord of the Rings: The Two Towers) USA/Nueva Zelanda/Alemania, 2002. 223m. C.
D.: Peter Jackson
I.: Viggo Mortensen, Ian McKellen, Elijah Wood, Sean Astin

El principio de la segunda entrega de la monumental adaptación de Peter Jackson del clásico de J.R.R. Tolkien sirve tanto de declaración de principios como de compendio y resumen de las intenciones del diretor neozelandés. Una panorámica recorre unas escarpadas y nevadas montañas. La cámara retrata lentamente, con solemnidad, el paisaje mientras, a lo lejos, se oyen los gritos de una persona que está luchando por su vida. La cámara se acerca a la entrada de una caverna que se abre en la dura roca y, ahí, en su interior, encontramos a nuestros héroes. Decía el crítico Hilario J. Rodríguez que hacía mucho que el espectador había perdido el asombro a la hora de acercarse a mundos inéditos. Hoy en día, recorremos lejanas galaxias y mundos fantásticos como si estuviéramos paseando por el salón de nuestra casa. El comienzo de El Señor de los Anillos. Las dos torres recupera esa fascinación al relatar una historia épica, más grande que la propia vida, por la salvación de un universo mágico.

Sin desmerecer las justamente célebres escenas de batalla (planificadas y resueltas de manera impecable, combinando el espectáculo y la dramaturgia; la emoción y la euforia; la fisicidad del combate y la amplitud digital) lo que más me interesa de la trilogía en su conjunto y esta segunda parte en particular es la mirada telúrica de Jackson a la hora de describir ese mundo amenazado por la oscuridad: la panorámicas que nos muestran los verdes valles que recorren los héroes, bajo los limpios cielos, en contraposición a la sordidez y oscuridad de los hediondos y pútridos agujeros llenos de orcos. La quietud y solemnidad que se desprende de la actitud pausada y reflexiva de los Ents enfrentado a la trepidante y visceral lucha por defender a todo un pueblo. Como vemos, El Señor de los Anillos. Las dos torres es una película basada en los contrastes (la luz contra la oscuridad, lo bello contra lo desagradable, el bien contra el mal; un enfrentamiento tan antiguo como maniqueo, pero siempre efectivo), de ahí que la estructura de la película se fragmente, mostrando el punto de vista de varios de los personajes, recorriendo cada uno el camino individual que el destino (y las leyendas) les ha preparado en busca de un objetivo común.

De esta mirada fascinada (y fascinante) surge un hálito sobrenatural, mágico, que enriquece considerablemente el aliento épico del relato: la comunión, más allá del espacio, entre Arwen y un moribundo Aragorn sellada por un beso más espiritual que físico; el exorcismo al que es sometido un poseído rey Theoden, decrépito y balbuceante, por parte de Gandalf; la viscosa presencia del perverso conspirador Grima; la barrera entre la vida y el más allá traspasada por Frodo al sumergirse en unas ciénagas formadas por cadáveres; la tétrica escena en la que Faramir se despide del cuerpo de su hermano muerto; la retorcida presencia de Gollum, cuya esquizofrénica personalidad es representada por un imaginativo plano/contraplano o la utilización del tronco de un árbol para mostrar la barrera que divide las dos partes de su escindida identidad.

Hacia el final de este largo (demasiado, más en su agotadora versión extendida) viaje, Sam realiza una metalingüística reflexión acerca del espíritu legendario que se encierra en el centro mismo de sus propias aventuras, viéndose a ellos mismo (Frodo y Sam, pero también el resto: Aragorn, Legolas, Gandalf y Gimli; Pippin y Merry) como personajes de esas leyendas legendarias (valga la redundancia) que, en el futuro, se contarán de generación en generación acerca de un mundo ya antiguo y de los héroes que sacrificaron su vida por su conservación. Un bonito homenaje tanto a la inmortal obra literaria de Tolkien como al esfuerzo del propio director por asombrar a una audiencia que ha vuelto a recuperar su sentido de la maravilla.