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lunes, 31 de enero de 2011

Star Wars. Episodio I: La amenaza fantasma

(Star Wars. Episode I: The Phantom Menace)
USA, 1999. 136m. C.
D.: George Lucas P.: Rick McCallum G.: George Lucas I.: Liam Neeson, Ewan McGregor, Natalie Portman, Jake Lloyd F.: 2.35:1

Primero aparece el logo de la 20th Century Fox, seguido del de la productora Lucasfilm. La pantalla se queda en negro unos pocos segundos. Oscuridad rota por una frase de color azul: "Hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana" El público contiene la respiración. Y, de golpe, la fanfarria icónica de John Williams atrona por los altavozes mientras el título llena la pantalla y se pierde en el espacio. Y en ese instante el vello de los espectadores se eriza, porque ya no se encuentran sentados en una butaca de un cine, sino en una máquina del tiempo que les retrotrae a un instante perdido en su memoria sentimental. Este efecto, irrepetible ya, supone la consolidación de la saga galáctica como parte indisociable del inconsciente popular colectivo: su posición como mitología popular del S.XX (como lo puedan ser los superhéroes de los comics). Pero también evidencia el abismo insalvable al que se enfrenta este nuevo episodio.

Que dieciséis años después del estreno de El retorno del Jedi se estrene una nueva entrega con la misma cabecera de presentación (a modo del opening de una serie de TV) supone para el público potencial lo más parecido a una prodigiosa crema rejuvenecedora: nada ha cambiado, todo sigue igual. Pero, a los pocos minutos, la realidad se impone: la cámara desciende y enfoca una nave espacial la cual supone la descendiente moderna de la maqueta con forma de Crucero Imperial que inauguraba la original La guerra de las galaxias: su forma virtual resulta todo un certificado de nacimiento.

Star Wars. Episodio I: La amenaza fantasma podría haberse subtitulado perfectamente "Misión imposible"desde el momento en el que la materialización física del universo Star Wars (esto es, en un nuevo film) se tenía que enfrentar a la idealización mental (y sentimental) del aficionado, para quien los tres episodios anteriores no eran tanto películas como la parte central de un universo en contínuo estado de expansión. Quizás consciente de esto, y de tener entre manos un éxito financiero asegurado, George Lucas plantea este "Episodio I" como una pequeña pieza de un engranaje que todavía estar por ver (los futuros "Episodio II" y "Episodio III"). Por tanto, al contrario que sus hermanas mayores, Star Wars. Episodio I: La amenaza fantasma no funciona tanto como película independiente como parte de un proyecto común.

Star Wars. Episodio I: La amenaza fantasma luce desde sus primeras imágenes su condición de entrega-piloto, de inicio de todo. Lo colores terrosos de su fotografía, en contraste con los ángulos rectos y colores blancos de la trilogía original, nos sitúan en la prehistoria de un universo en el que aún no han nacido Luke Skywalker, Leia Organa y Han Solo, y en el que Darth Vader todavía es un inocente niño que se preocupa en ayudar desinteresadamente a los demás. La puesta en escena clásica de la que hace gala Lucas subraya el aspecto retro del film: su rechazo al montaje corto imperante en el cine de acción/espectáculo coetáneo supone toda una declaración de principios de su estatus como creador de una cosmogonía personal que se ha convertido en credo universal.

Consciente de la dificultad que supone sustituir una serie de personajes icono por un elenco nuevo y desconocido, Lucas centra Star Wars. Episodio I: La amenaza fantasma en lo que en los anteriores títulos suponía el segundo plano: el cartografiar con todo lujo de detalles infográficos el (los) mundo(s) en el que transcurren los sucesos. Los escenarios y las diferentes razas espaciales que se mueven por ellos acaban teniendo más importancia que los personajes protagonistas, los cuales basan su carisma en su condición de sombras. La épica de Star Wars. Episodio I: La amenaza fantasma no surge de su propio contenido, sino de la relación que este establece con el futuro: en el momento en el que el caballero Jedi Qui-Gon Jinn presenta a Anakin Skywalker a su joven aprendiz Obi-Wan Kenobi la memoria del espectador se dispara hacia las funestas y trágicas consecuencias que este nimio momento deparará; cuando Obi-Wan se ve obligado a la condición de observador del enfrentamiento entre su maestro y el Sith Darth Maul está siendo testigo de su propia muerte; la inocente sonrisa que la reina Amidala le brinda a Anakin es el preámbulo de un romance tangencial para el futuro de toda la galaxia.

Star Wars. Episodio I: La amenaza fantasma está lejos de ser una película perfecta (en el debe podemos anotar la irritante presencia de Jar Jar Binks; los modelitos que luce la reina Amidala, empeñada en convertirse en la Björk de las galaxias; unos diálogos que combinan lo insustancial de su contenido con la gravedad de su enunciado con resultados irrisorios y, en general, un tono excesivamente blando) pero no debemos tampoco minusvalorar la capacidad de Lucas para recuperar (o, al menos, intentarlo) el sentido de la maravilla de sus espectadores -haciéndoles viajar a planetas desconocidos, conocer razas nunca antes vistas- en unos tiempos nada dados a la inocencia (ese mismo año se estrenaba la "oscura" y cyberpunk Matrix) y, en suma, para continuar su gran obra década y media después y hacerlo con una película que, no nos engañemos, difícilmente podía haber sido mejor pero sí mucho peor.

martes, 21 de diciembre de 2010

La guerra de las galaxias

(Star Wars)
USA, 1977. 125m. C.
D.: George Lucas P.: Gary Kurtz G.: George Lucas I.: Mark Hamill, Harrison Ford, Carrie Fisher, Peter Cushing F.: 2.20:1

Pocas películas pueden presumir de exhibir su condición de mito cinematográfico (y social) a tantos niveles como lo hace La guerra de las galaxias a lo largo de su metraje. Personajes, diseño, música, sonidos, líneas de diálogo, términos... prácticamente cualquier apartado que estudiemos ha aportado su granito de arena a la hora de encumbrar a la película de George Lucas como, posiblemente, el título más mítico de la historia del cine, puesto que su impacto no sólo dejó huella en el ámbito cinematográfico que la vio nacer, sino que se integró en el código genético de su público: La guerra de las galaxias es, quizás, la única película que puede lucir en su currículum el haber definido a toda una generación.

Atendiendo a esto, resulta tremendamente complicado acercarse hoy en día a La guerra de las galaxias para verla como lo que, en puridad de conceptos, es -una película-, a la que analizar por sus valores estrictamente cinematográficos. Resulta tan complicado como erróneo, porque su cuerpo fílmico y su sombra sociológica son indisociables, especialmente porque una es consecuencia de la otra. La primera entrega de la (por ahora) sextalogía de Star Wars utiliza como núcleo de su argumento (y de su sentido) la escena cinematográfica de la década en que es creada, desarrollada y estrenada: la "nueva esperanza" que subtitula este episodio cuatro se refiere tanto al descubrimiento por parte de la Alianza Rebelde de la figura de Luke Skywalker, arma clave a la hora de enfrentarse al Imperio, como a la necesidad de resucitar el espíritu de la aventura que anidaba en los seriales que un jovencito George Lucas devoraba en su niñez.

Sin duda, si tuvieramos que buscar una tonalidad para representar el cine norteamericano de los 70 acudiríamos al color negro. Una pátina de oscuridad cubrió los géneros cinematográficos clásicos: los acercamientos al western, al policíaco, al terror o al drama se veían marcados por un realismo que pretendía retratar la sordidez y la tristeza que se respiraba en las calles de la norteamérica del desencanto. Un ejemplo de esta mirada gris lo podemos encontrar en la primera película de Lucas, THX 1138, esterilizado e intelectualizado film de ciencia ficción que vaciaba al género de su componente lúdico para llenarlo con la distancia de la experimentación. Daba la impresión de que desde Hollywood se buscaba el despertar a su público de un sueño americano que, poco a poco, se iba tornando en una pesadilla: la emoción era un sentimiento naif pasado de moda.

Ante este gris panorama, la secuencia de apertura de La guerra de las galaxias supone un golpe en la mesa cuyo seísmo se extiende por toda la platea del cine: la enérgica fanfarria compuesta por John Williams sirve de carta de presentación para el título de la película, que se pierde en la inmensidad del espacio. Un espacio que será cruzado primero por una pequeña nave que es perseguida por un crucero imperial. La cámara recoge en contrapicado la interminable estructura de la nave, que llena la pantalla, colocándose por encima de los propios espectadores quienes sólo pueden observar con asombro la inmensidad del crucero, el cual parece inerminable. Con esta imagen inaugural, La guerra de las galaxias recupera, de un golpe, todo el sentido de la maravilla de la añeja space opera: cuando Georges Lucas decidió comenzar su película con la legendaria descripción "Hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana", no estaba pensando en el universo cinematográfico en el que se desarrollaba su historia, sino en el recuerdo que mantenía vivo en su memoria y que le retrotraía a hace muchas décadas en una industria del entretenimiento muy, muy lejana.

A pesar de su envoltorio de ciencia-ficción, La guerra de las galaxias se nos presenta más bien como un contenedor de géneros cinematográficos filtrados por la mirada adolescente (y, por tanto, tan ingenua como fantasiosa) de su director: la pareja formada por el alto y delgado C3PO y el pequeño y redondo R2D2 supone la cibernetización de dúos cómicos tan conocidos como Laurel y Hardy o Abbott y Costello; la imponente y oscura presencia de Darth Vader nos remite al cine de terror (no por casualidad trabaja bajo las órdenes de Peter Cushing, emblemático actor de la productora británica Hammer, especializada en cine fantástico); Luke Skywalker, el joven de humilde raices predestinado a salvar el universo y que acude al rescate de la princesa Leia, son arquetipos del más clásico relato de aventuras; Han Solo, con su porte chulesco y su actitud arrogante que intentan esconder la nobleza de sus acciones, parece sacado de un western y la batalla final entre los X-Wings de la Alianza Rebelde y los Caza TIE del Imperio utiliza los códigos del cine bélico (los vertiginosos travellings por las trincheras de la Estrella de la Muerte nos remiten al Stanley Kubrick de Senderos de gloria).

La importancia de La guerra de las galaxias reside en su condición de recopilación de los estilemas, elementos y arquetipos básicos del concepto de aventura. Pero una recopilación desprovista de cualquier ánimo irónico o postmoderno (como sí lo tendrá la siguiente creación de George Lucas, el arqueólogo Indiana Jones, igualmente sacado de los seriales de los años 30), sino mostrándolo en su absoluta pureza: ingenuo pero emocionante; maniqueo pero vibrante; cegador en su blancura pero lleno de contínuos peligros. En suma, por haber sabido destilar a través de sus elementos eso tan seductor pero a la vez tan etéreo que es la magia. Por eso, La guerra de las galaxias fue importante en su momento, y esa es la misma razón por la que lo es hoy y lo seguirá siendo mañana: porque recupera la verdadera esencia del cinematógrafo en particular y de los cuentos en general: sumergir al espectador/lector/oyente en los mundos más fascinantes para hacerle vivir las aventuras más apasionantes.