(The Last Airbender)USA, 2010. 103m. C.
D.: M. Night Shyamalan P.: Scott Aversano & M. Night Shyamalan G.: M. Night Shyamalan I.: Noah Ringer, Dev Patel, Nicola Peltz, Jackson Rathbone F.: 2.35:1
Como si fueran un grupo de buitres que han estado sobrevolando a su preciada presa desde hace tiempo, los críticos de cine (especialmente los norteamericanos) se han lanzado ávidamente a por ella ante la primera señal de tropiezo. El divorcio entre Shyamalan y la crítica se inició con El bosque y se fue incrementando a medida que progresaba la cinematografía del director indio, cuyo mayor pecado ha sido siempre el de esgrimir una insobornable personalidad. Esta era, al mismo tiempo, el mayor aliciente y el mayor temor que sus admiradores teníamos ante esta adaptación de la serie original de Nickelodeon, Avatar: la leyenda de Aang: ¿sería compatible el estilo sereno y tendente al minimalismo del director de Señales con los códigos de conducta de una superproducción hollywoodiense?En una entrevista con motivo del estreno de El Señor de los Anillos: La comunidad del Anillo, su director, Peter Jackson, se lamentaba de no haber conseguido profundizar mas en el espíritu telúrico de su elefantiásica trilogía, privilegiando el aspecto épico de la misma. Aquí es donde sale triunfante Shyamalan, quien utiliza los elementos propios de las sagas fantásticas de gran aparato surgidas a raiz del éxito de la adaptación del libro de Tolkien (imponentes paisajes, constante predominio de los efectos especiales digitales, la clásica historia del viaje iniciático del Elegido para salvar al mundo) no tanto para explotar el componente grandilocuente de las mismas sino el espíritu místico que anida en su interior. Por tanto, Airbender. El último guerrero acaba entrando con naturalidad dentro de la filmografía de Shyamalan, proclive a ofrecer una mirada a ras del suelo de géneros tan dados al exhibicionismo pirotécnico como las invasiones extraterrestres, los superhéroes o, incluso, el cine de fantasmas.
En este sentido funcionan las excelentes coreografías en las que el protagonista da rienda suelta a sus poderes, construidas mediante elegantes y espectaculares planos secuencia. Lejos del caos y la furia del montaje corto, Shyamalan escenifica el equilibrio mental del personaje, quien despliega sus poderes con total libertad, sin que haya barrera alguna que le pueda detener (es decir, sin cortes). El puntual uso de la cámara lenta así como de vigorosos zooms penetran con inusitada energía en el núcleo de la concentración de los luchadores, haciendo física la acumulación de poder que anida en su interior. Para Shyamalan resulta más importante el crecimiento interior de sus personajes que el marco bélico que les rodea, de ahí su desentimiento absoluto a la hora de mostrar los combates entre ejército: una vez más, lo individual sobre lo colectivo.
Minuto a minuto, secuencia a secuencia, Airbender. El último guerrero evidencia la guerra personal de Shyamalan en la sala de montaje. Un conflicto en el que, esta vez, no ha salido triunfante y cuyas bajas afectan a una narración fragmentada (casi, entrecortada) en la que los hechos se suceden con una excesiva celeridad y un contínuo uso de las elipsis que llega a provocar ciertos momentos de confusión o, incluso, pérdida del hilo narrativo. Pero incluso en esto, Airbender. El último guerrero acaba resultando estimulante, haciendo de la urgencia su máxima estructural, vaciándola de toda escena de transición para centrarse directamente en los momentos importantes, convirtiendola en una atractiva rareza ante tanta producción de metraje descontrolado. En definitiva, un cúmulo de virtudes y defectos que emparentan el film con ese otro hermoso fracaso que es el Dune de David Lynch y que no debería ser óbice para reconocer el gran mérito de Shyamalan: construir el primer blockbuster zen de la historia.


















